
En la Revista Trasdemar damos la bienvenida a nuestra colaboradora Pilar Cáceres, autora y docente de estudios hispánicos e italianos en la Universidad de Lancaster, Reino Unido. Compartimos su ensayo titulado ‘El paraíso soñado: Imágenes poéticas en la transmutación surrealista del paisaje de Lanzarote en Lancelot, 28°-7°, de Agustín Espinosa’. Incluimos el texto presentado en la Universidad de St Andrews, dedicado al escritor vanguardista canario, exponente de la Revista Gaceta de Arte, en nuestra sección “El invernadero” de literatura de las islas.
Lancelot, el relato de Lanzarote en la imaginación surrealista de Agustín Espinosa, es tierra universal como nos ha hecho ver uno de sus mejores intérpretes, pero también un proyecto visionariamente poético que demuestra cómo a veces el legado de la poesía, recogido por otros artistas, es capaz de ejercer una transformación verdadera y real del paisaje
PILAR CÁCERES

María Pilar Cáceres Casillas es docente de estudios hispánicos e italianos en la Universidad de Lancaster, Reino Unido. Autora de “Memoria, lenguaje y trauma en la obra de Félix Grande” (Carpe Noctem, 2013), cursó una maestría bajo la tutela de Nigel Dennis en la Universidad de St Andrews, y estudios de doctorado en la Universidad Queen Mary de Londres con Trevor J Dadson. Ha trabajado para AKAL, Foca y Siglo XXI Editores, como traductora de numerosas obras. Ha traducido poesía para el crítico y curador de arte Han Ulrich Obrist. En la actualidad, prepara una antología de poemas traducidos de Félix Grande, Paca Aguirre, y Guadalupe Grande junto al biógrafo de Neruda, Adam Feinstein.

Lancelot, 28°-7°, de Agustín Espinosa, aunque no está escrita en verso, rezuma poesía por sus cuatro costados insulares, en su forma y como proyecto universal. Publicada en 1929, está considerada hoy una pequeña obra maestra de la literatura española de vanguardia. En ella el escritor tinerfeño, colaborador de la Gaceta de Arte, transfigura el paisaje de una de las islas más singulares del archipiélago canario, Lanzarote, la cual, por su extrema orografía, se situaría en la órbita del antiparaíso.[1] Sin embargo, a través de meditaciones cargadas de simbolismo e imágenes poéticas surrealistas, Espinosa va conformando un relato muy personal de un “paraíso” soñado, donde se van perfilando también los arquetipos universales de la creación.[2] Me gustaría, pues, en mi lectura crítica de la obra resaltar aquí su hecho poético, más allá de que Lancelot, 28°-7° no es un poemario, aunque contenga algunos de los versos de Espinosa, sino un “caleidoscopio surrealista”,[3] parafraseando uno de los títulos de Miguel Pérez Corrales, uno de los mayores estudiosos de Agustín Espinosa. Lancelot, 28°-7° es, pues, un collage a caballo entre el libro de viajes, la crítica literaria y la anécdota histórico-académica.[4] El origen de Lancelot, 28°-7° lo sitúa su autor humorísticamente en una circunstancia que revela lo jovial y lúdico del libro: dos suspensos recibidos en geografía y literatura, los cuales, según Espinosa, marcaron su destino literario como creador del universo Lancelot: “De los dos me he vengado yo ahora haciendo un libro en que me burlo de la Geografía y de la Literatura” (159).
Decía el poeta chileno Nicanor Parra que la antipoesía es una forma de torpedear los convencionalismos de la poesía, y se excusaba ante el lector por presentar una nueva forma de alfabeto.[5] Podríamos decir que Agustín Espinosa adolece de esta misma rebeldía, y nos presenta en Lancelot, 28°-7° una guía de la isla que en realidad es un proyecto poético: un alfabeto reducido a su mínima significación, el de los elementos primordiales de la isla (la tierra, el agua, el aire, y el fuego) cuyo despliegue en las páginas del libro pone en juego la potencialidad máxima de Lanzarote, gracias a la reacción alquímica que sobre ellos operan la irreverencia imaginativa, la memoria y el deseo de Espinosa, ya que, según se lamenta el autor, “Lanzarote ha sido explicada de manera anecdótica, inafectiva”. Para Espinosa lo “inafectivo” ha resultado en inefectividad e ineficacia en una comprensión cabal de la isla: “La música que salve a un pueblo, a un astro, o a una isla no será nunca música de esta clase. Sino música integral. Sino la creación de una mitología. De un clima poético” (43). Siguiendo la estela creacionista de Vicente Huidobro, para quien el poema creacionista “se compone de imágenes creadas, de conceptos creados”[6], Espinosa crea un correlato surrealista de los cuatro elementos insulares, el mapa búico, título de la estampa más creacionista del libro y donde resume el universo Lancelot: el bu rojo (el fuego), el bu azul (el atlántico), el bu negro (la tierra) y el bu acromo (el viento alisio), (119-121).
Es, pues, a través de esta mirada épico-poético-afectiva, cribada por el cedazo vanguardista, que el escritor-poeta se propone transformar Lanzarote en un paraíso mitológico alejado de la extremidad de su paisaje por mor de su vulcanismo y la dramática ausencia de precipitaciones. Un pequeño apunte para dar cuenta de la dureza orográfica e histórica de la isla de Lanzarote, que según Espinosa no puede contarse en relatos de corte costumbrista sino metamorfoseándola en un caballo, y no en uno cualquiera, sino el del mismísimo Lancelot, “héroe de la gran caballeresca bretona (…) maestro de Amadís y de Don Quijote” (44). La “isla potra”, según la denomina, es la más oriental del archipiélago canario, y la única que linda de forma íntima con otro archipiélago, el Chinijo, integrado por la isla de la Graciosa y las islitas Alegranza, Montaña Clara, Roque del Este y Roque del Oeste, un archipiélago dependiente del municipio lanzaroteño de Teguise.
En el corazón de Lanzarote, en un espacio que ocupa la cuarta parte de la isla, la erupción de los volcanes del Timanfaya, en 1730, dio forma a un paisaje tortuoso y estéril de ríos de lava, conocido con el nombre de “malpaís” (del francés), que hoy conforman el Parque Nacional de la isla, y que otorgan a Lanzarote su peculiar fisonomía lunar. Se trata de un paisaje que, pese a su aparente inhabitabilidad, sobrecoge por lo extraño de su canon de belleza. Y ahí precisamente reside el hallazgo literario y el logro artístico de Agustín Espinosa: el de haber conseguido desentrañar mediante el juego vanguardista la belleza pictórica de un paisaje inabordable cuya geometría resume en unos cuantos planos, colores y líneas fundamentales como si se tratara de un cuadro de Picasso o un lienzo de Juan Gris.
Espinosa nos brinda una mitificación de la isla actualizada a su época, filtrada por el tamiz de las corrientes vanguardistas de principios del siglo pasado. Pero antes de su creación literaria y mucho antes de su invención moderna como isla de gran proyección internacional gracias al artista César Manrique, Lanzarote, junto con el resto de las islas canarias, eran ya conocidas de manera mítica como las Afortunadas, unas islas soñadas que la navegación por el Atlántico había afamado y de las que se decían cosas maravillosas. No por nada el poeta canario Jorge Justo Padrón tituló con el nombre de las Hespérides su inacabada epopeya del descubrimiento de las Canarias. Con este nombre se denominó en la mitología griega a las ninfas que cuidaban un maravilloso jardín en algún lugar remoto del norte de África al borde del océano, una tierra donde se decía que las manzanas eran de oro.
Entre estos dos extremos dantescos, el infierno de la erupción volcánica y la idealización de Lanzarote soñada míticamente primero por navegantes, y luego artísticamente transformada por Manrique, se sitúa esta obra de Espinosa, subtitulada “Guía integral de una isla atlántica”. El librito está compuesto por una serie de estampas que van dibujando el paisaje lanzaroteño con pinceladas de un lirismo onírico donde se acomunan lo poético con lo historiográfico, el relato alucinado de la isla con la crítica social.
Espinosa, junto con otros vanguardistas canarios, habría leído en la traducción de la Revista de Occidente las teorías de Franz Roh sobre el realismo mágico en la pintura de vanguardia. Pero acaso también pueda decirse que en su impulso por mistificar una realidad que resulta insuficiente, Espinosa nos remite directamente a la tradición imaginativa de Cervantes, ya que el escritor se transfigura poéticamente en un Lancelot encomendado a la tarea de salvar la isla de su vulgar relato. Y para ello necesita el vocablo culto: “Sustituyo la isla, por su mapa poético. Construyo la geografía integral de Lanzarote. Penumbro el vocablo popular para prosceniar el vocablo culto”. Pero ahí no acaba todo, porque además del realismo mágico de Roh y de las reminiscencias cervantinas, podríamos considerar a Lancelot un antecedente pionero de la psicogeografía, un movimiento iniciado por Guy Debord en los años cincuenta al que define como: “el estudio de los efectos de un paisaje geográfico, organizado o no, en las emociones y el comportamiento”.[7]
De todo lo anterior participa la obra que nos ocupa, aunque es en el uso de la técnica pictórica en su composición que esta adquiere su valor más poético. Quisiera, pues, dilucidar a continuación el significado profundo de algunos elementos de esta composición literaria de inspiración cubista.
El color blanco
Espinosa se refiere a la forma geométrica de las casas de la isla, así como a su característico color blanco, anticipándose a César Manrique, el artista lanzaroteño que hiciera del blanco una ordenanza del cabildo. Blancas son las casas, y la espuma del océano. Blanca la sal del Janubio.
¡Qué blanca, entonces!
Más blanca que salada.
Dulce de tan blanca.
(Geométrica blancura
de los soles infantes).
Adelantándose a Manrique, Espinosa ofrece una visión poética que se contrapone a la intervención urbanística, haciendo así realidad el lado más político y contestatario del vanguardismo, porque ¿qué puede resultar más revolucionario que una racionalidad arquitectónica delineada e impuesta por la libertad y apertura? “Aire y cielo pulen las formas, delimitan los objetos”. Así es como describe Nazaret, un pueblecito al norte de la isla:
“dos, tres rayas blancas sobre un extremo del amplio pizarrón (…) paralelepípedos blancos sobre los que el cielo ha desenrollado su hule azul, húmedo aún de la nocturna zambullida marina”.
Jose Ramón Betancort ha remarcado que la construcción artística que haría Manrique del paisaje lanzaroteño en los años se basa en este legado lanceloteño y que el artista recrearía en sus intervenciones los lugares literarios que inventa Espinosa.[8]
La palmera
Naturaleza, geometría, y literatura se combinan, asimismo en la forma de describir la palmera lanzaroteña en otra escena que es un elogio a la libertad y una ruptura con la lógica de la funcionalidad productiva en línea con la racionalidad surrealista: En “Elogio de la palmera con viento” escribe:
Dejas que tus brazos verdes volteen bajo el viento. Eres (…) la única hélice, el único tiovivo, y la única ruleta que gira solamente por girar. Bien -palmera con viento de Lanzarote; bien-. (75)
Difícil no ver en el girar por girar de la palmera la displicencia vanguardista del “arte por el arte”. Asimismo, aquí están los ecos del futurismo en la exaltación del movimiento y del dinamismo de la palmera como si se tratara de una máquina.
El viento (alisio)
Se repite el juego retórico en la descripción de otro de los elementos del relato, el viento de Lanzarote, el cual, embebido de sí mismo, es reducido a epítome de autosuficiencia creativa, a un arte que se tiene a sí mismo por objeto.
Los brazos verdes de la palmera, como las aspas de los molinos de viento cervantinos, son transmutados y engrandecidos por un viento del que Espinosa dice que es “un gran cazador de retórica”, un viento, pues, que se persigue obcecadamente a sí mismo en busca de un paisaje inexistente: “El viento de Lanzarote apuñetea el éter. Se descoyunta en el vacío.”
El paisaje lunar de Lanzarote, con su vacío fantasmagórico, conmina al viento alisio a trascenderse a sí mismo como un simple “aventador de arena” para erigirse en “gran cazador de retórica” y en este proceso de agrandamiento encuentra en la palmera su mejor –y único– aliado. Podría decirse que la retórica de los alisios es una puesta en escena grandilocuente que deja en vilo a los isleños en las noches plañideras, aunque de sus “gritos dramáticos”, escribe Espinosa, se burlen las higueras. Pero en esta burla de la higuera que no se toma en serio al viento también se pone de manifiesto lo eutrapélico del artificioso entramado de Lancelot, 28°-7°.
El océano
En esta misma estampa que lleva por título “Biología del viento de Lanzarote”, Espinosa relata de forma épica el nacimiento de los Alisios en el encuentro apoteósico de las arenas saháricas con el océano Atlántico: “Un áureo aletear de arenas estrujó la siesta nueva del Atlántico. Naufragó el sueño de los pájaros blancos que no han tenido nunca albas. Se embanderó el mar de desperezos flotantes de los peces noctámbulos” (68). Escribe Espinosa que “tiene cada héroe su escenario propio, único. El viento de Lanzarote es héroe estrictamente marino. Su área de acción late sobre el mar exclusivamente”.
La prosa poética de Espinosa vincula el poderío del viento marino con el despertar mismo de la lírica canaria. A la correlación entre lo lírico y lo marino han aludido otros estudiosos de la poesía. Espinosa cita en este punto al catalán Valbuena Prat. Concuerda José Ismael Gutiérrez, para quien “para el profesor barcelonés, en la interpretación del mar, se encuentra lo más interesante, lo más valioso, de la moderna poesía canaria”. Así lo expresa también el ya mencionado Justo Jorge Padrón en su canto primero dedicado al Océano, donde lo eleva al fuego creador de sus versos.[9] De forma similar, la singularidad de Espinosa en su interpretación del mar, aparte de su hiperbolización por momentos humorística, reside en que, como escribe Juan Chabás, del viento marino toma el ritmo que marca su escritura en “frases rápidas, eficaces, y nerviosas”.[10]
El surrealismo
Si bien en el momento de la redacción del libro Espinosa aún no se habría empapado de las fuentes surrealistas en la manera que lo haría más tarde durante su estancia en país, podemos ya ver en el libro que compuso en su paso por la isla como profesor de secundaria una semilla que luego germinaría en obras posteriores donde se da pleno desarrollo al impulso surrealista, como ilustra su novela Crimen, y Media hora jugando a los dados.
¿Qué tiene que ver un camello con el Charlot de Charles Chaplin? Espinosa dedica un “saludo militar” al “camello con arado de Lanzarote” al que engrandece y empequeñece simultáneamente en un tótum revolútum de imágenes patéticas y majestuosas a un tiempo al compararlo con un general que gana guerras, y con un actor cómico y maestro de futuros actores. Su actitud ante el camello recuerda a la famosa frase de Louis Aragon “pensar en cualquier actividad humana me hace reír”:[11] “Si tú fueras a Nueva York, camello con arado de Lanzarote, encontrarías el empresario para tus películas. Trabajarías con Pamplinas y con Mary Pickford, con Charles Chaplin y con Harold”. Asimismo, su “Elogio de la cisterna con sol” recuerda a la Fuente de Duchamp, el urinario que el artista francés presentó en la Sociedad de Artistas Independientes. En un acto de libertad de la mirada, Espinosa eleva a la categoría de arte la sencilla imagen de un aljibe con su “cubo de latón amarrado al extremo de la larga cuerda”. (95).
Quisiera terminar con una reflexión del filósofo alemán Walter Benjamin, en uno de los primeros escritos sobre surrealismo, en torno al principio de libertad propugnado por el movimiento surrealista. En medio de lo lúdico Espinosa asienta de manera sólida una crítica elitista a la decadencia del vocablo obsoleto que trasciende lo literario y que libera el poder emancipador de la palabra poética; en el Primer Manifiesto de La Rosa de Los Vientos, Juan Manuel Trujillo, Ernesto Pestana Nóbrega y el propio Agustín Espinosa firman: “Somos marineros de los mares. Obreros de la Universalidad. Por siempre Universalismo sobre Regionalismo. Hemos bostezado con hartura sobre las páginas labriegas de nuestra literatura”.[12]
Lancelot es, en suma, un proyecto literario rompedor y de experimentación literaria, que coadyuvó a transformar una tierra labriega pobre, volcánica, y trágica en un paraíso de la imaginación, gracias a una libertad creadora desasida del tiempo y de la memoria cuyo lirismo o oniricidad serían luego plasmados por Manrique en su proyecto universal. Lancelot, el relato de Lanzarote en la imaginación surrealista de Agustín Espinosa, es tierra universal como nos ha hecho ver uno de sus mejores intérpretes, pero también un proyecto visionariamente poético que demuestra cómo a veces el legado de la poesía, recogido por otros artistas, es capaz de ejercer una transformación verdadera y real del paisaje.
Notas
[1] El escritor francés contemporáneo Michel Houellebecq pasaría por la isla y le dedicaría luego una novela donde la compara con un infierno. Lanzarote (Barcelona, Anagrama, 2003).
[2] Me refiero aquí a la labor de mitificación y el poder mistificador de la literatura, así como a una idea de la literatura como expresión del inconsciente (también el colectivo). Espinosa da muestra en su escritura de las bases o condiciones de posibilidad de la existencia de la literatura. Sobre la capacidad de mitificación de Espinosa, escribe Beatriz Gómez Gutiérrez que “los mitos y sus metamorfosis constituyen un mecanismo esencial en el sistema de pensamiento de Espinosa. Su visión del mundo recuerda a un caleidoscopio cuyas formas evolucionan hasta el infinito a partir de un número limitado de elementos. Su obra es un testimonio del despliegue de los mitos occidentales en una época en que esta civilización sufre cambios culturales, religiosos y políticos. Apasionado de la literatura y poseedor de una erudición extraordinaria, Espinosa es consciente de la dimensión literaria de sus mitos y de su capacidad para convertir en mito todo aquello que evoca”. Véase Beatriz Gómez Gutiérrez, “Los mitos y sus metamorfosis en la obra de Agustín Espinosa. ¿De las vanguardias al fascismo?”, Cahiers de civilisation espagnole contemporaine, 12 (2014). Última consulta del 11 de junio de 2023: https://doi.org/10.4000/ccec.5124
[3] Miguel Pérez Corrales, Caleidoscopio surrealista (Tenerife: La Página Ediciones, 2015).
[4] En unas páginas dedicadas a Azorín, Espinosa se refiere al surgimiento de la literatura canaria y a Clavijo y Fajardo, el primer historiador de las Islas y tema central de su tesis.
[5] Nicanor Parra, Poemas y antipoemas (Ediciones Cátedra, 2005).
[6] Vicente Huidobro, Manifiestos (Mago Editores, 2009).
[7] Mi traducción. En Guy Debord, Les lèvres Nues (1955
[8] Jose Ramón Betancort
[9] Justo Jorge Padrón
[10] Agustín Espinosa, Lancelot 28- 7 (Itinearia, 2020) p. 155.
[11] Walter Benjamin
[12] José Ramón Betancort Mesa, Lancelot, 28°-7°, de Agustín Espinosa. Isla, moto, contemporaneidad y humor, Revista de Filología, Universidad de La Laguna, 42 (2021), pp. 131-158. http://riull.ull.es/xmlui/handle/915/22312



