
Desde la Revista Trasdemar presentamos la nueva colaboración del autor José Edgardo Cruz Figueroa (Puerto Rico), con el relato titulado “Sabiduría y soledad”, que incluimos en nuestra sección “Conexión Derek Walcott” de narrativa contemporánea del Caribe.
José Edgardo Cruz Figueroa, Natural de San Juan y criado en El Fanguito y Barrio Obrero, en Santurce, Puerto Rico. Tiene una maestría en estudios Latinoamericanos con concentración en literatura e historia de Queens College-CUNY y un doctorado en ciencias políticas del Graduate Center-CUNY. Es profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad del Estado de Nueva York en Albany. Ha publicado libros con Temple University Press, Lexington Books, Bloomsbury Academic y Centro Press y numerosos artículos en periódicos, enciclopedias y revistas académicas. Sus cuentos han sido publicados en el periódico El Sol Latino, de Amherst, Massachussetts, y en las revistas 80grados, Revista Alhucema, Confluencia, Cruce, Latin American Literary Review, Piscolabis, Sargasso, Siglo22 y Trasdemar. Tiene tres antologías de cuentos publicados: Formas lindas de matar (2023), El plato de barro (2025), y Con la música a otra parte, Canciones populares en la imaginación (2026).
En otro de mis escritos he propuesto que el trabajo de los poetas tiene más peso que el de los filósofos. Aunque cada uno utiliza recursos distintos para darnos semillas de conocimiento, ambos comparten la soledad como punto de partida—el uno se impulsa desde la soledad de la imaginación y el otro desde el aislamiento puro de la razón
JOSÉ EDGARDO CRUZ FIGUEROA
Mi nombre es René Descartes y quiero demostrarle al mundo que la soledad es el principio y el fin de las cosas. Es solo en la quietud del espacio inerte, sombrío y silencioso, donde verdaderamente aprendemos. Cuando nos llega la hora, nadie sabe lo que conocemos y sentimos. Creo firmemente que la claridad mental requiere un grado de enajenación de lo que nos rodea. Esa enajenación se consuma en el momento de la muerte pero nadie se entera. En lo que llega la muerte, hay otras formas de enajenación que cumplen el mismo propósito, pero no son recomendables. Mi experiencia personal, directa e indirecta, me ha llevado a estas proposiciones y ahora decido proyectarlas hacia el universo.
Al principio tuve muchas dudas. No sabía con certeza si iba a tener la capacidad y la estámina necesaria para llevar a cabo mi tarea. Estuve un tiempo debatiendo conmigo mismo si mi condición mental me iba a permitir escribir con enfoque. No me quedaba claro si motivos subyacentes o ulteriores iban a mancillar la integridad de mi tratado. Tampoco sabía cómo iba a organizar mis asuntos con el orden que necesitaba para dedicarme a escribir sin que otras cosas que tenía que cumplir se vieran afectadas. La cuestión del orden me presentó un gran reto.
Mantener el orden es una tarea monumental. En el mundo no hay lugar suficiente para las cosas que se acumulan una tras otra. En la soledad el espacio se achica lo cual facilita el orden. Desde esa posición es más fácil ejercer control sobre tus actos y tu mente. De esto quedé convencido poco después del día en el que, pensando que no había mejor ciencia que la que pudiese encontrar dentro de mí, decidí estudiarme a mí mismo. Esa era la solución más sensata al problema del orden, pensé. Si reducía mi nivel de análisis, concentrándome en mi persona, aumentaba la posibilidad de que mi capacidad para ejercer control sobre el proceso que resolví iniciar sería la adecuada.
La idea de explorar la relación entre sabiduría y soledad germinó en mi mente en el año de 1619, bajo la más de las incongruentes circunstancias. Es decir, surgió poco antes de terminar mi servicio en el ejército alemán bajo el comando de Maximiliano el Primero, Duque de Bavaria. Mis recuerdos del Duque son benévolos. Conmigo fue menos severo que con el resto de la tropa. Eso me recordó un par de momentos de mi infancia. Puede ser que su actitud fue una manera de reconocer que mi futuro era importante. El Duque tenía una buena educación. Su erudición filosófica contrastaba con la ignorancia generalizada en la tropa que comandaba. Además, no tenía hijos. Conmigo podía conversar sobre los clásicos y yo le di cauce a su instinto paterno.
A pesar del Duque, mi experiencia militar fue traumática. Nunca quise ser soldado y debí negarme al servicio militar obligatorio, tal y como lo hicieron muchas de mis amistades. Estuve a punto de hacerlo pero un amigo de infancia se frikió tanto al yo compartir mis intenciones que me disuadió del intento. Según él, el riesgo que me corría era de terminar en una cárcel inmunda por quién sabe cuánto tiempo y yo, huérfano del sentido lógico que luego fue tan prominente en mis escritos, seguí su consejo sin percatarme de que le daba más peso a la posibilidad de quedar preso que a la posibilidad de terminar muerto. Por suerte, el aire de una posible guerra no llegó a condensarse y terminé mi jornada cagado del miedo pero ileso.
Después del servicio militar anduve un tiempo por Francia. Esa fue una experiencia singular y extraordinaria pues allí conocí a la mujer que me llenó de felicidad como ninguna. Nuestro romance fue turbulento, mucho más impetuoso que el que tuve con la madre de Francine, mi hija única. Ella estaba casada y le tenía miedo a su esposo. Durante el tiempo que estuvimos juntos más de mil veces me repitió su promesa de dejarlo para estar conmigo, pero no la cumplió. Cuando la conocí yo estaba ocupado escribiendo lo que terminó siendo El discurso del método y esperando por ella pospuse mi trabajo por seis años. Fueron años de felicidad y desespero, de ansia y frustración, de alegría y de rabia. Yo me decía constantemente que tenía que hacer algo para salir del limbo en el que estábamos pero no sabía cuál era la fórmula, el encantamiento, el chasquido de los dedos acompañado de la palabra mágica que podía revivir el punto muerto en el que nos encontrábamos. A fin de cuentas, todo quedó en nada y ella me dejó. Cuando salió por la puerta de mi casa, después de darme la copia de la llave que había hecho para ella, quedé con la boca abierta y los brazos cruzados. Ese momento luego fue capturado magistralmente por un compositor puertorriqueño, en la letra de la canción “La foto que faltó”, que salió en un disco de un cantante de nombre Víctor Manuelle. La canción dice:
Pero te faltó una foto por tomarme
cuando cruzaste la puerta y te marchaste
una foto de mi llanto
de mi pena y mi quebranto
esa que no tiene nadie
Cómo esa información y la letra de la canción llegaron a mí es un misterio y puede que sea una alucinación de las muchas que me aflijen constantemente.
Ya sin ella, no fue fácil continuar la tarea de estudiarme a mí mismo pues no encontraba cómo alejarme de aquel ambiente Parisino que me sedujo al instante. Por casi una década estuve deambulando por varios caminos, distraído por una cosa detrás de otra. Estuve en prostíbulos y hoteles de mala muerte, buscando amores ciegos y reposo callado. En la lista de mis predilecciones primero estuvo la medicina, luego la química y la óptica. Entre viaje y viaje me distraía dando discursos en reuniones de teólogos y filósofos. Una que otra vez escribía sin mucho entusiasmo, pensando que entre Aristóteles y Santo Tomás de Aquino ya se había dicho todo. Cuando me dispuse a publicar la síntesis filosófica que pensaba iba a ser la base del pensamiento cristiano, me di cuenta de que si lo hacía me iba a estrellar contra la pared del pensamiento ortodoxo. En ese momento fue que decidí que mi encierro tenía que ser total, cosa de poder concentrarme en producir una obra maestra.
Mi primer problema fue encontrar la manera de convencer al mundo de que la sabiduría comienza en el momento en que deshechamos todo lo que hasta ese momento hemos creído. Ese punto de partida es a simple vista inconcebible pues requiere una abstracción total de la realidad externa al individuo y una concentración absoluta en el entorno más auténtico e inaccesible de un ser humano: su mente, aislada de todo estímulo, excepto el de sí misma. Pero más difícil aún que eso es lograr la separación deseada a través de los sentidos. Es como tratar de olvidar a la mujer más querida mientras la acaricias. La única manera de resolver esa contradicción es recurriendo a la ilusión y, si fuese necesario, al engaño. Es decir, haciéndole creer a la gente que el punto de partida de la comunicación entre un individuo y otro es la soledad entre uno y los demás. Esa táctica no me era extraña pues fue a través de un engaño que pude sostener la idea de la separación del cuerpo y la mente: cuando le dije a Isabel de Bohemia que había soslayado la mención de la interacción entre cuerpo y mente en uno de mis escritos para convencer a mis lectores de que eran dos cosas distintas.
¿Cómo fue que pude decir que la única y verdadera ciencia era la de uno mismo? La respuesta a esa pregunta la había formulado de antemano. Es decir, fue una variación de cogito, ergo sum, que vino a ser la proposición más famosa de mi carrera. En otras palabras, en mi caso, la respuesta hizo posible que me hiciera la pregunta. Esa es la esencia de mi método y es de esa manera que llegué a entender que el punto de partida de la sabiduría es la soledad. Encerrado en mi cuarto, contemplando la esencia de mí mismo, aislado del recuerdo amoroso que me atormentaba, comprendí que todo comienza en el momento en que clavas tu mirada en el sustrato oscuro de tu mente. Es decir, ese segundo desde donde concibes la ausencia de todo lo que has creído hasta ese instante, marca el principio del conocimiento. Desde esa plataforma cobras conciencia de tí mismo y del mundo externo, percibes la estabilidad de los objetos que te rodean, a la vez que te das cuenta de su movimiento. Con tu mente atrapas lo que huye, espantas lo que te atormenta, abrazas lo que nadie aguanta, e imaginas el porvenir, pero siempre solo, aislado y en silencio.
Quizás pensé estas cosas, de esta manera tan peculiar, porque sustituí el amor de ella con el amor de mí mismo. Digo esto nada más que para que mi sistema cuadre, para que su lógica sea irrefutable, aunque no lo crea. Solo en esa nota puedo decir que en la vida amar en primera persona es necesario aunque sea insuficiente. Después de todo el YO es solo un punto de partida, la variable que permite la extensión del pensamiento desde la singularidad hasta el pluralismo. Esa comunión es como la del río y el mar: es natural e inevitable y su dirección es unívoca e irreversible. Quizás por no aferrarme a esa idea fue que la perdí. ¿A quién me refiero,? se preguntará el lector que no está al tanto de los detalles de mi vida. Lo que pasa es que todos me conocen como filósofo pero mi historia como hombre nunca ha sido objeto de gran atención. Pero eso termina aquí, ahora, cuando en medio de un desquicio y una tortura mental con la que llevo años bregando, me he propuesto explicar de dónde sale mi idea de la relación entre sabiduría y soledad. Germinar esa idea me ha costado muy caro. El precio que vengo pagando es un confinamiento maligno del cual he intentado escapar varias veces sin lograrlo, no tanto por el confinamiento en sí sino por su causa.
Hay quien piensa que tuve dos amores: con la Reina Cristina de Suecia y con la Princesa Isabel de Bohemia. Pero eso no es cierto. Antes de ellas hubo otra, la que conocí en Francia, que me dejó en la soledad de la que aquí escribo y que creo que es el principio de todas las cosas. La madre de mi hija no cuenta pues ella era no más una criada que accidentalmente me regaló una carga. Esa es la parte de mi vida que hasta ahora nadie conoce. La gente sabe de mí porque revolucioné el mundo de la filosofía. Mi comparación del mundo humano con el de las máquinas fue un adelanto en la epistemología humana del momento. Pero detrás de todos mis logros intelectuales está el abandono de esa mujer francesa, que no me dio nada más que pasión y agonía, cuyo abandono me llevó a un encierro más prolongado que el que generó el Discurso del método. Ha sido un enclaustramiento total y nefasto del que todavía no me libero. He dicho que he tratado de hacerlo pero a veces pienso que me merezco esta condena aunque como el acusado de Kafka no pueda decir con certeza por qué. ¿Kafka? ¿En qué siglo vivo?
Mi romance con la Reina Cristina fue de fábula. En su palacio tuvimos muchos encuentros tórridos que me hicieron posponer mis disquisiones filosóficas por períodos prolongados de tiempo. A ella se le conoce como la Reina Intelectual por su activo mecenazgo de las artes y las letras. Era más fea que Severa, que tenía la cara como una pantera, pero al contrario de la damisela de Cortijo, no tenía el cuerpo como una nevera (otra referencia que no sé de dónde me sale. ¿Descartes era cocolo?). Hay quienes la acusan de haberme causado la muerte gracias a su deseo de verse conmigo temprano en las horas de la madrugada durante un invierno inclemente pero yo no estoy de acuerdo. Peor fue el exceso de vino y tabaco pero tampoco puedo quejarme de eso pues en ese momento nadie estaba al tanto de los efectos nocivos de fumar y beber y solo digo que ambas cosas agravaron lo que quizás fue una condición pre-existente.
En la pintura de Cristina por Sébastien Bourdon, hasta el caballo es más lindo que ella. Pero lo que ocultan su atuendo de mangas abombachadas y talle holgado en ese cuadro es un cuerpo salvaje, sedoso y curvilíneo, que yo fui el único en saborear. Sus labios espesos eran de locura aunque para poder disfrutar de sus besos era mejor taparle la cara. El cuadro de Jacob Ferdinand Voet la representa más atractiva pero me consta que es una idealización. Yo sé que yo, el amor de su vida, fui quien hizo posible que desarrollara su intelecto a tal nivel que muchos decidieron llamarla la “Minerva del Norte”, pero no puedo probarlo. Tengo que conformarme con aparecer en los registros oficiales de la historia simplemente como alguien que fue una de sus influencias intelectuales. Aunque se rumoraba que ella tenía tendencias de transgénero, lo cual era un sacrilegio en su época, la verdad es que de niño u hombre no tenía nada. En la cama era una bestia y le gustaba que la trataran como se trata a una mujer que no tiene dudas de su feminidad
Con Isabel de Bohemia fue un tanto diferente. Nuestro romance fue, como el que tuve con la mujer de Francia, clandestino pues cuando nos enamoramos ella estaba envuelta con el rey de Polonia y aunque las malas lenguas dicen que rechazó su propuesta de matrimonio porque no estaba dispuesta a convertirse al catolicismo, la verdad es que lo hizo por mí. Muchos piensan que nuestra relación fue puramente intelectual y que nos peleamos por concebir de modos diferentes la relación entre el cuerpo y la mente. Es cierto que no coincidíamos en eso pero esa diferencia no tenía ningún efecto en la cama y cuando hacíamos el amor su Calvinismo desaparecía por completo. Conmigo siempre tuvo la mayor de las confianzas y una vez en medio del ardor de un orgasmo me dijo con un gemido quejumbroso que estaba dispuesta a morir por mí. Después que la dejé me dijo que se iba a meter a un convento pero no me consta que lo hiciera. A veces me arrepiento de haber sido un tanto equívoco con ella pero con tal de seducirla me sentía dispuesto a decirle cualquier cosa, a explicar mis ideas de forma tendenciosa.
Ambas fueron para mí un escape. Necesitaba enterrarme vivo para olvidar el abandono de la que antes que ellas había sido la más grande de mis pasiones, la que me llevó a la locura en la que hoy me encuentro. Con ellas logré olvidar mis penas pero solo durante el tiempo que las tuve que no fue permanente. Cuando Cristina empezó a vestirse como un macho, nada más que por joder, a mí la broma no me cayó bien y por esa razón y otras de las que prefiero no hablar, terminé alejándome. Yo tuve la suerte de conocer a Isabel antes de que la bautizaran con el apodo de “La Griega”. Así se reconoció su extraordinaria competencia linguística pero ese espaldarazo se le subió a la cabeza y opacó sus impulsos sexuales. El punto final de nuestro romance fue la depresión en la que cayó a consecuencia de la conducta criminal de su hermano.
Una vez terminados esos affairs, regresé a mi empeño filosófico. Todavía no había intuído la relación estrecha que existe entre la sabiduría y la soledad pero aislado como estaba de todo y de todos, vivía la relación en carne propia. La prueba de eso es la que terminó siendo mi obra maestra, la contribución más grande que se hizo en el mundo intelectual europeo en el siglo 17. Eso no fue fácil, dada la pesadumbre que sentía por mis fracasos amorosos. Pero estoy convencido de que el abandono definitivo de la mujer de Francia me sirvió de lección y me ayudó a no caer en otras trampas románticas. Ya curado en salud pero aún así un poco trastornado, dando muestras incipientes de la locura que terminaría enclaustrándome, me propuse acabar la obra interrumpida por la francesa.
Por más que traté no pude dar marcha atrás una vez generé la idea de la relación entre soledad y sabiduría, primero el ser abandonado y después de mis experiencias con Cristina e Isabel. Quedé comprometido con un curso de pensamiento y acción y como Platón, tenía que ejecutarlo por las buenas o las malas, aunque ello implicara hacer que la realidad reflejara mi grandiosa idea en vez de ajustar mi idea según lo dictara la realidad. La realidad me decía que mi soledad era brutal, despiadada, cruel, pero yo insistí en buscarle la vuelta para no volverme loco y continuar mi intento filosófico. Tenía que llevar mi estrategia Platónica a su consecución natural, aunque la lucha que sostenía con el recuerdo de ella, la que se marchó diciendo que me amaba más que a nadie, terminara matándome.
Si no pasé a mejor vida, como se alega que sucede cuando uno muere, fue porque luché tenazmente contra el influjo depresivo que se virtió en mí al ser abandonado. Dicen los sicólogos que para combatir la depresión es importante actuar opuesto a lo que te incitan las emociones. Así, cuando quería quedarme en la cama todo el día, me levantaba y salía a la calle y no volvía a tocar el mattress hasta las tantas. Si no tenía ganas de bañarme, me daba tres duchazos. La tentación de sentarme en una silla y no hacer nada la contrarrestaba poniéndome a escribir hasta que me salieran callos en el dedo con el que aguantaba la pluma o el lápiz (en el siglo 17 no habían ordenadores). Mi estrategia era pensar la realidad y hacerla que se conformara a las ideas que más promesa tenían de sacarme de mi atasco.
Mi prueba ontológica de la existencia de Dios fue un buen ejemplo de esa estrategia y otra ilustración del fundamento teórico de mi existencia: para comprobar que Dios existe basta con pensar que existe. Por eso es que sé que la mujer que perdí está viva, aunque no la he visto en más de diez años. Mientras piense en ella su realidad será irrevocable. Eso me consuela. Lo que me atormenta es que quisiera amarla y ella vive pero no está. Ella se levanta todas las mañanas y sale a trabajar, hace compra, limpia su casa, mira películas desnuda en la cama, que era algo que me encantaba cuando estábamos juntos (aunque ahora me pregunto cómo lo hicimos, quizás nos transportamos en el tiempo al siglo 20, quizás es que de verdad estoy loco), y después de completar su ciclo normal de actividades, se dispone a repetir su rutina como las manecillas de un reloj. Tener conciencia de que su vida es como la marea, que viene, se va, y regresa al mismo lugar; de que vivo sin poder mojarme en sus aguas, me abruma. Esto lo pensé antes de que se le ocurriera a Sylvia Rexach (otra referencia inexplicable) pero no la voy a acusar de plagio.
Al principio dije que mis proposiciones son en parte el resultado de mi experiencia. Pero eso no significa que lo que pienso tiene un sustrato empírico. No se trata de vivir para poder pensar sino todo lo contrario. En ese sentido, la presencia de imágenes militares en mis escritos se ha malinterpretado. Es cierto que fui soldado, pero las imágenes que he usado no tienen nada que ver con mi experiencia. La verdad es que mi pensamiento siempre ha sido primero y es por eso que insisto que la sabiduría es producto de la soledad, aunque sea la soledad del invividuo reflexionando sobre la realidad concreta. Por ejemplo, dicho en inglés, mi realidad concreta es a figment of my imagination, un producto de mi imaginación. Es el resultado de mi concentración inamovible en un punto fijo en la distancia más cercana de mi cuarto acolchonado.
Dicho de otro modo, y para darle a mi disquisición un tono sociológico, si es cierto que las masas nunca logran nada, que todo acontecimiento original y creativo es producto del esfuerzo individual, aun cuando el individuo sea parte de una masa de gente, entonces no puede haber duda de la verdad de mi propuesta. YO vengo antes que ELLOS, aunque mi YO quede constituído por una idea que, como el agua que se derrama de un jarro, primero sale en un hilito y luego se esparce en vertientes, como el delta de un río desembocando en el océano. ¿Cuál es la idea que me constituye? ¿De dónde sale el cogito que culmina en el sum? Esa idea tiene cuerpo y nombre y su nombre y cuerpo podrían ser los míos.
Así, alguien podría decir: Descartes es el producto único de Descartes, encerrado en su habitación escribiendo El discurso del método o Las pasiones del alma. Y si soy producto único y reflejo de la verdad de mis ideas, la conclusión es inevitable: resulta inconcebible que la verdad sea múltiple y diversa porque yo no lo soy. Es por eso que el punto de partida de la sabiduría tiene que ser la soledad. Si extrapolo mi conclusión, la verdad cobra la forma de un recuerdo atormentado, el recuerdo de la francesa, que con su insistencia me mantiene confinado. Entonces ese principio no es solo yo pues mi yo es el resultado del romance que tuve con ella (a quien no me atrevo a nombrar por temor a que hacerlo tenga un efecto tipo caja de Pandora). Aun así, es una verdad singular que no admite vertientes.
Para llegar a esa verdad, yo seguí una ruta que pasó a ser una fórmula epistémica. Fueron cuatro pasos que me ayudaron en la búsqueda del orden que necesitaba para demostrar cómo la soledad podía ser la base de mi conocimiento. Primero fue la intuición, que muchos confunden con la incertidumbre pero que en realidad es una expresión diáfana del pensamiento. En segundo lugar estuvo el análisis, que fluye de la intuición, desmenuzando sistemáticamente la generalidad de lo que se intuye. La síntesis le siguió los pasos a la intuición y al análisis, reconstituyendo las verdades obtenidas hasta ese momento en un orden jerárquico, de la más sencilla a la más compleja. Luego vino la deducción, que nos permite establecer las implicaciones de la verdad atisbada en la soledad y el silencio.
Formular ese método me dio mucho trabajo. Ahora no sé en qué cuarto estaba encerrado cuando lo concebí. Y qué pena que cuando estuve dispuesto a compartirlo no tenía a nadie a mi lado. La francesa se había marchado. Como dije antes, la criada no cuenta y por eso nunca la extrañé. Cristina e Isabel eran una memoria que invocaba con las luces de la mañana entrando en mi cuarto, reflejos pálidos de su esencia. Ellas eran luces opacas, destellos azules y plateados, como suele ser la luz en los versos de una canción romántica. Evocaban en mí sentimientos muy nobles y es por eso que yo prefería darle más espacio en mi mente a la otra, la que me había abandonado, pues lo que ella siempre provocó en mí fue un éxtasis lujurioso y eso me gustaba más. No es que Cristina e Isabel no lo hicieran pero con ellas ese encanto se esfumó bastante rápido.
Con la que se fue pasé días que recuerdo como de gran arrebato. Tirados en la cama desnudos, yo pensaba en cuestiones filosóficas y ella hablaba de literatura. Yo la escuchaba con una mezcla de escepticismo y eslembamiento porque algunas de sus ideas eran descabelladas pero las formulaba con tanta lógica y convicción que yo no me atrevía a refutarlas. La vez que me dijo que quería escribir la historia del universo yo pensé que estaba loca pero no le dije nada. Mi fascinación me impedía preguntarle cuáles serían sus fuentes y cuál su método y mucho menos dónde creía que podía publicar esa historia. Cuando hablaba del deseo sus pupilas se agrandaban y se le humedecían los labios. Entonces usaba mis manos en vez de las suyas para darse un gusto que la convertía en tembleque y a mí me ponía en un estado de arranque.
En ese estado pasamos muchos momentos. Nos mirábamos con intensidad y luego nos besábamos. Ella me resumía las partes que creía eran las más interesantes del libro que estuviera leyendo y yo le hacía preguntas cuando me decía algo que no me quedaba claro. En más de una ocasión puse mis lecturas a un lado para leer lo que a ella le interesaba. También fui su bibliotecario personal cuando no pagaba la matrícula a tiempo en el Collège de France y no podía sacar libros porque le ponían su cuenta en hold. Una noche la ayudé a terminar de escribir un paper que necesitaba entregar al otro día y en otras ocasiones ella ensayaba conmigo las presentaciones que le tocaban dar en clase. Yo era su público más atento y ella se aprovechaba.
Yo la extraño tanto a pesar de que otros que la conocieron me han dicho que era una mujer común y corriente. Creo que se equivocan y es porque no la conocieron como yo. Conmigo ella siempre exhibió sus cualidades más excepcionales. Por un tiempo hizo que me interesara más en la literatura que en la filosofía. Cuando yo compartía mi inseguridad frente al reto de escribir un tratado filosófico de cara a lo que ya habían dicho Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, ella se reía a carcajadas notando con desprecio que Aristóteles era un misógino esclavista que los árabes nunca debieron recuperar. De Santo Tomás de Aquino admiraba su razonamiento sobre la guerra justa pero decía que yo no debía sentirme amedrentado frente a su obra pues habían muchas cosas sobre las cuales él no había escrito nada; es decir, que en el campo filosófico todavía había mucha tela de dónde cortar.
Yo la escuchaba con aire de ensoñación sin pensar que en vez de escucharla debía estar escribiendo. Lo hice sin saber que al fin y al cabo me iba a dejar colgando de las uñas en el borde de un precipicio interminable. Como ya he dicho, después se aparecieron Cristina e Isabel y por un tiempito me hicieron olvidar. Lo que no pudieron prevenir éstas fue la locura que poco después de terminar mi obra maestra me jaló por las greñas y me arrastró hasta las cuatro paredes en las que me encuentro sin saber lo que el futuro me depara.
En este pequeño espacio no quiero elaborar más. No me refiero a los confines de mi habitación si no al número de páginas que decidí era prudente usar para escribir este relato. Es una imposición artificial, lo sé, más una consecuencia de mi cansancio que de una limitación verdadera. Por el momento estoy exhausto, sin idea de cómo seguir. Quizás más adelante se me ocurra cómo elaborar un poco más estas ideas. Puede ser que les añada memorias importantes o anécdotas misceláneas que ilustren mi tesis principal. A lo mejor uso como pie forzado una declaración que leí recientemente en un cuento de un escritor cubano que me intrigó bastante.
Estén atentos. Necesito escribir más para mantener viva la ilusión de que algún día ella regresará para acabar mi tormento, para sacarme de esta envoltura en mí mismo de la que ahora no puedo escapar. Mientras tanto, me pondré a mirar fijo a la puerta enfrente de mí, a ver si alguien la abre y me dice que ya mi calvario ha terminado. Antes de sumirme en el silencio debo decir algo más.
En otro de mis escritos he propuesto que el trabajo de los poetas tiene más peso que el de los filósofos. Aunque cada uno utiliza recursos distintos para darnos semillas de conocimiento, ambos comparten la soledad como punto de partida—el uno se impulsa desde la soledad de la imaginación y el otro desde el aislamiento puro de la razón. Sólo me queda añadir que detrás de cada idea hay una realidad que es validada por su reconocimiento implícito en la idea. Llegué a esta conclusión encerrado en mi cuarto, pensando en el amor de esa mujer tan especial que perdí y que no se me sale de la mente.
Para olvidarla, aunque sea solo por un momentito, de nada me vale dirigir los ojos hacia el techo y mirar las polillas muertas dentro del cristal cóncavo que cubre una de las bombillas de mi cuarto. Me alegro de estar en un cuarto sin luz flourescente (y vuelve con los anacronismos) pues así no tengo que aguantar su zumbido constante. Con zumbido o sin él, cuando me pongo a pensar en su pelo negro no hay distracción que me saque de esa órbita mental. La veo claramente con los brazos desplegados hacia el frente, tirándose una foto contra la pared roja de su habitación, diciendo mi nombre al oprimir el botón de la cámara. Luego se me aparece detrás de la cortina de cristal de su ducha, esbozando su silueta desnuda, oculta tras el vapor de agua que empaña el cristal. Una imagen sucesiva muestra una apertura en el cristal, resultado del movimiento de su mano borrando el vapor de agua condensado. Por esa apertura semi-mojada, se atisban sus senos colgando como frutas maduras ansiosas de ser auscultadas. Yo extiendo mis manos y lo único que puedo hacer es frotarlas contra el aire. Todo es una ideación que crea mi realidad y la transforma como le viene en gana.
Si ahora pienso en ella, en su amor, si pienso en esa mujer francesa de pelo negro y ojos castaños, de labios espesos y caderas amplias, una mujer que me decía “¿que qué?” y “te amo Chacho”, el amor y esa mujer existen. El amor y ella son abstractos pero la pasión de mi amor es concreta y permanente aunque sea también imaginaria. La existencia de la idea en la soledad de mi mente lo comprueba. No importa que nunca más sienta en los hechos el ardor de su sangre como si fuera lava y me importa poco que jamás pueda volver a abrazarla. Quiero pensar que esas ideas aciagas son prematuras. Veremos a ver qué pasa.



