
Presentamos en la Revista Trasdemar el ensayo de nuestra colaboradora Nieves Rodríguez Méndez, a quien damos la bienvenida a nuestra Revista. Es historiadora del arte, profesora y escritora. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Laguna y maestra en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde se especializó en arte moderno, un ámbito que ejerce como profesora universitaria. Es autora de más de una treintena de artículos académicos especializados y de cinco libros, entre los que destacan Tina Modotti (La Fábrica, 2022) o Tina Modotti. L’Opera (Dario Cimorelli, 2024). Su última investigación resultó finalista del Premio Internacional de Ensayo Verbum, España, en 2024. Incluimos el ensayo en nuestra sección “Macaronesia” de literatura contemporánea de las islas
la imagen de Canarias ha permanecido constante desde los mitos griegos hasta el siglo XX en donde la noción de las islas como un paraíso continuó casi sin alteraciones, hasta el entresiglo, momento en que tal ideal comenzó a deteriorarse debido a la transformación radical de los paisajes con la explotación excesiva del territorio y la construcción masiva de complejos hoteleros
NIEVES RODRÍGUEZ MÉNDEZ
¿Quién es capaz de recordar aquellos eslóganes publicitarios que presentaban a las Islas Canarias como el paraíso de la eterna primavera? Con total seguridad aquellos que vinimos al mundo durante la época de la transición ya que, prácticamente, desde la Antigüedad hasta la publicidad moderna, a Canarias se la ha representado con un patrón de fácil identificación: el de un paraíso de sol eterno, de naturaleza exuberante y de gente amable. Este imaginario simbólico fue configurado a través de los siglos sobre la misma narrativa: la construcción comparativa del territorio insular como un refugio idealizado, un confín paradisíaco sobre el que descansar, perdido en la inmensidad del océano.
Distintas campañas gráficas redundaron sobre esta idea, sobre todo a partir de la década de los sesenta, cuando el gobierno de la dictadura franquista lanzó el llamado Plan de Estabilización desde el que se impulsaron campañas coordinadas por la Dirección General de Turismo (DGT) o empresas públicas afines al régimen, con el fin de mejorar la imagen internacional del país. Dichas campañas recuperaron aquella visión idealizada, transmitida y reinterpretada por la tradición europea a lo largo de los siglos configurando así un imaginario simbólico específico que asociaba al archipiélago con el mismo paraíso remoto de antaño y consolidando un rasgo identitario que ha perdurado más allá de los discursos geográficos vagos que lo originaron.
Uno de los proyectos publicitarios que más impacto tuvo en la audiencia internacional fue la de “España-Invierno en las Islas Canarias” que, producida en 1962 por la DGT, mostraba una escena soleada de playa que encajaba con el discurso oficial: un territorio apolítico que se ofrecía de modo atractivo a los europeos y que era compatible con el aislamiento cultural del sistema. Esta estrategia permitió al gobierno capitalizar esa visión mítica e idílica de las islas, convirtiéndola en un recurso propagandístico y económico a la vez. En este sentido cabría citar también la campaña publicitaria hecha por Iberia en 1960 y en el que, bajo el lema “The Fortunate Isles Where Everlasting Spring Sparkles Amid Atlantic Foam” (Las Islas Afortunadas, donde la primavera eterna brilla entre la espuma atlántica) presentaba un paisaje de costa insular donde, una mujer canaria ataviada con la vestimenta tradicional, a la sombra de palmeras y plataneras, cargaba una cesta de flores y frutos exóticos preparados para ser ofrecidos a los visitantes que llegaban a bordo del avión que atravesaba el celaje. Ese poster se convirtió en uno de los mejores reclamos publicitarios para miles de europeos que, desde finales de la década de los sesenta, encontraron en Canarias el lugar ideal para escapar del frío. Con el auge del turismo de masas, en mucho favorecido por el desarrollo de zonas hoteleras y la promoción dada al territorio insular desde el cine (convirtiéndose en escenario de películas como One Million Years B.C. en 1967 con Raquel Welch) y del NODO (Noticiarios y Documentales), es que se afianzó la imagen del archipiélago como destino turístico internacional.
Sin embargo, todo este relato no fue una invención del gobierno franquista, sino que, de modo consciente, se trazó una estrategia publicitaria donde se reutilizó la imagen que había acompañado a las islas durante más de dos milenios, reactivándola y aptándola a una nueva necesidad a la que había despertado la nueva sociedad capitalista: el consumo y el ocio. Esta imagen había sido esbozada por vez primera en la Grecia arcaica, cuando las Islas Canarias fueron imaginadas como un paraíso en el extremo occidente del continente europeo, un hogar de descanso para los héroes a los que cantaron poesías heroicas, así como el hogar de las ninfas Hespérides, hijas de la Noche, que custodiaban “las bellas manzanas de oro”[1] que conferían inmortalidad a todo aquel que las probase. Los relatos antiguos mantuvieron el carácter mítico de aquel territorio incierto cuyo emplazamiento, inaccesible para los mortales comunes, quedaba relegado a la épica heroica de Homero y a la cosmogonía de Hesíodo, los primeros en hacer referencia al lugar. En sus textos, La Odisea (ca. siglo VIII a.C.) y Teogonía (siglo VIII a.C.), aquel territorio afortunado comenzó a conformarse estereotípicamente en una región de abundancia y fortuna, a merced del flujo oceánico y de los vientos alisios donde se gozaba de un clima mesurado en el que no existían ni las tormentas ni la nieve. Un lugar poco explorado, marcado como insular por el mismo Hesíodo en su tratado Trabajos y Días (750 a.C.) pero imaginado que, incluso, se llegó a relacionar con el mito platónico de la Atlántida, una gran isla más allá de las columnas de Hércules (actual estrecho de Gibraltar) de gran abundancia. Estos relatos asentaron las bases sobre las que se configuró el mito poético de las Islas Bienaventuradas en las obras de Píndaro y Apolodoro que centraron sus referencias al carácter mítico de la región, sobre todo en la obra del segundo, Biblioteca (siglo II a.C.,) en el que se relataba el trabajo de Hércules por obtener las manzanas custodiadas por las ninfas Hespérides.
“Estas manzanas no estaban en Libia como han dicho algunos, sino en el Atlas, entre los Hiperbóreos. Gea se las había regalado a Zeus cuando se desposó con Hera. Las guardaba un dragón inmortal, hijo de Tifón y Equidna, que tenía cien cabezas y emitía muchas y diversas voces. Con él vigilaban también las Hespérides, Egle, Eritía, Hesperia y Aretusa”[2].
Con el tiempo, distintos geógrafos y exploradores como Diodoro Sículo o Juba II las vincularon a unas islas reales encontradas a su paso por el Atlántico durante sus expediciones, apareciendo en la cartografía de la época. En el caso de Diodoro, a pesar de la omisión denominativa del conjunto insular en su Bibliotheca Historica (ca. 36 a.C.) sí que describe, de nuevo y siguiendo la exactitud platónica, una isla situada en el Atlántico, más allá de las Columnas de Hércules, que estaba asociada con el jardín de las Hespérides y, por consiguiente, al mito de las Islas Afortunadas. Asimismo, Juba II, como rey de Mauritania al servicio del Imperio Romano, patrocinó distintas expediciones a mediados del siglo I d.C. Los navegantes mauritanos de la Corte acometieron la tarea adentrándose en el Atlántico para reconocer las costas y conjuntos insulares cercanos, cuya descripción era reportada a Juba y resguardada como parte de sus tratados geográficos que gozaron de gran popularidad en el Imperio donde fueron traducidos al latín y citados por autores como Plinio el Viejo en su libro Naturalis Historia (77 d.C.) donde, por primera vez, se describiría un conjunto de islas fértiles y de clima benigno: siete islas atlánticas, con nombres como Nivaria, Canaria y Junonia.
“Juba dice que, frente a las islas Purpurarías [Islas de Mogador, frente a Marruecos], están las llamadas Islas Afortunadas. La primera de ellas se llama Ombrios, cubierta de nubes y lluvias frecuentes, y tiene bosques de árboles sin frutos. La segunda, Junonia, con un pequeño templo; cerca hay otra más pequeña, Junonia Segunda. Luego está Capraria, así llamada por la abundancia de cabras salvajes. Más allá está Ninguaria, llamada así por sus nieblas y nieve perpetua; y finalmente Canaria, que recibió ese nombre por la multitud de perros grandes (dos de los cuales fueron llevados a Juba). En ella hay huellas de construcciones humanas. Todas estas islas abundan en frutos y aves de toda clase; pero la isla Canaria sufre por los restos de monstruos marinos que el mar arroja constantemente”.[3]
Esta hipótesis geográfica de asociación de territorios cobró sentido con la exploración real del territorio insular y supuso un marco de referencia para geógrafos como Claudio Ptolomeo quien las incorporó a su Geographia (siglo II d.C.) como referencia fundamental para su sistema de coordenadas al fijarlas como el meridiano cero de su cartografía, punto de referencia de la geografía del mundo antiguo hasta 1884 que se cambió por Greenwich. Durante siglos, las traducciones a lenguas vernáculas del tratado geográfico de Ptolomeo internacionalizaron, de algún modo, el conocimiento sobre el conjunto insular. Su mención se convirtió en una constante no solo en copias manuscritas como la de Maximus Planudes (siglo XIII d.C.) o el Atlas Catalán (1375) donde las islas fueron ubicadas en el Atlántico e identificadas como Fortunatae Insulae (Islas Afortunadas) sino que igualmente alcanzó la cartografía árabe apareciendo en los portulanos trazados por Al-Idrisi quien las mencionó en su Tabula Rogeriana (s. XII), por Ibn Saʿīd al-Maghribī (1286) o por al-Himyari en su Kitāb al-Rawḍ al-miʿṭār (s. XIV), haciendo todos la misma descripción de aquel archipiélago situado más allá del Magreb.
A partir de entonces y, tras las expediciones normandas y castellanas que desembocaron en un cruento proceso de colonización y conquista hasta 1494 en el que el archipiélago se asumiría como parte de la Corona de Castilla, las referencias se concretaron en un territorio tangible, real, que comenzaría a ser descrito de modo pormenorizado en crónicas como la de Jean de Béthencourt, recogida en Le Canarien (1402). El descubrimiento no solo de una nueva región atlántica sino de los distintos pueblos aborígenes que poblaban las islas, causó un gran interés en distintos exploradores que dejaron descripciones específicas de su geografía, sus recursos o su población. Textos como la Descripción e Historia del Reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones de Leonardo Torriani (1590) o la Historia de la conquista de las siete islas de Canaria de Abreu Galindo (ca. 1632), supusieron no solo el primer contacto con aquellos pueblos sino también la preservación de su memoria oral, dejando testimonios tan valiosos como la endecha “Aicá Maraga”, aquellos cantos lastimosos de las mujeres sobre el desarraigo, recogidos en lengua guanche por Torriani.
Endecha canaria
Aicá maragá, aititú aguahae
Maicá guere, demacihani
Neigá haruuiti alemalai.
Endecha del Hierro
Mimerahaná zinu zinuhá
Ahemen aten haran hua
Ztt Agarfü fenere nuzá.
Aicá significa sed; maragá, bien venido; aititú, mataron; aguahae, nostra madre; Maicá, esta gente; guere, forastera; demachani, pero ya que estamos juntos; Neigá, hermano; haruuiti, quiero casarme; alemalai, pues estamos perdidos. Mimerahaná, que lleven aquí; zinu zinuhá, que traigan aquí; Ahemen, que importa; aten, leche; haran, agua; hua, y pan; zu, si; Agarfú, nombre de hombre, que dicen Agarfa; fenere, no quiere; nuzá, mirarme.[4]
Las Islas Canarias tampoco pasaron desapercibidas por los viajeros ilustrados como Alexander Von Humboldt u Olivia Stone, autores que pasaron por la región y escribieron obras tan emblemáticas como Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (1807-1834) y Teneriffe and Its Six Satellites (1887) respectivamente. Obras que alimentaron el imaginario simbólico de un territorio que se había popularizado para entonces por toda Europa gracias a la danza zapateada (“El Canario”) referida por autores como Lope de Vega, Miguel de Cervantes o William Shakespeare y que significó un punto de vital relevancia para el desarrollo de ritmos tan paradigmáticos como el punto cubano, el jarabe mexicano o el flamenco.
Sin duda, la imagen de Canarias ha permanecido constante desde los mitos griegos hasta el siglo XX en donde la noción de las islas como un paraíso continuó casi sin alteraciones, hasta el entresiglo, momento en que tal ideal comenzó a deteriorarse debido a la transformación radical de los paisajes con la explotación excesiva del territorio y la construcción masiva de complejos hoteleros que ha hecho que las Islas se encuentren actualmente luchando por preservar su identidad frente a las dinámicas globales.
[1] Hesíodo, Teogonía, Madrid, Editorial Gredos, versos 216-217.
[2] Apolodoro, Biblioteca, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p. 115.
[3] Plinio el Viejo, Historia Natural, Madrid, Editorial Gredos, 2003. Libro VI, cap. 37.
[4] Leonardo Torriani, Descripción e Historia del Reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones, Santa Cruz de Tenerife, Goya Ediciones, 1959, p. 203.



