“En cuanto llego a la isla” Cees Nooteboom en Menorca. Celebración del 5° aniversario de la Revista Trasdemar

Celebramos el 5° aniversario de la Revista Trasdemar de Literaturas Insulares
Portada del libro “Lluvia roja” de Cees Nooteboom

Presentamos en la Revista Trasdemar un pasaje selecto del libro “Lluvia roja” de Cees Nooteboom, una primicia con motivo de la celebración del 5° aniversario de la Revista Trasdemar de Literaturas Insulares.

Con el título original de “Rode regen“, el escritor holandés Cees Nooteboom, nacido en La Haya en 1933, comparte sus diarios íntimos de residencia en la isla de Menorca, “Lluvia roja” fue publicado por ediciones Siruela en 2007 con traducción al español de Isabel Lorda Vidal. Ese mismo año, entre otros títulos del poeta y ensayista, se publicó el memorable Tumbas de poetas y pensadores, con fotografías de Simone Sassen, por el mismo sello editorial. Entre los reconocimientos de Cees Nooteboom, figuran el Premio de las Letras Neerlandesas en 2009 y el Premio Formentor de las Letras en 2020.

Compartimos el extracto del libro “Lluvia roja” en nuestra sección “El invernadero” de literatura contemporánea de las islas

Una colección de textos íntima y deslumbrante; mosaico de historias y recuerdos que transcurren en la casa de Menorca donde, desde hace cincuenta años, Cees Nooteboom pasa varios meses cada verano. En ella, este incansable viajero encuentra paz y tranquilidad en el jardín, entre árboles, piedras y animales, todos ellos dotados de nombre y personalidad.

Nooteboom recupera en este libro lo esencial de su pasado y reúne algunos de los temas fundamentales que configuran su obra: la amistad, los viajes, el arte, el paisaje y el inexorable paso del tiempo… El resultado es un compendio de brillantes reflexiones autobiográficas de uno de los grandes representantes de la literatura de viajes contemporánea.

EDICIONES SIRUELA

La sombra es estupenda para las personas pero no tanto para los almendros. Es una lástima, pues el mío tenía derechos adquiridos. Mi almendro considera a la bella sombra una invasora y ahora solo florece bajo protestas. Una vez, en enero, tuve que volar expresamente por él a Menorca. Al fin y al cabo, invierte un año entero en producir sus exiguas almendras, con esos envoltorios como de fieltro a lo Josep Beuys, y en arrojarlas al suelo, donde permanecen hasta que la cáscara se abre y yo las recojo con gesto de payés recolector.

Quitar las malas hierbas, rastrillar, barrer, regar, exterminar, mimar, espulgar, replantar, hablar a las plantas, serrar, transportar, prestar servicios de comadrona y asistencia a moribundos…En cuanto llego a la isla, mi vida experimenta un cambio radical. Las primeras semanas intento que no me afecte el rencor que me profesan mis plantas. Hay que trasplantar el ficus a una maceta con más espacio vital, buscar un par de piedras granes y apilarlas para apuntalar de nuevo uno de los tres troncos de la yuca, la cual, a modo de venganza y para ponerme en ridículo, está extendiendo por el suelo su blanca torre de flores . Hay que meter a los muertos en el coche y llevarlos al lugar al prescrito por el ayuntamiento, pues los vecinos se darán cuenta si les prendiera fuego. Eso está prohibido. Subido a una escalera tambaleante intento cortar los olivos silvestres, esos acebuches que pueden conmigo, y a los que debo eliminar porque no quieren compartir la luz con los demás. Y hay que eliminar de las escamas de las palmeras las plantas rastreras y los chupópteros y con ello aniquilar poblaciones enteras de insectos, lo cual es un horror para el hindú que se oculta muy dentro de mí.

En fin, no hay escapatoria. En mi jardín me transformo en otra persona. El jardín es un retrato de tu alma, me dijo en cierta ocasión una vieja amiga, y me da miedo pensar que lleve razón. Pero ¿quién tiene un alma con dos palmeras?


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