“La decisión” Por José Edgardo Cruz Figueroa

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea de las islas

Desde la Revista Trasdemar presentamos la nueva colaboración del autor José Edgardo Cruz Figueroa (Puerto Rico), con el relato titulado La decisión que incluimos en nuestra sección “Conexión Derek Walcott” de narrativa contemporánea del Caribe. Nuestro colaborador es natural de San Juan y criado en El Fanguito y Barrio Obrero en Santurce. Tiene una Maestría en estudios latinoamericanos con una concentración en literatura e historia de Queens College-CUNY y un doctorado en ciencias políticas del Graduate Center-CUNY. Su trabajo académico ha sido publicado por Temple University Press, CELAC, Lexington Books y Centro Press y por varias revistas académicas. Su trabajo creativo ha sido publicado en las revistas Confluencia, Sargasso, Cruce, 80grados, Trasdemar, Alhucema, El Sol Latino, y el Latin American Literary Review. Una selección de sus relatos está incluida en el libro Formas lindas de matar (2023)

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el carro del tren era distinto; las horas lo habían transfigurado. Afuera su móvil sombra se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, oscuro, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto

Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos.

Jorge Luis Borges, El acercamiento a Almotásim

Si uno se pusiera a copiar La Meninas, de toda buena fe, pongamos por caso, al llegar a cierto punto y si el que copiase fuese yo, me diría: ¿qué tal sería poner a ese un poquitín más a la derecha o la izquierda? Y probaría hacerlo a mi manera, olvidando a Velázquez. La prueba me llevaría de seguro a modificar la luz o a cambiarla, con motivo de haber cambiado de lugar a un personaje. Así, poquito a poco, iría pintando unas Meninas que parecerían detestables al copista de oficio; no serían las que él creería haber visto en la tela de Velázquez, pero serían mis Meninas.

Pablo Picasso, L’atelier de Picasso

Si esta narración carece de sentido, parece incoherente o ininteligible o quizás familiar, la culpa no es mía. Yo soy un mero artefacto, un canal a través del cual un invento particular en otro tiempo se trasladó de una parte aislada del mundo a otra parte sin equivalente inmediato. El equivalente surge ahora, de su precedente y de mi afán incierto, hoy, el día en que relato la otra historia de Arturo Martínez. Este relato es en realidad, aunque es una realidad alterna, que tiene un paralelo histórico, El sur,y Martínez es su personaje, transmutado, puesto un poquitín más a la izquierda, porque no me gusta la derecha, como en Las meninas de Picasso, pero decisivamente en la dirección más apropiada. Y dice.

El hombre que desembarcó en San Juan en el 1893 se llamaba Jacinto Sánchez y era miembro de carnet del Partido Comunista Español; en 1969, uno de sus biznietos, Arturo Martínez, era secretario de una sociedad literaria en la calle San Sebastián y se sentía hondamente puertorriqueño. Su abuela materna, la insigne Josefa Sánchez Rodríguez, mantuvo una familia de once planchando ropa y era, en parte, de estirpe africana. Su abuelo paterno había sido el benemérito Mariano Martínez, del Regimiento de Voluntarios que sirvió en el Canal de Panamá durante la Primera Guerra Mundial, que murió allí, acribillado por un panameño iracundo. En la conjetura de sus dos linajes, Arturo Martínez (tal vez a impulsos de la sangre española, aunque decirlo así sería un prejuicio) eligió el de ese antepasado heroico, o de muerte heroica. Pero solo por un tiempo, pues la otra parte de su ancestraje, la africana, le llevó, en un año incierto, a declararse negro en la planilla del censo. Un bolso de cuero con la foto de una mujer acaramelada e inexpresiva, los rastros de ciertas melodías, el recuerdo escrito de estrofas de Majestad negra, los años, el entusiasmo y el orgullo, quizás la soledad, fomentaron esa identificación, que, aunque americanizada, fue voluntaria pero nunca excesiva.

Con no poco trabajo, Arturo había rescatado del polvo las casi ruinas de una casa en Vega Baja, que fue de los Tartak; una de sus costumbres era imaginar los árboles de mangó y la espaciosa casa blanca que alguna vez fue azul. El trabajo tanto como el guame lo retenían en la ciudad. Verano tras verano pensaba en la casa, transformada de abstracción en puertas y ventanas, esperándolo en una calle precisa. Entonces llegó un día de febrero de 1971.

El destino no discrimina pero es despiadado con la distracción más mínima. Arturo había conseguido, esa tarde, un ejemplar descalabrado de The Misfortunes of Virtue, de Sade; ansioso por explorar el mensaje inquietante del título, subió las escaleras a la carrera; en la oscuridad su frente fue rasgada por ¿un pájaro, un murciélago? La mujer que le abrió la puerta registró claramente una mueca de horror al verle, y al pasarse la mano por la frente, quedó embadurnada de sangre. Arturo dormitó, pero poco. Temprano en la madrugada abrió los ojos y el sabor de todo lo que probó a esa hora le pareció atroz. Se le pegó una fiebre desgastante, con pesadillas llenas de proposiciones profundas originarias del escrito de Sade. Tuvo innumerables visitantes que insistieron en lo bien que se veía. Arturo los escuchaba atónito ante su incapacidad de notar que estaba en el infierno. Pasaron ocho días, como ocho años. Una tarde, el médico de turno se presentó con un colega que recomendó una radiografía.

Antes, camino al hospital en el atartalado Ford Falcon que Arturo había adquirido por $250, pensó que en una cama extraña quizás podría al fin dormir sin las pesadillas de Sade. Se animó a conversar; al llegar le afeitaron la cabeza, lo ataron a la cama, le pusieron dos luces extremadamente brillantes en la cara, lo examinaron con un frío estetoscopio y sin previo aviso le clavaron una aguja en el brazo.

Despertó con náuseas y si no es porque intentó levantarse, hubiera muerto asfixiado por su propio e incontrolable vómito. Al despertar lo primero que dijo fue: Sofía. Comprendió que estaba en un arrabal del infierno. Le daban hielo para refrescar su árida boca, sin efecto. Arturo terminó odiándose, su identidad, sus necesidades, su humillación, su dependencia, su debilidad, hasta la barba hirsuta que crecía inatendida. Decidió ser estoico ante las dolorosas curaciones, pero cuando supo que había estado a punto de morir, se echó a llorar como un niño incapaz de entender la idea del destino. Lloró porque hasta entonces no había tenido tiempo para pensar en la posibilidad de la muerte. Más tarde, el cirujano le dio buenas noticias. Pronto podría regresar a su casa. Sin decirlo más de una vez, el día prometido llegó.

La realidad aparenta ser simétrica pero es anacrónica; Arturo había llegado al hospital en un Ford Falcon y ahora un Ford Falcon, pero de año distinto, lo llevaba a una casa que no era la usual. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, si es que se puede notar el cambio en un país del Caribe, era como un símbolo natural, o quizás abstracto, de su destino rescatado de la fiebre y la muerte. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos balcones, las plazas como patios. Arturo la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las viera, recordaba las esquinas, las marquesinas, las modestas diferencias de San Juan. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas volvían a parecerle iguales.

Es de todos conocido que San Juan empieza del otro lado de Isla Verde. Arturo siempre recalcaba, en cada conversación, en cada carta, en cada mensaje electrónico, que ello no era una convención y que quien se pasea por San Juan entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde su Ford Falcon buscaba la otra casa, la de los días ordinarios, la de la puerta de rejas, con timbre en el arco de la puerta y el pasillo que daba al patio interior: calle Sol 275. Dejó de musitar, estacionó el auto y se dispuso a tomar un tren que le pareció fuera de lugar. Entonces creyó que no estaba en Puerto Rico. Pero sí.

En el pasillo de la estación se dio cuenta de que faltaban treinta minutos, sin saber para qué. Recordó bruscamente que en un café de la calle Sol (a poca distancia del Bigote del Abuelo) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como un Dios apaciguado. Un lapso en la realidad le permitió entrar. Ahí estaba el gato (el mismo que describe Cachao en Como su ritmo no hay dos), dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que ese contacto era ilusorio y que estaban separados por un cristal, porque la gente vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante; o quizás estaba endrogado o bajo los efectos del alcohol. Pero espérate, dijiste que pidió una taza de café. Se lo tomó poco a poco.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Un tren en San Juan era un vestigio incongruente pero Arturo no le dio peso a ese detalle. El Ford Falcon quedó rezagado en la memoria. Arturo recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la maleta; cuando el tren arrancó, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las desilusiones de Jonás. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha con Sofía, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal. A veces era preciso pasar por alto lo innegable.

A los lados del tren, la ciudad desaparecía; la estela urbana demoró el principio de la lectura. La verdad es que Arturo leyó poco; Jonás es un gran personaje, que ayuda a olvidar la pena propia, pero no tan atractivo como la vista verde que sucede al concreto en la distancia o como el hecho de ser. La felicidad lo distraía de los artificios de Jonás; Arturo cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir. El almuerzo (servido en containers de metal que le recordaban las fiambreras de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana despierto en la casa de Tomasa, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de su isla, y el otro, encarcelado en un hospital y sujeto a metódicas servidumbres. Pero ese era no más un recuerdo. Vio casas de madera, esquinadas y compactas, infinitamente mirando pasar el tren; vio vacas en los terrosos caminos; vio ríos y quebradas; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas esas cosas eran casuales, como sueños. También creyó reconocer árboles y sembrados que no podía nombrar, porque su directo conocimiento de ellos era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el carro del tren era distinto; las horas lo habían transfigurado. Afuera su móvil sombra se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, oscuro, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Arturo pudo sospechar que viajaba al pasado. De esa conjetura fantástica lo distrajo el conductor, que, al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la parada de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Arturo (el hombre añadió una explicación que él no escuchó porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren se detuvo. Al otro lado de la vía estaba la parada, que era poco más que una lozeta enorme con una cubierta. En el car rental ningún vehículo tenían, pero Arturo fue informado que tal vez podría conseguir uno si caminaba diez o doce calles hacia el este. Aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba el aire presagiando la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, igual como lo había hecho tantas veces después de hacerle el amor a Sofía, caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del viento.

Llegó a un colmado que alguna vez había sido rojo vivo, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó una imagen en el libro de Jack Delano, Puerto Rico mío, solo para rápidamente darse cuenta que en el vecindario de Josefa había un lugar parecido, fotografiado por Delano en 1948. Pero no era igual pues aquí podía comerse algo. Adentro, creyó reconocer al dueño; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los enfermeros del hospital. Vio un rótulo familiar: Hoy no fio, mañana sí. El dueño le dijo que tenía que esperar tres horas, pero no le fue claro para qué. Para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Arturo decidió darse un trago y cenar.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos jóvenes, en los que al principio no se fijó. A seis o siete pies de él, recostado del mostrador, se daba un trago un hombre muy viejo. Excepto por el gesto de las manos, parecía inmóvil como una cosa. Los muchos años lo habían reducido y pulido como el agua a una piedra o el pasar del tiempo a una sentencia. Era oscuro, pequeño y reseco, como su abuelo materno cuando yacía postrado en cama en la casa de su tía Palmira antes de morir, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Arturo escudriñó los detalles del viejo, sus zapatos, su vestimenta, y se dijo, pensando en Palmira y su sacrificada atención por aquel carapacho de persona en que se convirtió su padre: “No lo conozco. Ese no es mi abuelo”.

Arturo se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el sitio. No había más olores que los de la cocina, ni más ruidos que los de la muchachada comiendo y bebiendo. El dueño le trajo arroz con gandules y después pernil de cerdo; se empujó la comida con una cerveza. Ocioso, paladeaba los sabores y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. Las bombillas colgaban de cables entrelazados; los jóvenes en la otra mesa eran tres, dos blancos y uno negro. De pronto Arturo sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre uno de los cuadros del mantel, había una habichuela. Eso era todo, pero alguien se la había tirado. Qué cosa infantil.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió la copia de Las desiluciones, como para tapar la realidad. Otra habichuela lo alcanzó a los pocos minutos y esta vez los jóvenes se rieron. Arturo se dijo que no estaba asustado, pero que sería un desacierto que él, recién salido del hospital, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea estúpida. Resolvió irse; ya estaba de pie cuando el dueño se le acercó y lo exhortó con voz alarmada: “Señor Martínez, no les haga caso a esos impertinentes, que están medio alegres”.

Arturo no se extrañó de que el dueño, ahora, supiera su apellido, pero sintió que sus palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Por qué esto es así no me queda claro. Quizás la mejor explicación es esta: antes, la provocación de los jóvenes era a una cara accidental; ahora era específica y por eso no podía ser ignorada. Arturo hizo a un lado al dueño, se enfrentó con los jóvenes y les preguntó qué puñeta andaban buscando.

El joven negro se paró, tambaleándose. A un paso de Arturo, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Su borrachera era exagerada y eso, para Arturo, era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, sacó un largo cuchillo e invitó a Arturo a pelear. El dueño se interpuso y objetó que Arturo estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde su rincón, el viejo desecrado le tiró una cuchilla a Arturo que vino a caer a sus pies. Otro había decidido por él, ese día de febrero, aceptar el reto. Arturo se inclinó a recoger la cuchilla y sintió dos cosas. La primera, que el acto de recoger la cuchilla lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma era inútil en sus manos. Otro había decidido por él su muerte. Como todos la hombres de su época, había jugado con una cuchilla, pero su esgrima no pasaba de una noción de que las cuchilladas deben ir hacia arriba, como le muestra Jack Klugman, Juror #5, a Henry Fonda, Juror #8, en Twelve Angry Men. Para esto me salvaron la vida en el hospital, pensó. “Vamos pa’ fuera”, dijo el otro, con un tufo que arrancaba un poste, de tan fuerte.

Arturo accedió con un gesto y si ya en él no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al dirigirse al umbral, que morir en una pelea de cuchillos, sería una liberación para él, una felicidad y una fiesta, mejor que la primera noche en el hospital, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, esa era la muerte que hubiera elegido o soñado.

Por supuesto, esas ideas no son más que un romance arrabalero, una opción preferible solo para quien no tiene puta idea de lo que es ver correr la sangre en una pelea de cuchillos; especialmente la sangre propia. Pero qué importa. Arturo empuñó con firmeza la cuchilla, que acaso no sabría manejar, y salió a la calle. El negro salió detrás de él, tambaleándose como guajana al viento. Levantó el brazo de modo amenazante y Arturo, desafiando la ley del destino, se le adelantó y le espetó la cuchilla en un ojo. No hace falta decir lo que pasó después.


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