
Presentamos en la Revista Trasdemar una selección poética del autor Miguel Martinón (Tenerife, 1945) a quien damos la bienvenida a nuestra revista. Poeta y crítico, colaboró con los editores del suplemento Jornada Literaria, de la colección Espacio El Mar y de la revista Syntaxis. Miembro del Instituto de Estudios Canarios, fue hasta 2011 profesor de literatura española en la Universidad de La Laguna, donde coordinó el programa de Lecturas en Guajara. En la antología La casa sobre el mar está representada su larga trayectoria poética, que se ha visto continuada con el libro Estación sucesiva en 2018. Entre sus últimos estudios figuran Era obra de su tiempo (Texto y contexto de «La Regenta») y Ciudadano del viento y de los mares (Poesía y poética de Pedro García Cabrera). Incluimos la muestra poética escogida por el autor para nuestra sección “El invernadero” de poesía contemporánea de las islas
La lluvia de la madrugada
vino a llevarse
las hojas, las cenizas, las palabras
que ellos me pedían:
las palabras que no llegué a decir
MIGUEL MARTINÓN
La flor sin sombra
Esa flor sola al sol, ahí siempre sin sombra,
esa flor sola en la quietud del patio
también recibirá todo el sol de la tarde,
ahí, siempre callada, en el centro del aire,
ahí, soñada en su distancia muda,
en el reposo de la casa,
por donde surgen y se borran
rostros roídos en la luz de ayer.
Las palabras sitúan esa hoja mecida
en la luz del deseo y la melancolía,
la sitian en su más allá,
asedian el secreto de la flor
sola en la soledad del patio,
de esa flor de venas encendidas
que sostiene su débil ser
y va a quedar por siempre ahí
caída en ese otro espacio.
Ventanas, puertas que se abren
a ese otro tiempo, a ese otro aire,
ese ámbito íntimo del patio,
y en el fondo del patio siempre una flor sin sombra,
siempre una flor ardiendo en el centro del alma.
Calas humildes de la casa grande
donde quedó cautiva el alma niña,
hortensias encerradas en su luz
en aquellas mañanas transparentes,
rosas absortas en la maresía,
geranios rojos recostados
en el sosiego de la siesta,
geranios blancos
asomados al borde de esta hora,
geranios solos.
Flor sin sombra, lejana, que resiste callada
el ardor de este mediodía,
geranio mudo en su maceta,
volcado sobre sí, extraño
en el centro del patio,
por donde van y vienen
voces colmadas de la luz de ayer
y de esta misma luz y de este mismo aire.
Este cuaderno
De pronto llega el sol a la terraza
y se ve el hilo de la araña,
el polvo y los insectos que vagan en la hora,
la vibración azul de las cortinas
reflejadas en el cristal,
las bandas paralelas
de la sombra de la persiana
sobre la mesa,
la prisa de la arena en la clepsidra,
este cuaderno abierto,
la piel envejecida de la mano que escribe.
Untermenschen
(Berlín)
Huye la tarde de verano
y por la sombra del paseo
bajo los tilos todavía suenan,
todavía revolotean
gritos y cantos
bajo los tilos,
sobre los muertos.
Están posados todos esos cuervos
sobre la tarde,
graves como una losa
que no deja escapar
aquellos cantos turbios
inflamados por tanta furia,
aquellos cantos agrios
llenos de tanto odio,
cantados con tanto ardor,
con tanto amor al amo
y tanto miedo siempre a sus ladridos.
Están posados todos esos cuervos
sobre la tarde,
sobre los pechos, sobre la ceniza
de los libros quemados en la plaza.
Bajo los tilos,
bajo la losa de los cuervos,
la larga tarde de verano muere.
Que no llegué a decir
(Muzeum Auschwitz-Birkenau)
De pronto había llegado
sobre los campos
un viento gris,
que estremeció los chopos
y que ahuyentó a los cuervos.
Nubarrones sombríos
inundaron la tarde.
Brotando de la tierra,
agrios gritos de sangre
removían los trigos y los olmos.
Arreció luego el viento
remeciendo las frondas,
y cada hoja era un rostro
y cada hoja era una voz
que chillaba su nombre
sobre los campos
aquellas tardes de verano.
La lluvia de la madrugada
vino a llevarse
las hojas, las cenizas, las palabras
que ellos me pedían:
las palabras que no llegué a decir.
Diorama desde el puente
(Mérida)
Por el sueño del río hondas vuelan,
bajan las nubes hacia Lusitania
llevando el oro del otoño.
Ya vuelve alta la cigüeña,
sobre el templo de Diana pasa,
vira hacia el Pórtico del Foro.
Sobre las aguas van las hojas secas
arrastrando la tarde en calma
entre peñascos y obstinados chopos.
La mano toca el puente, que aquí queda,
que aquí se ancla pero siempre avanza
con tiempo dentro adonde muere todo.
El aire aquella tarde
(Zamora)
Aquella tarde el aire
entraba ardiente por tus ojos
con su carga de tiempo como un río
y de nuevo salía de tus ojos
con el dorado aliento del verano
y deslumbrando luego ya venía
hacia mis ojos
el aire aquella tarde
con su carga de tiempo como un alma
y allí nos mantenía suspendidos
entre el vértigo aquel de las murallas
y la luz última del día
que aún se prolongaba sobre el río
Algunos poemarios del autor





