Reseña de la novela “La rebelión de los guanches de Anaga” Por Laura García

En la Revista Trasdemar difundimos el diálogo y la crítica literaria en las islas
Cortesía / Trienio Editorial

Presentamos en la Revista Trasdemar la reseña de la novela “La rebelión de los guanches de Anaga” de Domingo Gari Hayek (Tenerife, 1963), profesor de la Universidad de La Laguna, a cargo de la autora Laura García García, a quien damos la bienvenida a nuestra revista. Publicada por el sello editorial “Trienio” en la isla de Tenerife, la obra narrativa representa una destacada aportación del historiador Domingo Gari Hayek a la memoria histórica y al imaginario de la sociedad precolonial en Canarias. Incluimos la reseña de nuestra colaboradora en nuestra sección “El invernadero” de literatura contemporánea de las islas

Laura García García (Islas Canarias, 1990) es Doctora en Lenguas Modernas y Literaturas con especialidad en Estudios Étnicos, es profesora en el Departamento de Lenguas Modernas y Literaturas en Creighton University. Sus líneas de investigación se enfocan en las intersecciones de literatura, estudios archipielágicos, raza y estudios culturales de regiones isleñas sujetas al dominio imperial, con énfasis en Canarias y el Caribe hispanoblante.

Garí escribe como quien conoce. Se nota que es historiador, y se percibe en la precisión de fechas, lugares, procesos jurídicos y tradiciones. Los personajes no son invenciones gratuitas en la mayoría de los casos, sino figuras históricas o profundamente ancladas en procesos reales. Por ello, la novela se inscribe en la ficción histórica, aunque constantemente tensiona ese marco, recordándonos que la Historia oficial nunca es suficiente y que, para explorar borrados culturales, insisto en que nos hace falta la literatura

LAURA GARCÍA GARCÍA

No todas las manifestaciones literarias tienen la misma preocupación. Algunas están preocupadas por el lenguaje, otras por la forma o los recursos estilísticos. Una de las preocupaciones literarias que más me interesa es la manera en que, en determinadas ocasiones, se manifiestan a favor de la memoria histórica. En esas manifestaciones literarias, observo cómo dicha preocupación participa en un trazado de conexiones, en lo que la escritora puertorriqueña Marta Aponte Alsina denomina una “literatura de conexiones,” capaz de tejer rutas donde los lectores encontramos la posibilidad de explorar ciertas “tachaduras.” Con este término retomo nuevamente a Aponte Alsina, quien en sus novelas se interesa por exponer el cuerpo del lector al cuerpo del libro y al de los personajes que habitan en la literatura. Es en ese encuentro en donde los lectores nos enfrentamos a borrados culturales, es decir, a aquello que ha sido eliminado/modificado de la Historia. Son modificaciones que, normalmente, refieren a pueblos originarios, más tarde condicionados por empresas coloniales. Las novelas que se escriben alrededor de esta preocupación literaria invierten las metanarrativas coloniales de la Historia. La función poética y el uso de la metáfora intervienen, entonces, como una forma de pensar aquello que se ha querido dejar atrás.

Esta es, diría yo, la intención literaria de Domingo Garí al escribir La rebelión de los guanches de Anaga. Una novela preocupada por no simplemente exponer, sino explorar la memoria histórica de la comunidad indígena en Canarias, más concretamente en Tenerife. Esta novela nos recuerda que la historia de los guanches se puede contar desde la rebeldía y no solamente desde la derrota. Nos recuerda que hablar de colonización es más que hablar de un proceso histórico, pues es, en realidad, hablar de procesos de mestizaje, de cambios y de transformaciones. Hay rutas y conexiones por las que el lector articula un encuentro entre el pasado y lo contemporáneo. Si bien la novela está ambientada en el Tenerife de 1530, su lectura, me parece, remite de manera constante a las islas en la actualidad.

La rebelión de los guanches de Anaga es la primera novela de Domingo Garí y recién se publica en Canarias por Trienio editorial. Después de una larga trayectoria como investigador, historiador y profesor titular en la Universidad de La Laguna, Garí decide añadir la ficción a su escritura. Garí escribe como quien conoce. Se nota que es historiador, y se percibe en la precisión de fechas, lugares, procesos jurídicos y tradiciones. Los personajes no son invenciones gratuitas en la mayoría de los casos, sino figuras históricas o profundamente ancladas en procesos reales. Por ello, la novela se inscribe en la ficción histórica, aunque constantemente tensiona ese marco, recordándonos que la Historia oficial nunca es suficiente y que, para explorar borrados culturales, insisto en que nos hace falta la literatura.

Como ya mencioné, la novela está ambientada en el Tenerife de 1530 y se articula en torno a Iballa, una mujer guanche esclavizada. Iballa, bautizada como Lucía de Vera, fue tomada como propiedad de manera fraudulenta por Hernán Mexía, un extremeño que está en Canarias desde tiempos de conquista. Guaniacas, uno de los personajes principales, opera como abogado que denuncia la situación de Iballa y dirige sus esfuerzos a liberarla mediante procedimientos legales. Además, Guaniacas representa a una población mestiza canaria, de padre español y madre guanche, encarnando la persistencia de la herencia guanche a través de procesos de mestizaje y transformación.

En este contexto, en la isla aún encontramos a los guanches alzados, quienes también participan como personajes centrales en la novela, especialmente Erbane, una mujer guanche y líder de los alzados en Anaga. Los alzados son grupos que se resistieron a incorporarse al imperio tras la colonización y que se asentaron mayoritariamente en las montañas. De este modo, la novela presenta dos formas de resistencia frente a la corrupción y la opresión del orden colonial. Por un lado, la lucha dentro del sistema, con Guaniacas, a través del debate y los mecanismos legales. Por otro, la resistencia física de los alzados en las montañas, muchos de ellos situados fuera del sistema colonial y reacios incluso a hablar la lengua española.

La pregunta que me hago mientras leo la obra es la siguiente: ¿estamos ante una novela que simplemente trata sobre la rebelión de los guanches de Anaga o es una novela sobre prácticas opresoras? Me parece que estamos no solo ante una historia de alzamientos armados ni de episodios heroicos, como intuiríamos en el título. Esta es, ante todo, una novela sobre la opresión, sobre los mecanismos que la sostienen y sobre la memoria guanche. Aunque los alzados desafían el orden colonial, el centro del relato parece ser la corrupción estructural que sostiene ese orden. Pues la rebelión como tal no llega hasta el final de la novela y no surge como un gesto romántico, sino como una respuesta inevitable a un sistema profundamente injusto que domina durante toda la obra.

Hay muchos temas relevantes que serían necesarios discutir en profundidad, pero para dar a este texto finalidad de reseña, me decido por lo siguiente; Por un lado, la corrupción se presenta como una máquina que no envejece. La novela despliega una radiografía minuciosa del aparato colonial y de su corrupción endémica. Desde la Real Audiencia hasta los jueces nombrados por el rey, nos damos cuenta de que los nombrados a esos cargos no son una casualidad:

Los tres jueces de la Real Audiencia nombrados por el rey no debían ser naturales de las islas ni vecinos de ellas, para garantizar una mayor independencia y objetividad en el proceso, aunque dicha objetividad no fuese más que una intención espuria y no se refrendase en la vida de los súbditos (30).

La supuesta imparcialidad política, entonces, se revela como una intención espuria en la novela. Además, la conquista aparece despojada de cualquier épica. Está claro desde el comienzo que estamos ante una empresa colonial: “toda empresa de la conquista tenía solo un atractivo meramente económico y en beneficio propio” (31). También, hay alusiones a cómo el sistema establecido en las islas después de la conquista podría definirse en términos de virreinato, pues “el hecho de que el gobernador y el juez fuesen la misma persona era prueba evidente de que el sistema establecido en las islas tras la conquista era un virreinato, aunque no le dieran ese nombre en los papeles oficiales” (54). No olvidemos que el gobernador y el juez son la misma persona no solo en la novela, como vemos en la cita anterior, sino también en el contexto histórico en el que se centra. Pedro Fernández de Lugo, que funciona como personaje en La rebelión de los guanches de Anaga, fue nombrado gobernador y justica mayor de la isla de Tenerife en 1525. Es quién se encarga de tomar veredicto en el juicio de Iballa, aclarándose que los juicios, públicos solo en apariencia, son farsas donde “el veredicto ya estaba escrito desde la noche anterior” (63), y el pueblo asiste no para ver justicia, sino teatro.

Este retrato resuena con inquietante actualidad, pues veo guiños que nos interpelan como lectores contemporáneos: sistemas judiciales que protegen intereses de poder, ejércitos de colonos pobres usados para defender a una nueva nobleza y una corrupción que se recicla, pero no desaparece: “Un ejército de colonos pobres era imprescindible para defender a los colonos más afortunados, los miembros de la nueva nobleza que estaba gestando en las islas” (74).

Desde el punto de vista formal, la novela combina recursos históricos y literarios con gran eficacia. En las primeras páginas nos encontramos con un glosario de palabras, pero también de frases completas en lengua amazigh/guanche cuidadosamente editadas. Además de actas del cabildo que ofrecen una mirada oficial —insuficiente, siempre insuficiente— y un prólogo que se presenta como añadido histórico que inspira la escritura de la novela. Ejemplos como el de Pedro Hernández Alfaro, la alusión a la bula papal Sicut Dudum o las descripciones de las cárceles inquisitoriales anclan la ficción en procesos históricos reales, algunos profundamente violentos.

Debo añadir que la incorporación de frases completas en guanche, y no únicamente de palabras aisladas, produce una forma de presencia tangible y legible que, al menos en mi lectura, se traduce en una nostalgia lingüística. En mi caso, se trata, sin embargo, de una nostalgia atravesada por la rabia: un deseo latente, un “ojalá” porque la lengua guanche no se hubiera disipado de manera tan violenta. Se dice en algún momento del texto que “quien pierde su tierra pierde su nombre” (154) y creo que condensa una de las ideas más devastadoras de la obra. La desposesión que articula la novela no es únicamente material, sino también identitaria. La lengua, estrechamente vinculada a la forma en que nos relacionamos con nuestras identidades culturales, se convierte así en un espacio central de disputa. En el contexto canario actual, el despojo lingüístico emerge como uno de los marcadores más contundentes de la derrota. No obstante, la novela insiste en que ni el silencio impuesto ni la pérdida de la lengua son definitivos.

Es ahí en donde observo una de las resistencias más fuertes de la novela que invierte la metanarrativa de la derrota. A lo largo de la novela se despliegan diversas manifestaciones de resistencia, articuladas tanto a través de la palabra como del acto físico. La resistencia se inscribe en lo cotidiano: “era una comunidad pequeña, pero decidida” (43). En estos espacios, la lengua aparece como un eje fundamental de resistencia, pues “solo se hablaba la lengua de los guanches” (43). Sin embargo, la novela también sugiere que la resistencia puede emerger en los procesos de transformación y mestizaje. La isla se configura como un territorio bilingüe, como se menciona en la novela, atravesado por tensiones constantes. La rebelión de Anaga, liderada por Erbane, el resto de los alzados y Guaniacas, no surge de la unidad perfecta, sino de la recomposición de una resistencia históricamente fragmentada. “La resistencia, que por lo común vivía fragmentada, comenzaba a tejerse de nuevo” (60). Esta fragmentación no solo describe el pasado, funciona como un espejo inquietante del presente, donde las luchas dispersas buscan, una vez más, formas de encuentro. Así, entiendo que la novela sugiere que la fragmentación es una de las herencias más persistentes del colonialismo.

La rebelión de los guanches de Anaga es una novela comprometida con la historia de los guanches y con la necesidad urgente de participar en la memoria histórica. Nos recuerda que tras la rebelión “se aprendió que en la isla habría un equilibrio inestable” (231), una lección que sigue vigente. La obra defiende el papel fundamental de la literatura como espacio donde los archivos se humanizan, donde las islas hablan y donde los espectros recuperan cuerpo. Leer esta novela no es solo un acto estético. Es una forma de escuchar a quienes aún resisten desde la memoria.


Deja un comentario