“Lo que dejó el volcán” Por Ernesto Escobar Ulloa

En nuestra sección "Telémaco" difundimos un espacio para el ensayo contemporáneo
Fotografía cortesía del autor

Presentamos en la Revista Trasdemar el ensayo “Lo que dejó el volcán” de nuestro colaborador Ernesto Escobar Ulloa (Lima, 1971) a quien damos la bienvenida en nuestra sección “Telémaco”. Es autor del libro de relatos “Salvo el poder” (editorial Comba). Ha sido colaborador de diversos medios culturales, como las revistas Lateral o Cuadernos Cervantes. Fue editor de The Barcelona Review y fundador de Canal-L. Reside en Barcelona. Su primera novela verá la luz próximamente

Nos dirigimos en autocar por una serie de curvas y empinados precipicios al Tajogaite, comúnmente conocido como Cumbre Vieja, el cráter que se descerrajó una tarde del diecinueve de septiembre de 2021 y que se mantuvo en erupción durante ochenta y cinco largos días en la isla de La Palma, Canarias. No he encontrado nada mejor que leer para la ocasión que Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, que es lo que me distrae y me jalonea por los azarosos caminos, no solo de la especulación, sino de los paralelismos, del pasado al presente, del presente al pasado. De la historia a la poesía y de la poesía a la historia.

ERNESTO ESCOBAR ULLOA

Si la Guerra Civil española la hubiera ganado la República, hoy en día habría en las librerías una novela distópica sobre una guerra ganada por los nacionales, una historia “fuerte que te cagas” en la que por una confabulación de la tiranía y la desidia de las fuerzas democráticas, el bien habría caído derrotado por el mal. Esa es más o menos la historia que narra El Hombre en el castillo, de Phillip K. Dick, fabulando un escenario de post Segunda Guerra Mundial en el que el Gran Imperio Japonés y la Alemania Nazi se reparten la tarta del mundo. Algo parecido ya había formulado Joyce en el Ulises: “¿Y si Pirro no hubiera caído por mano de una arpía o si Julio César no hubiera muerto apuñalado?” Aristóteles supo que en el pasado todo era posible, sin embargo para el presente, no cabe un pasado diferente.  Me pregunto si en esa distopía guerracivilista la ficción habría estado a la altura de la realidad. Me pregunto si eso habría importado. O Importaría. ¿Se habría retratado la imagen de un régimen franquista tan opuesto a la reconciliación, como realmente lo fue, causante de una represión que fracturó a la sociedad aún más que la propia guerra? ¿La simpatía de Churchill por el caudillo habría quedado ensombrecida por la grandilocuencia del estadista que supo mantener la moral alta durante el Blitz? Solo la llegada a destino puede frenar el incesante tren de especulaciones.

Nos dirigimos en autocar por una serie de curvas y empinados precipicios al Tajogaite, comúnmente conocido como Cumbre Vieja, el cráter que se descerrajó una tarde del diecinueve de septiembre de 2021 y que se mantuvo en erupción durante ochenta y cinco largos días en la isla de La Palma, Canarias. No he encontrado nada mejor que leer para la ocasión que Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, que es lo que me distrae y me jalonea por los azarosos caminos, no solo de la especulación, sino de los paralelismos, del pasado al presente, del presente al pasado. De la historia a la poesía y de la poesía a la historia.

La víspera, antes de hacer las maletas, busco inútilmente un ejemplar en mi biblioteca. No tengo ninguno, debí perderlo en alguna mudanza, tengo que descargar una versión bilingüe y entretanto me topo con un dato curioso en Google: el 2022 se cumplió el 75 aniversario de su publicación. He de escribir algo, pienso.

Fotografía cortesía del autor

Hechizado por el paisaje que nos rodea, pero enfrascado en su símil a los pies del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, en Cuauhnáhuac, México, leo la carta que Lowry le escribe a su editor: “el volcán es la guerra”, le dice. ¿Qué guerra? Fundamentalmente la que acaba de empezar, la Segunda Guerra Mundial, pero también podría ser la que acaba de terminar, la Guerra Civil española, aunque de tacón le había dado a la Primera Guerra, de hecho, se ocupa de las tres. Es el drama de entreguerras. Heridas, huidas, zombies sin patria deambulando por una Europa desmembrada que ya no reconocen. Las tres guerras perturban a los personajes principales, que a su vez, son tres. En los tiempos de la primera lectura, los periódicos que todavía compraba, hablaban de la invasión de Afganistán. Aquel era el paralelo al escenario de conflicto internacional. Veinte años después, las tropas estadounidenses han abandonado Afganistán y el país volvió a ser asaltado por los talibanes. La ocupación estéril. A mí me importaba más el final que trazar un paralelo: ¿Quién no ha acabado postrado, solo, ante una noche estrellada, herido de muerte?

Apoyados por la OTAN, una coalición chapucera integrada por Estados Unidos, Australia, Alemania y Reino Unido, no lograba darle caza al escurridizo Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda y cerebro del atentado del 11-S. Parecía increíble que aquellos desalmados terroristas capaces de lo peor pero con pinta de indefensos pastores pudieran burlar una cacería ultratecnológica de ordenadores, infrarrojos y satélites. Por lo visto se les escabulló por túneles y cuevas hacia Pakistán, los mismos túneles y cuevas que utilizó en la dirección contraria cuando la CIA le entregó armas y dinero para hacer frente a la invasión soviética, en 1978. Vueltas que da la vida.

Vueltas las que damos nosotros. Venimos de los Cancajos, al sur de la isla, cerca del aeropuerto, una playa hermosa de arena negra y roca volcánica, tranquila, con paseos al borde de las rocas donde pega un manso oleaje. Vamos en dirección a Los Llanos de Ariadne por la LP-2, atravesando la Cumbre Nueva. Nos aproximamos a El Paso, después de pasar el llamado Túnel del Tiempo, que a estas alturas, más que una metáfora, parece casi un guiño. La rueda de la noria, instalada en la plaza de Cuernavaca, aquel día de los muertos, en el primer capítulo, gira en sentido contrario para dar inicio a la acción. La novela da un paso atrás, de 1939 a 1938. Es el loop que nos advierte que pronto seremos testigos no del presente, sino de un eco del pasado. Vuelvo a Bin Laden, la CIA, los muyahidin y los excombatientes soviéticos que pelearon en Afganistán contra ellos, y cuyos testimonios recopila Svetlana Alexievich en Los muchachos del zinc. Tienen tanto en común con los soldados rusos que hoy pelean en Ucrania… : “El soldado ruso es el más barato del mundo. No está equipado ni protegido. Es material consumible. Así fue en 1941. Sigue ocurriendo lo mismo.” Hoy en día, la cifra de bajas de soldados rusos en Ucrania es un secreto cuidadosamente guardado por el Kremlin. No lo digo yo, lo leo en La Vanguardia, que por muchos mails que me manden ya no compro. La mayor parte de los soldados muertos son muy jóvenes, provienen de las zonas más pobres del país, y a menudo, forman parte de minorías étnicas. Sobre la Guerra de Afganistán (1978-1992), Alexievich anota:  “Fue más tarde cuando nos enteramos de que los ataúdes llegaban a la ciudad y que los enterraban en secreto, de noche, y en las lápidas ponían «falleció» en vez de «cayó en combate». Nadie se preguntaba:  ¿por qué de pronto los chavales de diecinueve años se morían haciendo el servicio militar?”

No solo hemos regresado a la guerra de Afganistán, hemos regresado a la URSS, no como una realidad, sino como un horizonte, el imperialismo nunca se marchó. Quizá no haya nada más imperialista que la nostalgia. Basta conocer por encima al personaje para saber que Vladimir Putin es un nostálgico de la Unión Soviética, que en los tiempos en que cayó el muro de Berlín era un agente de la Stassi en Dresde, en la República Federal de Alemania, absorbiendo la experiencia del colapso en carne propia, acorralado por la sociedad civil y sin la ayuda de Moscú. Poco a poco el castillo se fue desmoronando y una vez ante los escombros declaró en 2005 que fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”.  Ya no son solo las palabras y los gestos, -recuperó la música del himno soviético y el águila zarista, además de rendirle homenaje a Yuri Andropov, el legendario jefe del KGB- es cómo juega ajedrez: Chechenia (1999), Georgia (2008), Crimea (2014), Ucrania (2022).

Hemos vuelto a la URSS. Eso me lleva a un tema: «Back in the USSR», de The Beatles. No la tengo en iTunes, como creía. Debo ir a Spotify. La letra me saca una sonrisa descreída. Plantear una relación podría resultar un poco tirado de los pelos pero vale la pena:

Back in the U.S.
Back in the U.S.
Back in the U.S.S.R.
The Ukraine girls really knock me out (wooh, ooh, ooh)
They leave the West behind (da, da, da)
And Moscow girls make me sing and shout (wooh, ooh, ooh)
That Georgia’s always on
My, my, my, my, my, my, my, my, my mind

 Los tres primeros versos es lo que queda resonando, lo que me quedo tarareando.

Afganistán fue para los combatientes rusos lo que Vietnam para los americanos. La diferencia es que los veteranos americanos cuentan con Hollywood para reivindicarlos ante el olvido o la indiferencia de buena parte del Estado y la sociedad civil. Según Borges, insólitamente, la tradición épica la salvó Hollywood. América construye esa épica donde juega el doble papel de héroe y villano. Jacob Singer en La Escalera de Jacob, es asaltado por una memoria y unos fantasmas del pasado en un presente que le es incomprensible. Jacob ha muerto en Vietnam.  Otra vez el cine trae de vuelta a Pirro y Aristóteles. El universal poético. La película trata sobre lo que le hubiera pasado de haber sobrevivido a Vietnam. Acúsenme de spoiler, ahora que tienen la palabra.

El Túnel del Tiempo, sin embargo, no da cuenta de un viaje temporal, como sonó en un primer momento. Que desilusión. Cuantas veces me he hecho la pregunta de dónde viajaría si pudiera viajar en el tiempo. Pero sé que ese lugar es una idealización. Como hoy los jóvenes rockeros idealizan los ochenta. O los noventa. Ahora que repaso películas de Vietnam me acuerdo de Rambo. Quizá  a Stallone le gustaría viajar a la postproducción de Rambo III y destruir la cinta antes de que la épica de sus corajudos aliados, los talibanes, viera la luz y llegue hasta nuestros días, a cuarenta y tantos años de la invasión Soviética y veinte de la de Estados Unidos (US/USSR).

Es nuestro tercer día en la isla y la primavera no acaba de cuajar. Aunque hace sol, una persistente ventisca nos obliga a llevar chaqueta. Pasado el Túnel del Tiempo pronto quedan atrás los vientos alisios. Las altas montañas nos los han quitado de encima, es como si hubieran querido continuar persiguiéndonos pero contábamos con una muralla natural para contenerlos, más fuerte y más alta que cualquier edificación humana. De pronto, como por arte de magia, aterrizamos en el cogollo del verano. Así de claro, de luminoso, de azul, de verde. El túnel te lleva a otro tiempo atmosférico, no cronológico. Es el llamado efecto Foehn: “calentamiento del aire producido al descender por las vertientes de las montañas opuestas a la dirección de los vientos”. Lo que explica que a barlovento, donde está nuestro hotel, haya una gran humedad, nubes y lluvias, mientras que, a sotavento, donde están los volcanes, el cielo esté despejado y la temperatura sea la del verano. En nuestro segundo día tuvimos oportunidad de observar el fenómeno sin conocerlo, en una ruta de senderismo por el Roque de los Muchachos, el imponente mirador y punto más alto de la isla, donde se encuentran los telescopios espaciales. Una masa nubosa se arremolinaba a nuestros pies, mientras que al otro lado, el guía nos señalaba la hilera de volcanes entre los cuáles asomaba el Tajogaite. Allí estaremos mañana, pensamos, esperando que no quedara solo en palabras.

En el proyecto de Lowry, Bajo el volcán era la primera parte de una trilogía, inspirada en la Divina Comedia, que estaría compuesta por el infierno, el purgatorio y el paraíso. Acaso los clásicos son aquellos libros que saben tirar la caña a otros clásicos. Lowry y Dante. Joyce y Homero. Cervantes y Las mil y una noches. Lowry solo llegó a completar la primera, el infierno. Aunque yo diría que más que escribir la novela, la vivió. Acaso las novelas haya que vivirlas más que escribirlas. No se escribe solo tipeando o dejando tinta sobre un papel. Se escribe al andar, al conversar, al pensar, la novela se vive en la cabeza, y en cierta forma se la protagoniza. Los protagonistas que descienden al infierno lo hacen a través de la culpa. A través del mezcal. Lowry acaso conoció el infierno tan bien como Dante. Geoffrey Firmin, su medio hermano Hugh y su exesposa, Yvonne, descienden en doce horas esa autopista al infierno que nada tiene que ver con la de AC/DC. La proyecto en el paisaje que nos rodea, si La Palma recuerda a una colonia española es porque lo fue, aún existe el cabildo, esa institución clave con la que los colonos resistían la burocracia real en América. Geoffrey carga un crimen atroz cometido contra un submarino alemán en la Primera Guerra Mundial, que le mereció una condecoración del gobierno británico. Yvonne lleva el peso del adulterio y el deseo de redimirse salvando su matrimonio. Hugh, al traicionar a su hermano, se ha traicionado a sí mismo, y por si fuera poco, al no haberse alistado en las Brigadas Internacionales que salvarían España del fascismo, ha traicionado a la humanidad.

Viniendo de Cataluña cómo no recordar a George Orwell, que como Geoffrey Firmin, hace escarnio del progresismo inglés y la prensa progresista  ante la amenaza fascista en España: “Basta con retrotraerse un poco al pasado, hojear la hemeroteca los números atrasados de New Masses o del Daily Worker, y echar un vistazo a las patrañas romanticoides y belicosas que los izquierdistas esparcían por entonces sin ton ni son. Y la intelectualidad izquierdista realizó a su debido tiempo un movimiento pendular, pasando de “la guerra es el infierno” a “la guerra es gloriosa”, sin la menor percepción de su incongruencia y prácticamente de un día para otro”. Hugh se perdió la oportunidad de esa gloria. Orwell , en cambio, dejó un testimonio fidedigno de la Guerra Civil sin sucumbir a la fiebre revolucionaria, asumiendo una responsabilidad y una ética que dignificaron el periodismo. Escribiría más adelante: “El resultado de la Guerra Civil española se decidió en Londres, París, Roma, Berlín. En todo caso no se decidió en España.” Hugh se lamenta de no haber hecho nada por frenar en sí mismo la desidia de la clase dirigente británica que, como observa el autor de 1984, “hizo todo lo posible por entregar a España atada de pies y manos a Franco y a los nazis. ¿Por qué? Porque esa clase dirigente británica era profascista: esa es la respuesta más evidente.”

¿Qué se podía esperar? La política anglo-francesa de aquel entonces pasó por alto la remilitarización de Alemania, la formación del Eje, el Anschluss austriaco y la desmembración de Checoslovaquia, “si por ninguno de estos acontecimientos mucho más graves para la correlación europea de fuerzas, las potencias democráticas se atrevieron a dar la cara, ¿por qué iban a hacerlo por España?” Se pregunta Ángel Viñas en uno de sus ensayos.

Pecaron de la misma inercia, de la misma desidia a finales de siglo XX y abandonaron la democracia rusa a su suerte. Vladimiro Kara-Murza, brazo derecho del principal opositor asesinado por Putin, Nemtsov, declara: “Dos días después de que cerraran la última televisión independiente, TVS, en junio de 2003, Putin fue recibido en el Guild Hall de Londres, por la reina de Inglaterra y Tony Blair. Pocas semanas después de que el gobierno tomara el control de NTV, la más grande cadena de televisión independiente de Rusia, fue la reunión con George W. Bush en la que este lo miró a los ojos y dijo haber sentido su alma… Es tarde para trazar líneas rojas.”

Una Europa parecida a la de hoy es la que les llega hasta Cuahnahuac a los protagonistas de Bajo el Volcán, y pese a que se hallan a miles de kilómetros, no se hallan fuera del conflicto. Gran Bretaña acaba de romper relaciones con el gobierno de Lázaro Cárdenas por la expropiación de las compañías petroleras del Reino Unido, y Geoffrey Firmin no solo se queda en el paro como cónsul, se convierte en un apestado, en un enemigo del régimen. Roosevelt, en el vecino del Norte, optó por el pragmatismo, prefirió la alianza estratégica con México, así como Biden se acaba de amistar con la Venezuela de Maduro. El petróleo manda. Respecto a la Guerra Civil española, a diferencia de la pasividad europea, los reflejos de Cárdenas fueron rápidos. Ayuda a los republicanos dentro de la modestia de sus posibilidades. Lo hace con armamento. Su percepción era que la transformación de las viejas estructuras en España abriría una etapa semejante a la revolución mexicana y que apoyando a la República realzaba su imagen internacional.

Para el propio Lowry, es evidente que la humanidad entera agoniza (lo describe en sus cartas recopiladas en Detrás del Volcán): “en aquel entonces, en la batalla del Ebro, hoy en Europa, mientras nosotros no hacemos nada, sino hablar, mientras otros mueren.” Esa es la culpa de Hugh, que sirve de contrapeso a la del cónsul, cuya actitud condescendiente hacia su mediohermano es ahogada en alcohol, que no es más que la gasolina con la que riega el incendio de su perdición. El alcoholismo es seguramente uno de los fuertes del libro. Lowry lo conocía en carne propia y posiblemente se trate de la mejor novela sobre el tema. Sus excesos con la bebida se comparan con los del protagonista. Alcoholizado vivió la mayor parte de su vida. Alcoholizado escribió buena parte de la novela y la reescribió al incendiarse su cabaña canadiense en 1944. Alcoholizado encontró la muerte.

Hablando de incendios, antes de la erupción del Tajogaite, los vecinos de El Paso fueron víctimas de un incendio urbano forestal, que aunó las claves para convertirse en un incendio de verano devastador: la de los «Tres 30»: más de 30 grados de temperatura (superado con creces, se registraron hasta 40), 30 kilómetros por hora de velocidad del viento (hubo rachas de más de 80) y un escaso 30% de humedad relativa.  Personalmente, a veces resulta increíble haberse salvado de cuanto desastre natural nos haya pasado de cerca. Para mí la palabra “erupción” evoca recuerdos benignos: una legendaria banda de música disco que cantaba una pegajosa canción titulada “One way ticket”. «Eruption» es una composición de Eddie Van Halen, que puso de cabeza al mundo del rock, particularmente, el guitarrero. Las partituras que se escribieron tuvieron que inventar símbolos que no existían, de modo que, paradójicamente, ni el mismo compositor fue capaz de leerlas. «Eruption» es también un clásico del porno que circuló secretamente en forma de VHS por los patios del colegio (católico, para más morbo). Para mucha otra gente erupción es una palabra que les trae pesadillas, para otros es solo un espectáculo dantesco, que mereció la pena un viaje de aventura. Lo hizo un geólogo que está en nuestro grupo y viene por segunda vez, a seguir investigando. Reviso con discreción la libretita donde esta mañana anoté las ocurrencias que me provocó la palabra: “¿Cuántas cosas erupcionan más allá de los volcanes? ¿Acaso la Tierra no se comporta como un ser vivo, como un animal nocturno que, tras una borrachera feroz, debe echar el fuego de sus tripas por alguna de sus fauces? ¿El orgasmo no es acaso una forma de erupción de neurohormonas, oxitocina, prolactina y endorfinas?”

Una vez abierta la posibilidad de viajar a la isla, tras la erupción del octubre pasado, el previo incendio y el confinamiento, hicimos las maletas. El tan ansiado momento por fin se acerca. Bajamos del autobús y nos aproximamos andando a la pista de ceniza que nos conducirá al cráter. Estamos en la cumbre del Tajogaite. El cráter en realidad se formó con la erupción, en la ladera oeste de la montaña, fue el camino más corto que encontró el caudal de lava para brotar a la superficie. El sendero lleva cinco días abierto a los visitantes. Nos encontramos en su quinto día de prueba como ruta turística. Debemos dar ejemplo y respetar las normas, nos recuerda el guía, a ver si permanece abierto y otros después de nosotros pueden venir y ellos tener un sustento. Se quejan de que las autoridades se lo pongan difícil. Suelen cambiarles las reglas del juego, de lo que está permitido y de lo que no. Necesitan trabajar. Son malas épocas para el turismo pero mira por dónde el volcán podría reanimarlo. Esperan que la desgracia traiga algo positivo. Nos piden que no salgamos de la pista, que tampoco nos llevemos nada. Los árboles raquíticos que nos rodean fueron bombardeados por ochenta y cinco días de fuego. El suelo que pisamos es pura ceniza. El guía nos informa que el Cumbre Vieja se encuentra al final del sendero, debajo de nosotros. De pronto divisamos el mar y los municipios afectados: los Llanos de Aridane (Las Martelas) y Tazacorte (Marina Alta, Marina Baja, La condesa y Cuesta Zapata). Y finalmente el volcán, a nuestros pies, y un ancho río de pedruscos negros que desemboca en el mar: la lava.

Estamos “sobre el volcán”, jamás pensé que le daría la vuelta al título de aquella novela, que a uno lo marca como pocas.

Ernesto Escobar Ulloa

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