“Juan Jiménez, la sed de la nube, el viento en los ojos” Por Juan Carlos de Sancho

El poeta Juan Jiménez, nació en Carrizal de Ingenio (Gran Canaria) y es autor de libros poéticos como Canción necesaria con María C, Y no es por el peso del sol por lo que cae, Itinerario en contra, y Epigramas. Obtuvo el reconocimiento del Can de Gran Canaria, ámbito de las artes, en 2016.
Portada del libro “Itinerario en contra” de Juan Jiménez, Las Palmas, 1983

Presentamos en la Revista Trasdemar un ensayo de nuestro colaborador Juan Carlos de Sancho, dedicado a la figura del poeta Juan Jiménez (Ingenio,1940- Las Palmas, 2019) destacado como uno de los exponentes de la generación literaria de “Poesía Canaria Última”. Su libro “Itinerario en contra” (1961-1975) contiene un testimonio lírico existencial de la identidad y de las tierras del sur de las islas

El Itinerario en Contra era un viaje hacia el mismo lugar del alma sentida, del corazón ya recuperado, a la mirada que compartía las otras miradas, las más silenciosas, las que hablaban sin palabras. Seres anónimos que el poeta recuperó para la eterna memoria del Sur.

JUAN CARLOS DE SANCHO

El camino es largo, Juan Jiménez, pero hoy el Sur me ha puesto tan cerca que vuelvo a encontrarme contigo entre estas aulagas de siempre. Aquí estoy de vuelta, atravesando pausadamente los doscientos noventa y cinco caminos de tu Itinerario en Contra. Veinte años después recupero el calor manso del Sur, la pella del obrero en el suelo, la inmortalidad de pie en un andamio del albañil Blas Ramírez, la inquietante sombra que genera en solitario y la mano enigmática que la toca.

Con el tiempo, Juan Jiménez, la mirada se nos hace corva, yo diría que parabólica. Buscando la esfericidad, cansada de ver, pasa levemente por la periferia, bordea caminos y visita con cautela las nostalgias y las ausencias. El ánimo que la acompaña, desgastado, ansía recuperar el vacío, evaporar en la ingravidez el peso de sentir tanto. La mirada se aleja y toma la distancia oportuna para saber lo que mejor sabe, lo que debe permanecer intacto. Y así, cuando el dolor pasa, el tiempo viene a consolarla. Entonces, los recuerdos que pasaron por el corazón retornan de nuevo a la escritura y ya para quedarse. La palabra-semilla germina hacia la luz del Sur.

Han pasado muchos años, desde aquellos días, pero el perfume es idéntico, quizá más profundo. Este calor es más embriagador y el suelo está como tostado. Un aire de tomateros vuela. ¿De qué sirve la memoria si no la mueven los latidos del recuerdo? Los corazones a veces se despegan de todo, pierden el contacto con la cálida tierra, se esfuman, se distancian de sí mismos y del espacio que los acoge. Pero engatusados por su propia huida imaginaria y ya de regreso, descubren que el Sur estaba en el mismo lugar y que las aulagas siguen rodando, como esqueletos de aire, atravesando el tiempo reencontrado: el tiempo de los poemas. Entonces descubren que el Itinerario en Contra era un viaje hacia el mismo lugar del alma sentida, del corazón ya recuperado, a la mirada que compartía las otras miradas, las más silenciosas, las que hablaban sin palabras. Seres anónimos que el poeta recuperó para la eterna memoria del Sur.

Al tanto la vida nos ha pasado factura y el pesimismo ha retornado, ha vuelto a tomar posiciones. El optimismo maquiavélico de una minoría quiere volver a imponerse sobre el pesimismo de la mayoría. En la misma bruma de siempre, el eterno imperialismo de los que nos prefieren mudos y obedientes. Pero al abrir tu libro de nuevo, Juan Jiménez, he vuelto a respirar a pleno pulmón, con el inmenso placer de volver a visitar esta tierra seca que levanta un mur con la sombra de tanto muerto bueno: Pedro Méndez y sus hermanos, Damián y Conrado, Santiaguito que se pasaba la vida trabajando, maestro Juan el herrero, Rosita la pastora, Pepe Chil, Chano, Pepe, Ceferino, Vicente, Maximiano, Lolina, Jacintita la loca que se va a por verduras a casa de Lolina y se olvida antes de llegar allí, Tomás Cruz el maestro nacional desocupado, Pepe Jesús que vio enterrar cuerpos destrozados en las caídas de los pozos, Luisito el Pastor que trabajaba en la finca de los Calderines, Chilito el viejo, maestro Pancho Jiménez, tu tía Josefa siempre torta, siempre amable, tu tío Manuel, callado él, Blas Ramírez, albañil de primera que no sólo ayuda con palabras sino con sus brazos. Roque, Constantino, Pedro Torrez… ¡Sur contra el olvido, Juan Jiménez! Todos ellos, siempre atentos, así de callados, conmoviendo aún, para los que nacer es un tomatero que cae marchito en la cara, entra la nada y la nada con que a diario quisieran morder la vida en las alas. Todos estos nombres adquieren un profundo significado porque duro se hace para los viejos recordar tanto trabajo y después no tener nada que dejar a los que viene…

Mientras avanzo entre estos tomateros abandonados, te leo y me sobrecojo. Las imágenes, concentradas, muchas veces dolorosas, me sitúan en ese mundo bárbaro de la pobreza, la injusticia, la revolución aún pendiente, las seculares metáforas de la soledad más real, la maldición del que nunca tendrá nada, del desheredado, del hermano inmigrante, la diabólica presencia del capitalismo más feroz e inhumano. Poesía dura y entrañable la tuya, poeta del Sur, porque tú también eres ellos y ellos en ti se reconocen, porque su silencio es tu paz y tu palabra. Palabra sin odio, de los que han visto de cerca el dolor que han producido los que tienen demasiado sobre los que no tienen nada: ¿Itinerario en Contra?.

Los pobres parece que no existen hasta que se les nombra. Y al darles tú la palabra, Juan Jiménez, los vivificas, se convierten en protagonistas de nuestro tiempo. Y se hacen de vida y son toda la vida. Nada en ellos queda extinguido y el Sur queda dibujado para siempre. “La visión de estas palabras escritas sobre una página-escribe el fotógrafo Duane Michals- me agrada. Es como una señal que he dejado detrás de mí; es como una extraña huella, indecisa, que prueba que he pasado por allí”. El fotógrafo francés escribía textos sobre sus propias fotografías y Juan Jiménez da voz a la palabra silenciada, escribiendo sobre una tierra pobre y seca la hermosura de la vida, la inmortalidad que se necesita en el país de los más pobres.

¿Qué nos queda para la eternidad? Somos todos ellos, todas las vidas anónimas que han compuesto y siguen componiendo la esperanza, la bondad del mundo. En una época donde la injusticia campa a sus anchas, donde los más humildes aumentan el espectáculo dantesco del desarraigo y la pobreza, la pena debe ser eliminada antes de que crezca y nos devore para siempre. Hubo en el Sur una gente inmensa, sola, debajo de las nubes, donde la libertad cayó esclava. Entre ellos, siendo de ellos, el niño Juan Jiménez vivía el ansía de beber risa en el cardo. Aquel niño temeroso que robó el tintero de la escuela, el astuto recolector de támaras, el niño pobre del Sur, el niño comunista que ya divisaba la envida cordial que llevan los obreros al trabajo era un niño que nació cuando todos comenzaban a quemar su sombra. Pero cuando pudo escribir el nombre del fantasma, cuando elevó la pobreza a la dignidad que consuela, entonces el desierto atrajo la lluvia y cuando llueve en la tierra es como si el alma se sintiera llovida y se sintiera amada.

Ya estoy de regreso, Juan. Sigo el curso marcado por un Itinerario en Contra. Esta tierra me gusta. Es la austeridad donde crecen los amores más grandes. Dejo atrás los tomateros, las montañas desdibujadas, las ternuras exquisitas, todas esas almas tan presentes y comprendo que ya existe aquella tarde entre tu padre y tu madre que desde hace años han estado tratando de encontrar. Esa tarde eres tú mismo, Juan Jiménez, tú y ellos, Y nosotros que te leeremos siempre. Y la serena fuerza de los justos.


Desde la Revista Trasdemar agradecemos a Juan Carlos de Sancho la cesión del texto publicado originalmente en el periódico La Provincia (2001)

   

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