
Todas las nubes (Nectarina Editorial, 2025) es la primera novela de María Nieves Pérez Cejas (Puerto de la Cruz, 1975). Tras los poemarios La melancolía de los supermercados (Baile del Sol, 2017) y El invierno más largo (Premio Internacional de Poesía Luis Feria de la Universidad de La Laguna, 2015), Todas las nubes, su primera incursión en la narrativa, resultó finalista el pasado año del Premio de Novela Benito Pérez Armas de la Fundación CajaCanarias.
Hay muchos elementos que caracterizan esta novela, sin embargo, si hay algo que destaca en su escritura es la integración de géneros. En Todas las nubes hay una trama narrativa vertiginosa, una expresión poética constante, una manera de describir y sentir teñida de imágenes y sensaciones; y, al mismo tiempo, una dimensión visual que la acerca al teatro. El fluir de los pensamientos de los personajes, en medio de descripciones que por momentos recuerdan a las acotaciones de Valle-Inclán, es tan humano y real, que resulta actoral.
La historia que desgrana Todas las nubes se mueve en territorios fronterizos, donde lo real, lo recordado y lo imaginado se entrecruzan de tal manera que es difícil saber con exactitud dónde empieza la realidad y dónde la ficción. Esa ambigüedad —esa especie de niebla que difumina los límites— es uno de los mayores logros del libro, porque consigue una extraña verosimilitud emocional: sentir que todo podría haber ocurrido, o que, tal vez, ya ocurrió en algún lugar y a alguien parecido a nosotros.
La novela se sostiene en el detalle, en la observación minuciosa, en la precisión de lo humano. Y, sin embargo, hay algo onírico, casi simbólico que, a veces, asoma, como si los personajes se movieran entre un mundo tangible y otro que flota por encima de la realidad.
Encontramos también en este libro otra frontera muy poderosa: la que separa —o más bien une— la poesía y la narración. Porque en Todas las nubes la prosa respira como si fuera verso. Hay descripciones que no solo cuentan, sino que hacen sentir: digamos que no basta con entender lo que pasa, sino que logramos “respirar” lo que ocurre. No son compartimentos: la poesía ilumina la narración, y la narración da sentido a la poesía. En ese equilibrio se sostiene buena parte del realismo del libro. Un realismo que no depende de conocer a ciencia cierta los lugares —la playa, el muelle, el barco—, sino de reconocerlos emocionalmente. Porque, aunque no existan, los ves, los hueles, los sientes como propios. Ese tipo de realismo, que no copia la realidad, sino que la restituye desde la emoción, es el que produce la identificación del lector con el texto.
Todas las nubes es una novela caleidoscópica y es que no estamos ante una historia con varias tramas, sino ante un conjunto de vidas que se reflejan y se deforman entre sí, como si cada personaje fuera una cara distinta del mismo espejo. El lector entra en la historia siguiendo una acción —una investigación, una misión, una trama de contrabando—, pero lo que acaba importando no es tanto lo que pasa como a quién le pasa. Ahí está su fuerza: en lo humano. En esta novela de personajes, nadie está del todo definido por lo que hace, sino por lo que siente y por lo que calla. En este sentido, la obra rompe estereotipos en todas direcciones. Sus personajes, con especial atención a los personajes femeninos, no son simples víctimas ni criminales: son seres humanos completos, llenos de aristas buenas y malas. En ese equilibrio entre lo ético y lo emocional, entre la ley y el instinto, entre lo que se debe y lo que se siente, es donde la novela alcanza su mayor hondura. Porque cada personaje, en el fondo, nos devuelve una pregunta sobre la condición humana: hasta dónde somos capaces de resistir, de perdonar, de seguir adelante. Y si algo une a todos es la mirada de la autora: una mirada que no juzga, que comprende, que se acerca a los personajes sin paternalismo, sin maniqueísmo, con una empatía que se nota vivida, no aprendida.
Y todo ello narrado con una arquitectura muy precisa y una escritura de enorme madurez: las distintas tramas se cruzan sin confundirse, los personajes se rozan, se influyen, se transforman. Es una novela que avanza con la lógica de una marea: se retira, regresa, deja huellas. Al cerrar el libro, queda la sensación de haber leído algo más que una historia: se ha acompañado un proceso de reconstrucción. Y eso, creo, es lo más hermoso de Todas las nubes: su manera de transformar la fragilidad en comprensión y la pérdida en una forma de seguir viviendo.
Ana Muñoz Pérez (La Laguna, 1975), catedrática de secundaria de Lengua castellana y Literatura, lleva tres décadas dedicada a la enseñanza en institutos y a la formación del profesorado en torno a la lectura, la escritura y la educación literaria. Actualmente, coordina el Proyecto Viera, aprender leyendo de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias. Enamorada de los libros escritos desde la autenticidad de las mujeres, defiende la lectura como una forma de conocimiento y de encuentro consigo misma y con los demás.



