“El infierno soy yo” Por José Edgardo Cruz Figueroa

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea de las islas

Desde la Revista Trasdemar presentamos la nueva colaboración del autor José Edgardo Cruz Figueroa (Puerto Rico), con el relato titulado “El infierno soy yo” que incluimos en nuestra sección “Conexión Derek Walcott” de narrativa contemporánea del Caribe. Nuestro colaborador es natural de San Juan y criado en El Fanguito y Barrio Obrero en Santurce. Tiene una Maestría en estudios latinoamericanos con una concentración en literatura e historia de Queens College-CUNY y un doctorado en ciencias políticas del Graduate Center-CUNY. Su trabajo académico ha sido publicado por Temple University Press, CELAC, Lexington Books y Centro Press y por varias revistas académicas. Su trabajo creativo ha sido publicado en las revistas Confluencia, Sargasso, Cruce, 80grados, Trasdemar, Alhucema, El Sol Latino, y el Latin American Literary Review. Una selección de sus relatos está incluida en el libro Formas lindas de matar (2023)

Era Joyce hablando baba porque luego, como yo, rechazó su acervo religioso, aunque algunos alegan que era un episcopus vagans, un católico clandestino, que son los que abandonan la iglesia cargando con su ideología. Yo era un apóstata puro. Mi catolicismo no era clandestino ni nada, había sido deshechado por completo, y no podía ser hijo de Dios porque Dios era no más un símbolo, una entidad imaginaria poniendo palabras en la boca de un cura que luego encontré en las páginas de un libro, letra muerta

Praying God timidly to forgive him his weakness, he crawled up on to the bed and, wrapping the blankets closely about him, covered his face again with his hands. He had sinned. He had sinned so deeply against heaven and before God that he was not worthy to be called God’s child.

––James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man

No sé de qué rayos me hablas. ¿Que no soy digno de ser hijo de Dios? Ser o no ser digno es un falso dilema pues yo no creo en Dios. Pero si lo que me quieres decir es que he cometido faltas imperdonables, no tengo más remedio que darte la razón. Soy víctima de la triple aflicción: sufro por la memoria de todos los placeres que ya no puedo disfrutar, por la pena de todos mis improperios, de los cuales no puedo arrepentirme, y por la conciencia de que el tiempo para rectificar todo lo malo que hice se ha ido para siempre. Una nueva lectura de Joyce me ha hecho pensar en esto.

            Esa tarde la brisa del Mar Caribe se sentía tibia pero refrescante. Arturo miró hacia el horizonte y luego le hizo un guiño a su amigo Juan Esteban.

Arturo, déjame que te lo advierta: cuando mueras estarás condenado al sufrimiento eterno, tu casa permanente será el infierno.

Ay Juan Esteban, no me hagas reír que tengo una muela en traje de baño. El infierno no viene después de la muerte; el infierno no es un sitio, el infierno soy yo.

Tres días antes de hacer la primera comunión, mi madre supo que no había ido a ninguna de las clases. No sé cómo se enteró. En ese momento pensé que era omnisciente. Pero luego comprendí que yo mismo me había delatado. Para negar esa debilidad borré de mi memoria la causa de su descubrimiento. También olvidé su reacción pero me imagino que fue de furia. Posiblemente me cayó encima, pero a lo mejor lo hizo con cuidado, asegurándose de no dejar marcas en mi cuerpo. Tiene que haber sido así pues no recuerdo tener señales de agresión en mi piel después de su descubrimiento y cuando fuimos a la iglesia para hablar con el cura no me sentía mal ni adolorido.

De mi casa en la calle 7 en Barrio Obrero a la iglesia Del Carmen en la avenida Borinquen era un pasito pero el trayecto me pareció interminable. Me imagino que mami estaba iracunda y decepcionada a la misma vez. Quizás no fue así pero ahora me veo a su lado, caminando tieso y ella halándome por una oreja como si yo fuese un perrito que no quiere salir a caminar. No sé si sacó una cita para ventilar mi caso o si fuimos a la iglesia de improviso asumiendo que el cura estaría ahí y listo para atendernos. Estoy seguro de que entramos por la puerta de enfrente. La iglesia estaba vacía y mami habló con el cura al lado del confesionario.

Este sinvergüenza no fue ni a una de las clases preparatorias y estamos a dos días de la primera comunión, le dijo al cura. Yo miraba para abajo, avergonzado, denegando para mí la acusación de mi madre; estaba equivocada: todavía me quedaba al menos un poquito de vergüenza. Pero no sé si era vergüenza por haber mentido, por pretender que iba a las clases, por engañar a mi madre o por ser tan estúpido al creer que no me iban a coger en pifia, al no pensar que cuando llegara el día de la comunión el cura le iba a decir a mami que no podía hacerla pues nunca me había visto en las clases.

Lo confieso: parado frente al cura, que desde la altura de mis nueve años me parecía un gigante, una torre de tela negra con un cuadrito blanco en el cuello, una calva simétrica y un acento español, estaba cagándome del miedo, seguro de que me iba a pasar lo peor por mi imprudencia, de que el cura me iba a desterrar del reino de los cielos y de que después de la cita, confiada de que nadie se daría cuenta del daño pues estaría confinado en la casa, mi madre me daría una pela que me esbarataría los huesos.

No fue así. El cura le dijo a mi madre: no se preocupe, que se arrodille ahí y que reze tres Padres Nuestros y dos Ave Marías y traígalo el domingo a las nueve. Acuérdese de que tiene que venir vestido todo de blanco y que el misal también tiene que ser blanco.

Así de fácil. Ruedita ‘e ñame, amarillo en boca ‘e vieja, un bilí.

No sé si mi madre reaccionó con sorpresa, alivio o satisfacción. Quizás sintió las tres cosas a la vez. Nunca lo hablamos pues en su repertorio no había lugar para conversaciones con sus hijos y mucho menos con uno tan embustero como yo. Tampoco me dio ninguna pela. Si me inflingió algún castigo no lo recuerdo.

Yo sí que lo sentí todo: primero estupefacción y luego un alivio bien grande. Después, la satisfacción de haberme salido con la mía. También desprecio y burla hacia mis idiotas compañeros pues yo había llegado con ellos a la meta sin participar de la carrera. ¡Qué pendejos!, pensé lleno de soberbia.

 Ahora, cuarenta años después del suceso, con los pies en la arena y una Medalla en la mano, al mirarme vestido de blanco, arrodillado, con el misal blanco en mis manos y un crucifijo blanco en el cojín sedoso de un reclinatorio blanco, con una expresión estudiosa, noble y angelical, me cargo de ironía y decepción. Oigo al cura de espaldas al altar decir, el cuerpo de Cristo. En silencio respondo: a la vida eterna, amén. Otra vida, llena de gracia y virtud y felicidad.

Al comulgar, por un momento aluciné. Desde la cruz, Jesucristo levantó la cabeza y mirándome a los ojos se echó a reír. Los ángeles que flotaban a sus lados se miraban unos a otros con ceños fruncidos. La virgen botó una lágrima cristalina por un solo ojo, como en las películas, no sé si de tristeza o piedad.

 El cuerpo me tembló. No puede ser, no lo puedo creer. ¡Qué farsa, qué hipocresía! 

Yo no lo supe de inmediato, pero el día de mi primera comunión fue cuando me convertí en ateo.

El sermón del cura antes de la comunión me dejó perplejo.

Razonando solo como un humano puede hacerlo, nos sorprende que Dios pueda castigarnos eternamente por un solo pecado. La razón de esto es la ceguera que produce la ilusión de la carne y la oscuridad del entendimiento la cual impide que entendamos cuán lascivo es el pecado mortal. En esa oscuridad no vemos la realidad del pecado venial que es tan grosero y repugnante que aun si el Creador pudiese acabar con el mal y la miseria, con las guerras, las enfermedades, el robo, el crimen, la muerte, el asesinato con la condición de admitir la comisión impune de un solo pecado venial, ese Dios omnipotente no podría hacerlo porque el pecado, no importa cuál sea, es una violación de su ley y Dios no sería Dios si no castigara al violador de su ley (Joyce 102).

Me cago en su puta madre, pensé. Si Dios es omnipotente, ¿por qué no puede acabar con todo eso? Si lo que el cura dice es cierto, ¿qué hago aquí con este misal en mis manos, vestido de blanco, presumiendo de una pureza que no tengo? ¿Por qué Dios no me fulmina en este instante? Miré hacia la bóveda de la iglesia y en silencio dije: te doy un minuto para que me mates y me condenes al infierno. Fue un momento de orgullo rebelde, el tipo de rebelión que hizo que Lucifer y su cohorte de ángeles sublevados fuesen expulsados del cielo. Un pecado instantáneo como el que hizo que Adán y Eva fuesen condenados a vivir en un mundo lleno de sufrimiento y muerte. Y entonces, el conteo regresivo: diez, nueve, ocho, siete… y al llegar a cero, nada; allí estaba yo, todavía arrodillado abriendo la boca para recibir la hostia mientras el cura decía, el cuerpo de Cristo.

El sermón había sido una advertencia vacía, un fragmento de literatura en la novela de un artista joven e inexperto. Era la transcripción de Joyce de un sermón que era igualito al que yo escuché. Era Joyce hablando baba porque luego, como yo, rechazó su acervo religioso, aunque algunos alegan que era un episcopus vagans, un católico clandestino, que son los que abandonan la iglesia cargando con su ideología. Yo era un apóstata puro. Mi catolicismo no era clandestino ni nada, había sido deshechado por completo, y no podía ser hijo de Dios porque Dios era no más un símbolo, una entidad imaginaria poniendo palabras en la boca de un cura que luego encontré en las páginas de un libro, letra muerta.

No sé si mami pensó que yo estaba irremediablemente condenado por mi transgresión. Imagino que no pues ordenó la foto de mi primera comunión y la guardó supongo que sintiéndose si no orgullosa al menos satisfecha con el acontecimiento. Si mami podía perdonarme, ¿por qué Dios no podía hacerlo? Era una pregunta irreverente pues en ella Dios quedaba subordinado a mami. Pero yo nunca supe si ella me perdonó. Eso sí, la vida siguió su curso y al cabo de poco tiempo (dos años para ser exacto) volví a ver ecos de Joyce en mi experiencia. Como su artista joven, me vi en la iglesia confesándome. Dice Joyce anticipando mi experiencia (he alterado un poco su texto):

¿Cuánto hace que no te confiesas hijo mío?

Hace mucho Padre.

¿Un mes, mi hijo?

Más de un mes, Padre.

¿Tres meses, mi hijo?

Mucho más, Padre.

¿Seis meses?

Un año, Padre.

¿Y qué recuerdas desde entonces?

No he ido a misa, no he rezado, he mentido.

¿Algo más, mi hijo?

He cometido actos impuros.

¿Solo o acompañado?

Solo, Padre.

¿Qué edad tienes, mi hijo?

Once, Padre.

Ay mi hijo, reza dos Padres Nuestros y tres Ave Marías. Véte y no peques más que el precio del pecado es la condena infinita en el infierno. Dios es misericordioso pero si pecas y se te olvida confesarte, si tu arrepentimiento no es sincero, tu castigo será eterno. Ruégale a la Virgen María que te proteja y te ayude a mantenerte puro como la lluvia fresca, que te ayude a superar la tentación para que no termines en el infierno. Vive tu vida a la altura de lo que Dios espera de tí. Es la única manera de ganarte la recompensa que conlleva ser hijo de Dios.

Palabras vacuas, ¿palabras muertas?

Después, mi abuela me advirtió que martillar durante el viernes santo era como clavar a Cristo en la cruz. Si lo hacía, me dijo, mis manos botarían sangre. Yo, incrédulo, desafiante y a escondidas me puse a martillar detrás de la casa y no pasó nada. Concluí que la religión era una mierda.

Así describe Joyce la condena en el infierno: tormento físico, tormento espiritual, la pérdida de la luz divina, la corrupción de la carne y la pérdida del alma, la concatenación de los pecados, la dimensión de uno aumentando la dimensión de otro y así sucesivamente, la agudización de los sentidos de modo que el sufrimiento se siente con mayor intensidad, la compañía de otros tornándose en tormento, el odio al conocimiento, a la luz, la tortura que no cesa extendiéndose en el tiempo, dolor para siempre, la comprensión de que el mal que te aqueja es autoinflingido, saber que uno pudo arrepentirse y no lo hizo, remordimiento eterno, para siempre en el infierno, jamás en el cielo, consumido por el fuego, corroído por alimañas, la mente repleta de nubes oscuras y desespero, incapaz de sentir alegría.

Todo eso fui yo antes de la muerte.

El Señor te llama, dijo el cura, tú le perteneces. Por su obra y gracia, saliste de la nada. Te ama como nadie puede amarte. Sus brazos están abiertos, dándote la bienvenida. ¿Has pecado? No importa. Acércate a Dios, vano pecador errante. Este es el momento de hacerlo, esta es la hora.

Pude haber cumplido su mandato pero no lo hice y ahora menos pues para qué si hacía tiempo que era ateo. De las siete gracias del Espíritu Santo, me faltaron dos, la piedad y el temor a Dios, y como Dios era todo o nada, las otras cinco no podían absolverme. En mi infierno, la sabiduría, el entendimiento, el consuelo, la fortaleza y el conocimiento por si solos no contaban para nada. Ser ateo era vivir sin esperanza de otra vida después de la muerte. Podía pensar que la muerte no era el fin, que era una transformación que me permitiría volver con otro viso, pero si esa otra forma no incluía la conciencia de lo vivido no valía la pena. Como el filósofo que se entregaba a su trabajo febrilmente para combatir las ganas de no trabajar, me enfrasqué con ardor en mis lecturas para superar las pocas ganas que tenía de leer. Le di prioridad a los libros que una vez me parecieron difíciles o inescrutables. El de Joyce había sido el primero y por mucho tiempo fue el último.

Después de tratar de leer a Joyce sin éxito treinta años atrás, le di otra oportunidad y ahora lo entendí perfectamente. El artista joven era yo, sin saberlo. Como él, yo había pecado y, endurecido e impenitente, me había puesto la máscara de la santidad para ocultar la corrupción que vivía a diario, corrupción anticipada y plasmada en aquella foto beata del día de la primera comunión. Por un tiempito quise ser un santo pero no pude resistir el llamado de la vida secular y eché esa aspiración a un lado. A los pecados que confesé luego añadí no solo desear la mujer del prójimo sino también cometer actos impuros con varias. Estuve dispuesto a matar por una causa, decidí que era mejor no matar y luego le quité la vida a varios. Al amante de mi esposa le caí encima a batazos, le corté la cabeza y le pegué fuego a su casa con el cadáver adentro. No me arrepentí de nada pero viví atormentado, cargando un sentimiento de culpa inmenso.

Antes de leer a Joyce, en el momento en que el cura se hizo de la vista larga ante mi transgresión, facilitando con unos rezos mi primera comunión, supe que después de la muerte no habría ni cielo ni infierno. Su lectura me hizo comprender que antes de mi muerte el cielo había estado a mi alcance. Para llegar a sus puertas no necesitaba ser un santo, no tenía que ser un ejemplo inmaculado de devoción. Repasando el sermón transcrito en su libro y la descripción de los martirios que un pecador impenitente podía esperar, se me reveló una verdad esencial: el infierno no era una realidad metafísica pues existía en la Tierra. En vez de un sitio era una verdad abstracta que se tornó en realidad subjetiva pero concreta: no era posible evitarlo pues el infierno era yo.

La revelación fue súbita, como suelen serlo todas. No la esperaba. Al retomar la lectura de Joyce, después de un hiato de treinta años, solo aspiraba a entender lo que leía ahora que manejaba mejor el inglés. Juan Esteban me dijo que sabía lo que me había pasado durante mi primer intento pues “no es fácil leer un escrito que es un stream of conciousness”. Con diplomacia le dije que no, que ese libro no estaba escrito así (excepto en las últimas cinco páginas de la edición de Wordsworth Classics), que ese no era el problema. Él se quedó callado. Le dije que el libro me había revelado algo que iba más allá del mero entendimiento.

La reacción de mi amiga Ángela, que era bibliotecaria, fue casi idéntica. A veces la vida es como los relojes: te mueves para terminar donde empezaste. Encontrarme con ella fue una delicia inesperada. En Nueva York nunca te veo, le comenté, y aquí, a mil seiscientas millas de distancia, eres la primera persona, aparte de mi amigo Juan Esteban, con quien me encuentro.

Cuando traté de leer a Joyce por primera vez, yo no era bilingüe, le dije. Mi inglés era rudimentario. Por eso fue que esa primera “lectura” fue breve, torpe y confusa.

Llegar a ese tema fue natural y sencillo aunque aquí parezca que me lo saco de la manga. Con nosotros era igual siempre: de lo primero que hablábamos era de literatura.

Ángela tampoco dijo nada cuando le conté la historia de mi primer encuentro con Joyce y su secuela. Le dije que durante el primer intento no llegué a la parte del sermón o a la parte que describía lo que se sufre en el infierno. Ella sonrió asintiendo como lo hacen los que fingen haber leído el libro que uno le comenta. Me resultaba difícil creer que no hubiese leído a Joyce pero me lo cuestioné.

Durante mi nueva lectura supe que su personaje descubre que está a la merced de imperfecciones infantiles que amenazan con descarrilarlo. La duda lo agita. Se siente espiritualmente desolado. Escucha una voz que le dice: inter ubera mea commorabitur; es la voz de la tentación de la carne, una voz melódica que le induce a entregarse pensando que su consentimiento es muestra de su poder. Pero ese mismo poder le salva y admira la fuerza de su voluntad con la satisfacción suprema de no haber sucumbido al arrullo del pecado.

Conmigo no fue así. Nunca pasé la llamada “prueba de los santos”. Terminé ahogado en una inundación de tentaciones. A pesar de ese fallo y de que ahora yo era ateo, ¿podía mi primera comunión protegerme de una posible condena eterna en caso de estar equivocado sobre la existencia del cielo y el infierno? No le hice esa pregunta a Ángela y cuando le dije que mi experiencia sugería que yo era el infierno, volvió a sonreírse y se ajustó los espejuelos. La “conversación” terminó en ese momento.

            Voy a comprar una Medalla, le dije a modo de despedida. El kioskito a la orilla de la playa estaba repleto. Hablábamos en voz alta pero nadie sabía lo que estábamos diciendo. Me mostró una botella de Pepsi-Cola y me dijo, es lo mismo que estoy haciendo pero ya vez, prefiero un refresco. Sus ojos azules parpadearon y en ese momento sentí que me sumergía en el mar. Ángela portaba un moño muy severo que me hizo imaginar la sorpresa y excitación de verla con el pelo suelto. Volví a escuchar la frase del poema bíblico traducida al español: él morará entre mis pechos. Ángela se volteó y deposité mis ojos en sus nalgas.

 La deseé pero sabía que nada iba a pasar aunque no por la fuerza de mi voluntad; yo estaba dispuesto a pecar. Inter ubera mea commorabitur era una antesala de las muchas que me habían llevado a mi descubrimiento: el infierno era yo.

Cuando nos tocó pagar, la cajera, que tenía un collar de Mardi Gras, nos dijo “y mañana es miércoles de ceniza”. Era negra, bastante mayor, pero con una cara desprovista de arrugas y el pelo arreglado en trenzas. No lo sabía, le contesté, mi catolicismo hace tiempo que está obsoleto.

Ángela siguió su camino, puso su Pepsi en la toalla que tenía tendida en la arena y se lanzó al agua. Yo retomé la pregunta: si el infierno existía, no el mío sino el de Lucifer, ¿qué podía salvarme de la condena eterna? Si había un Dios, ¿cómo podía ser digno de que fuera mi padre? Pensé en el rey francés que decidió ser Protestante pues si Dios era Protestante sería bienvenido en el cielo y si era Católico sería perdonado. Yo no tenía esa opción por ser ateo y además no me apetecía hacer el cálculo oportunista de ese rey. Sin respuesta clara, no sé de dónde me salió ponerme a cantar en silencio la canción hecha famosa por Doris Day. Que se joda, concluí, lo que será, será.

Regresé a donde Juan Esteban dispuesto a seguir conversando. Si tienes razón y el infierno existe en la Tierra, me dijo, estás jodido de antemano. Alzando la vista por encima del gentío, divisé a Ángela saliendo del agua con el moño convertido en húmedas hilachas, con venas de agua que se dibujaban en su cara, su barbilla, su cuello y sus hombros y se evaporaban antes de llegar a sus axilas y senos, dejando atrás un rastro tenue de sal. No me importa, le dije a Juan Esteban, mientras apreciaba los muslos relucientes de ella, su figura amplia y maciza, un poco cuadrá. Juan Esteban me amonestó: mírame cuando te hablo. Le pedí disculpas y tomé un sorbo grande de mi Medalla, acariciado por la brisa del mar.


Referencia

Joyce, James. A Portrait of the Artist as a Young Man. Wordsworth Editions Limited, 1992.

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