{"id":934,"date":"2020-09-23T21:49:48","date_gmt":"2020-09-23T21:49:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/?p=934"},"modified":"2020-09-23T21:49:51","modified_gmt":"2020-09-23T21:49:51","slug":"sergio-barreto-la-semilla-de-los-suenos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/sergio-barreto-la-semilla-de-los-suenos\/","title":{"rendered":"Sergio Barreto &#8220;La semilla de los sue\u00f1os&#8221;"},"content":{"rendered":"\n<figure class=\"wp-block-image size-large is-style-default\"><img loading=\"lazy\" width=\"900\" height=\"600\" src=\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2020\/09\/Sergio-Barreto-TRASDEMAR.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-935\" srcset=\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2020\/09\/Sergio-Barreto-TRASDEMAR.jpg 900w, https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2020\/09\/Sergio-Barreto-TRASDEMAR-300x200.jpg 300w, https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2020\/09\/Sergio-Barreto-TRASDEMAR-768x512.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 900px) 100vw, 900px\" \/><figcaption><strong>Sergio Barreto (1984)<\/strong><\/figcaption><\/figure>\n\n\n\n<p class=\"has-large-font-size\">Presentamos en la revista Trasdemar un cuento del autor Sergio Barreto (Tenerife,1984) poeta y escritor, ganador del Premio de Novela Benito P\u00e9rez Armas por su libro Vs. en 2015<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-pullquote is-style-solid-color\"><blockquote><p>De pronto, los apuntes en el cuaderno en los que hab\u00eda coloreado el espectro visible que escapaba de los prismas, los variopintos frasquitos de la despensa con sudor de hipop\u00f3tamo, la botella con savia de drago, su propia sangre, mostraban un matiz desva\u00eddo.<\/p><cite><strong>SERGIO BARRETO<\/strong><\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Crist\u00f3bal, todas las noches, sue\u00f1a con hogueras, incendios, cosas que arden sin m\u00e1s. Sulamita, todas las noches, sue\u00f1a con lluvias torrenciales, lagos, tormentas. Crist\u00f3bal se acuesta temprano y, una vez superada la barrera del v\u00e9rtigo, ve surgir el fuego. Sulamita se acuesta muy tarde y, a la media hora de silencio, llueve a c\u00e1ntaros. Para ninguno es agradable. Los dos sudan y sienten el pecho temblar mientras en un rinc\u00f3n remoto de sus mentes las llamas y las aguas adquieren dimensiones cicl\u00f3peas: catedrales emitiendo calor y luz naranja, maremotos de cientos de metros de altura, hect\u00e1reas y m\u00e1s hect\u00e1reas de arboledas que vomitan humo negro, diluvios, volcanes, g\u00e9iseres. Crist\u00f3bal sue\u00f1a con frecuencia que despierta y, alertado por un ruido crujiente y amenazante, sube hasta la azotea; el pueblo, la regi\u00f3n, la isla y el mar arden como Troya. Sulamita sue\u00f1a con frecuencia que despierta y, alertada por un ruido crujiente y amenazante, sale al balc\u00f3n; torbellinos de espuma y monta\u00f1as de agua se acercan desde el oeste. Luego las taquicardias, el dolor agudo en las sienes y un fogonazo rojo cereza que, en ambos, es id\u00e9ntico, les obligan a abrir los ojos. Sulamita los tiene verdes como el musgo y Crist\u00f3bal negros como la obsidiana, aunque los dos ven el mismo color, exactamente el mismo, antes de incorporarse. Al amanecer, cuando los gorriones se pelean buscando gusanos, cada cual se levanta de su cama. Sulamita abre el ventanal y observa el jardincillo y siente paz al comprobar que las flores y las casitas para aves contin\u00faan intactas. Crist\u00f3bal respira fuerte la brisa de los huertos y comienza su rutina, su mon\u00f3tona e infeliz rutina. Los dos se sienten solos. Sus camas son peque\u00f1as. Aunque comparten el mismo tiempo, la misma \u00e9poca; miles de kil\u00f3metros, innumerables lenguas y varios continentes los separan. Ninguno sabe de la existencia del otro. Jam\u00e1s imaginar\u00edan que ese fogonazo rojo cereza, que los rescata de la angustia nocturna, los unir\u00e1 para siempre.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Crist\u00f3bal vive en San Borond\u00f3n, en la franja subtropical del Gran Oc\u00e9ano donde las nubes cargadas de agua ba\u00f1an bosques ancestrales. En San Borond\u00f3n ya casi no queda gente, por lo que los pueblos y las peque\u00f1as ciudades se encuentran abandonados. Al este del cementerio de avionetas que ocupa el centro de la isla, despu\u00e9s de atravesar los malpa\u00edses de Pedro Oscuro, un camino de tierra conduce a una casa peque\u00f1a, hecha de madera milenaria. Crist\u00f3bal no conoci\u00f3 a su padre y lo \u00fanico que sabe de su madre es que se fue cuando \u00e9l contaba con seis a\u00f1os. Desconoce a d\u00f3nde, pero una t\u00eda suya que ya muri\u00f3 le dijo que su madre parti\u00f3 por amor en un barco cargado de flores. Lo que la t\u00eda de Crist\u00f3bal nunca le cont\u00f3 es que a los dos d\u00edas el barco naufrag\u00f3 y las flores y los cuerpos fueron devorados por el agua. Todav\u00eda hoy el joven sube a la azotea de su casa y observa el horizonte a la espera de que aparezca el Nataraja, el mercante en el que parti\u00f3 Hortensia Rododendro. La vida de este joven, que no llega a las dos d\u00e9cadas, es sencilla y mon\u00f3tona. Cuando escapa de los malos sue\u00f1os, cuando el fogonazo rojo cereza lo despierta, \u00e9l comienza una rutina solitaria que consiste en cubrir sus necesidades b\u00e1sicas. La isla es f\u00e9rtil y los huertos le procuran la comida que necesita. Siempre se ha dicho que con arrojar un pu\u00f1ado de semillas es suficiente para que en menos de un a\u00f1o la tierra entregue descomunales hortalizas. Crist\u00f3bal, en el patio de atr\u00e1s de su casa, posee un gallinero y una conejera, por lo que comida no le falta. Agua tampoco, ya que las nubes cargadas de oc\u00e9ano, gracias a un sencillo sistema de canalizaci\u00f3n, vierten su l\u00edquido en un aljibe que su padre construy\u00f3 antes de desaparecer. Lo que s\u00ed le falta a este joven de pelo casi blanco, ojos negros, nariz ganchuda, cuerpo robusto y ropa de agricultor es compa\u00f1\u00eda. Con frecuencia el deseo nubla su rutina, le empuja a pasar horas en la azotea, con los pantalones por las rodillas o buscando en el paisaje algo con lo que sentir placer: las formas femeninas de los \u00e1rboles, el color de las papayas en primavera, una sand\u00eda, hacen que Crist\u00f3bal sea presa de un deseo incontrolable. Luego se siente desdichado, bebe el vino que destila en el s\u00f3tano y canta barbaridades desde el atardecer hasta que es presa de los sue\u00f1os de fuego y destrucci\u00f3n. En San Borond\u00f3n ya no quedan mujeres a las que amar ni hombres con los que emborracharse, s\u00f3lo queda un pu\u00f1ado de ancianos que se negaron a dejar sus hogares y \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">En el otro extremo del mundo conocido, en la superpoblada isla de Oka, vive Sulamita, fabricante de colores. La isla de Oka est\u00e1 repleta de callejuelas estrechas, fachadas de madera gris y miles de tejados de arcilla. Las calles son de piedra y, salvo diminutos jardines como el que posee, casi no quedan lugares en los que cultivar, por lo que en los tres muelles que forman un anillo alrededor de Oka siempre hay barcazas con productos de tierras lejanas, veleros enormes cargados de especias y traficantes en chalupa que venden todo tipo de remedios. Sulamita, hoy, despu\u00e9s de que el fogonazo rojo cereza se interpusiera igual que un tel\u00f3n a un sue\u00f1o en el que Oka era arrasada por un maremoto, espera en una silla a que llegue el hombre del camello, un \u00e1rabe bigotudo que recorre el planeta comprando y vendiendo mercanc\u00edas, desde minerales y semillas, que ella usa para extraer pigmentos, hasta muebles y animales. Est\u00e1 en una habitaci\u00f3n enlucida con cal, junto a una mesa en la que hay cientos de frasquitos y morteros. Hace mal tiempo. El agua baja por las estrechas callejuelas. Los adoquines son trampas mortales para los que caminan sin sandalias. Sabe que a los camellos no les gusta la lluvia, por lo que deduce que el \u00e1rabe bigotudo, cuyo velero atrac\u00f3 hace dos horas en el muelle norte, se demorar\u00e1. No hay quien estimule a un camello para que se levante y emprenda marcha cuando el cielo descarga. Eso lo sabe Sulamita porque, cuando el \u00e1rabe bigotudo le entrega los minerales y las semillas, ambos beben t\u00e9 en la cocina y charlan durante horas como si fueran grandes amigos. Se ven cuatro veces al a\u00f1o y, al menos dos, hacen el amor. Luego Sulamita, con su pelo negro sobre el pecho tatuado de su amante, le pregunta por los colores de la India, por las flores de oriente, por los lagos rosa que hay en el desierto del que es oriundo el \u00e1rabe bigotudo. \u00c9l responde con pasi\u00f3n y, como buen comerciante, la seduce para que le encargue las semillas m\u00e1s ex\u00f3ticas y las piedras m\u00e1s raras, aquellas de las que extraer los ins\u00f3litos polvos crom\u00e1ticos que Sulamita elabora seg\u00fan t\u00e9cnicas milenarias, transmitidas generaci\u00f3n tras generaci\u00f3n. En un peque\u00f1o cuaderno de pergamino forrado con piel de cerdo negro, la mujer apunta, en lengua materna, no en el idioma universal de los comerciantes, todo tipo de detalles sobre la historia, los compuestos y la magia de los colores. Hoy, una vez pasado el mediod\u00eda, cuando es suave la lluvia, el \u00e1rabe bigotudo y su camello Lucifer aparecen al final de la callejuela. Las pezu\u00f1as del animal chocan en los adoquines y el hombre insulta a Al\u00e1 acaloradamente, como si la realidad le molestara en el alma. Los ni\u00f1os salen a los balcones apilados y crujientes y se\u00f1alan al camello que hincha el buche y deja en el aire lamentos del desierto. Luego bajan en tropel. Sulamita, en su silla de madera, finaliza una nota sobre el color azul ultramar, deja la pluma de fais\u00e1n a un lado y se alegra de o\u00edr la algarab\u00eda que despierta el vendedor. Cuando hombre y camello llegan a la puerta, un grupo de ni\u00f1os con los codos pelados y los dientes torcidos aplaude. Un moreno de siete a\u00f1os le tira del rabo al animal y \u00e9ste responde con una coz que lo lanza contra un puesto de mojamas en el que una mujer ciega canta: Si no estuvieran hambrientos nadie los escuchar\u00eda, si no estuvieran sedientos nadie los saciar\u00eda\u2026 Sulamita abre la puerta antes de que \u00e9l desmonte a Lucifer. Luego le invita a pasar al patio donde crecen camelias y mimosas. El camello se echa junto a la puerta y los ni\u00f1os lo rodean para retarse entre ellos a ver qui\u00e9n tiene el valor de tocarle el rabo. Sulamita r\u00ede por primera vez en tres meses. Las palabras del \u00e1rabe bigotudo la alegran.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Tiempo atr\u00e1s organizaban reuniones para jugar al domin\u00f3, pero la soledad devora el seso a cualquiera y acaba por engendrar ideas delirantes, man\u00edas peligrosas, paranoias fatales. Cuando el sol hac\u00eda del cielo una densidad anaranjada, los pocos de San Borond\u00f3n sal\u00edan de sus casas murientes y se echaban a andar hasta una taberna para pasar la noche antes de las tres de la madrugada, pues a esa hora es mejor estar en casa, ya que es conocido que brujas y demonios salen y en los caminos hacen de las suyas a los borrachos rezagados. Ya nadie quiere ver a nadie. Reunirse a beber trae problemas, por lo que, cuando el sol ti\u00f1e de naranja los celajes, cada cual sube a su azotea, a un \u00e1rbol o a una torre y asiste, con el litro de vino, al final de otra jornada durante la que no han sonado las trompetas del Apocalipsis. Crist\u00f3bal contempla ese instante preciso en el que el sol toca el horizonte y comienza su ocultaci\u00f3n. Luego antepone la botella entre \u00e9l y el horizonte y ve c\u00f3mo el punto rojo se extingue dentro del l\u00edquido. Hace fr\u00edo. Si hiciera algo m\u00e1s de calor se bajar\u00eda los pantalones y aprovechar\u00eda para tocarse, pero hoy no vale la pena. Desciende las escaleras y va hasta el dormitorio. En el suelo hay huesos de liebre y gallina, botellas, manchas. Busca una arpillera, le hace un hueco para la cabeza y los brazos y vuelve a la azotea. En una torre que, a\u00f1os atr\u00e1s, sirvi\u00f3 de faro, un viejo con una barba muy larga canturrea, enloquecido: Si no estuvieran hambrientos nadie los escuchar\u00eda, si no estuvieran sedientos nadie los saciar\u00eda\u2026 Las estrellas parecen ojos. Con esa imagen, el joven da por finalizado el d\u00eda. Desciende la espiral de hierro colado, come dos muslitos de liebre y echa un vistazo a la colecci\u00f3n de semillas que recoge por los alrededores de su casa. En el s\u00f3tano, junto a los alambiques, hay tres sacos. Eso es suficiente para efectuar un buen trueque con el \u00e1rabe bigotudo que lo visita cuatro veces al a\u00f1o y que se dedica, entre otras muchas tareas de contrabando, a recorrer la esfera en busca de semillas. En su peque\u00f1a cama imagina que el \u00e1rabe bigotudo le entrega una esclava egipcia a cambio de tres sacos. Luego llora porque eso no le valdr\u00eda para calmar su soledad. Todo lo contrario. Se transformar\u00eda en una bestia como Marcelino Casquero, que hace a\u00f1os troc\u00f3 un camello por una esclava del norte, la dej\u00f3 morir y ahora anda violando gallinas a mansalva, desnudo en lo alto de un alcornoque. Crist\u00f3bal, triste, se duerme a la espera del fuego on\u00edrico.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Sulamita tiembla de risa. El \u00e1rabe bigotudo bebe t\u00e9, eructa y cuenta an\u00e9cdotas. En la callejuela, los ni\u00f1os y el camello. Hay risas, llantos, retos salvajes y alguien que dice: \u00a1Vamos a tocarle los cojones! El cielo es azul tormentoso y en la salita de estar, junto a la destiladera cubierta de berros, Sulamita y el \u00e1rabe bigotudo, sentados en el suelo, se miran a los ojos. El agua guisada huele a menta y jengibre. \u00bfQu\u00e9 me traes esta vez?, dice Sulamita. Oh, esta vez te traigo el rojo m\u00e1s puro que jam\u00e1s se ha visto en estas lindes. Sulamita sinti\u00f3 algo en el coraz\u00f3n. El humo del t\u00e9 escap\u00f3 por la nariz del \u00e1rabe bigotudo, que se inclin\u00f3 hacia la alforja y sac\u00f3 un talego repleto de semillas negras. Los ojos verde musgo de Sulamita brillaron como esmeraldas. \u00bfDe d\u00f3nde son? De una isla fantasmal. La isla est\u00e1 en el Gran Oc\u00e9ano, a tres meses de velero hacia el sur, m\u00e1s all\u00e1 del estrecho de Gibraltar. Los de all\u00ed no saben que estas semillas son m\u00e1s caras que el oro. Fascinante, dice Sulamita, que imagin\u00f3 una isla cubierta, en su totalidad, de flores rojas. No obstante, ella conoce perfectamente los colores y pronto consider\u00f3 una osad\u00eda aquella afirmaci\u00f3n tan grandilocuente por parte de \u00e9l, as\u00ed que dijo: \u00bfPero c\u00f3mo puedes decir que ese rojo que me traes, aqu\u00ed no existe? \u00bfQu\u00e9 sabes t\u00fa de los colores? Oh, amiga, yo s\u00e9 muchas cosas que no est\u00e1n aqu\u00ed (se\u00f1al\u00f3 su cabeza) sino aqu\u00ed (se\u00f1al\u00f3 el estern\u00f3n desnudo de Sulamita). Y s\u00e9 que t\u00fa no has visto ese color. \u00a1Puedo verlo en tus ojos! Sulamita acept\u00f3 la pasi\u00f3n del \u00e1rabe bigotudo y, con cari\u00f1o, le dijo: Est\u00e1s loco. S\u00ed. Los dos rieron. El camello ya hab\u00eda empujado a siete ni\u00f1os cuando el \u00e1rabe acerc\u00f3 el talego de vejiga y derram\u00f3 una semilla en la palma izquierda de Sulamita. V\u00e9rtigo. El poder del fogonazo rojo cereza invadi\u00f3 a la mujer en plena vigilia. Nunca lo hab\u00eda experimentado de esa forma tan n\u00edtida. Un choque que invadi\u00f3 o\u00eddos, piel, nariz, boca y visi\u00f3n, un choque rojo y profundo como sumergirse de lleno en agua fr\u00eda y cristalina. El \u00e1rabe bigotudo se limit\u00f3 a decir: Lo puedes sentir, \u00bfverdad? S\u00ed, dijo ella. De pronto, los apuntes en el cuaderno en los que hab\u00eda coloreado el espectro visible que escapaba de los prismas, los variopintos frasquitos de la despensa con sudor de hipop\u00f3tamo, la botella con savia de drago, su propia sangre, mostraban un matiz desva\u00eddo.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Hoy la pesadilla no se presenta como otras veces. Normalmente comienza cuando abre los ojos y, en medio de la noche, percibe el olor de un incendio. Entonces baja de la cama, corre hasta la puerta y, al abrirla, ah\u00ed est\u00e1, el paisaje humeante, el drag\u00f3n de fuego, los ciclones amarillos que se acercan. Luego el p\u00e1nico. A veces, impelido por esa l\u00f3gica de los sue\u00f1os en la que todas las puertas y ventanas est\u00e1n selladas a cal y canto, se ve obligado a ascender la escalera, salir a la azotea y comprobar qu\u00e9 es lo que pasa. Ha so\u00f1ado con millones de p\u00e1jaros de flam\u00edgeros que cruzan el cielo como estrellas fugaces, con gigantes blancos, del tama\u00f1o de araucarias, que escupen lava mientras desde el mar suben por los bancales bald\u00edos. Varias veces ha despertado en un sue\u00f1o en el que las crepitaciones, el calor y la angustia corresponden a la aparatosa cat\u00e1strofe de una regi\u00f3n que es pasto de las llamas, pero al subir a la azotea o salir al porche, no hab\u00eda nada m\u00e1s que oscuridad, una oscuridad profunda, devoradora y tan calurosa como una caldera. Hoy la pesadilla es diferente. La casa flota en el oc\u00e9ano, balance\u00e1ndose. Muebles, enseres y herramientas son presa del vaiv\u00e9n. La mecedora que utilizaba su t\u00eda se mueve de un lado a otro del dormitorio. Los vasos que hay en la encimera de la cocina ruedan; dos se rompen en el suelo. La casa se escora, gira, recibe en los muros el impacto del oleaje. Esto no es un sue\u00f1o, dice Crist\u00f3bal, que se abre paso a trav\u00e9s del pasillo mientras apoya las manos en las paredes. Cuando llega a la ventana de la sala de estar abre las cortinas y ve el oc\u00e9ano embravecido y, al fondo, un faro que proyecta luz roja y el contorno abrupto de una costa. La casa se dirige a un acantilado. Esto no es un sue\u00f1o, esto no es un sue\u00f1o, esto no es un sue\u00f1o. El est\u00f3mago, retorcido, se contrae. La cabeza pita. Respira con fuerza. Las olas chocan en la pared de basalto. Crist\u00f3bal comprueba que la altura del acantilado es apabullante. No hay tiempo para pensar, ahora resulta imposible discernir por qu\u00e9 su casa se ha desgajado de la isla de San Borond\u00f3n. El porche est\u00e1 a punto de romperse en las piedras como la proa de un barco sin gobierno. Todo se da la vuelta. El agua quiebra los cristales. El hogar se parte en dos. El pasillo se inclina y Crist\u00f3bal rueda hasta el dormitorio. \u00a1Las semillas!, grita. Pero sabe que las ha perdido. \u00a1Las semillas!, se lamenta, aunque durante un instante, ya que los chorros de agua y espuma le dan de lleno en el rostro, y el tiempo para lamentarse es sustituido por la necesidad de sobrevivir. Los objetos se mueven en remolino. Un giro muy brusco hace que su cabeza choque en la mecedora. Cuando se da cuenta est\u00e1 bajo el agua. Una fuerza succionadora lo arranca del cuarto a trav\u00e9s de la ventana y un tel\u00f3n negro hace que Crist\u00f3bal no sepa si tiene los ojos cerrados o est\u00e1 muerto. Silencio. Luego el grito de una garganta en la que cabe un hurac\u00e1n y el zarandeo de cuatro animales que intentan desmembrarlo, al menos as\u00ed percibe Crist\u00f3bal los roces y los golpes de su cuerpo cuando el mar lo arroja hacia las rocas, donde, para su fortuna, un lecho de algas lo atrapa en su mara\u00f1a cobriza, impidiendo que el agua y el acantilado lo destrocen. El fogonazo rojo del faro barre la zona. Estoy vivo, susurra. Siente el tacto de las algas alrededor. La fuerza de la tempestad lo desplaz\u00f3 de la l\u00ednea de rompiente. Mueve los brazos, percibe un dolor agudo en la rodilla derecha, pero no necesita nadar. Los pies tocan piedra. Con dificultad libera un brazo y comienza a despojarse de las algas. El haz del faro vuelve sobre \u00e9l. Tiene que subir. No puede quedarse all\u00ed. El mar se est\u00e1 llenando y serpientes marinas asoman las cabezas desde los arrecifes, hambrientas.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Lo necesitaba, dice Sulamita. Las v\u00e9rtebras se marcan en su espalda. El \u00e1rabe bigotudo sostiene la humeante pipa. Est\u00e1n en el suelo de baldosas que imitan un mandala. Los dos bocarriba, escuchando llover de nuevo. Los ni\u00f1os y el camello se encuentran en silencio. El animal resignado ante el aguacero. Los ni\u00f1os, en el tejadillo, buscan huecos para espiar. Nos miran a trav\u00e9s de las goteras, dice el \u00e1rabe bigotudo. Sulamita se abre de piernas y frota el pubis. Se escucha una tos y varias exclamaciones. Al instante uno de los esp\u00edas pierde el equilibrio y cae al patio interior, sobre una pajarera vac\u00eda. Los ni\u00f1os de Oka son \u00e1giles y r\u00e1pidos como monos del Indost\u00e1n. \u00c9ste, nada m\u00e1s pisar tierra, se encarama a los troncos del n\u00edspero, sube la tapia y vuelve a la calle. En el tejadillo, risas y el sonido del agua. \u00bfQuieres?, dice el \u00e1rabe bigotudo. S\u00ed. Esto hace que salgan los colores del interior. El \u00e1rabe bigotudo, de costado, pasa la pipa. La mujer se medio incorpora y fuma. Las risas del tejadillo enmudecen. El humo escapa por la nariz. Sulamita accede a una nitidez y viveza que le eran desconocidas. Fuma m\u00e1s, dice el \u00e1rabe bigotudo. Ella asiente y vuelve a inhalar. Luego se tumba en forma de estrella, abandona la pipa y ve el rostro moreno, de nariz rota y barba \u00e1spera, encima. Maravilloso. Percibe el calor. La aproximaci\u00f3n. En la piel de ese hombre se encuentran todas las rutas comerciales del mundo. Oh, huele a Malasia, selva de Borneo, desierto de Namibia. Hueles al mundo, dice ella. El \u00e1rabe bigotudo baja hasta sus ingles. Ella ve una espiral de humo perfecta que parece una serpiente trasl\u00facida suspendida en el aire. Cierra los p\u00e1rpados y el fogonazo rojo de sus sue\u00f1os, el mismo que percibi\u00f3 hace un rato antes de comprar las semillas, retorna. Pierde la consciencia y al instante ve una escalera de caracol muy estrecha. Se encuentra en el punto m\u00e1s elevado de una construcci\u00f3n tubular. La escalera es de hierro. Tiene que bajar. Cuando llega a la altura de un ventanuco ve el cielo l\u00fagubre y el mar embravecido. El viento hace temblar el tubo. Los cristales de los ventanucos se estremecen. Los pelda\u00f1os crujen. Cuando la escalera muere y llega a la base del faro, una puerta. Golpean tres veces. Sulamita extiende una mano hacia el picaporte, gira y, antes de abrir completamente, aparece otra mano que presiona y anula su fuerza. El susto precipita una menstruaci\u00f3n. Se trata de un hombre joven. Est\u00e1 herido. Antes de caer y de que Sulamita amortig\u00fce el golpe, Crist\u00f3bal balbucea: esto no es un sue\u00f1o. Sulamita le presta ayuda mientras comprueba que el joven tiene algas en el pelo y en la ropa y piensa que debe de ser el superviviente de un naufragio. Mira hacia arriba y comprende que no puede subir la espiral de pelda\u00f1os con el herido. Ansiedad. La l\u00f3gica de los sue\u00f1os se impone. Entonces sufre un mareo y ve c\u00f3mo la espiral se estrecha y estrecha hasta que el c\u00edrculo all\u00e1 arriba, donde est\u00e1 la linterna, se convierte en un punto luminoso que atrapa todos sus sentidos. Sulamita parpadea y vuelve a su isla. Ve el rostro del \u00e1rabe bigotudo muy cerca. Se mueve de arriba a abajo mientras ella sangra. La angustia de despertar de un sue\u00f1o que estaba a punto de resolverse la bloquea. Sulamita le pide al \u00e1rabe bigotudo que pare, que se est\u00e1 agobiando. \u00c9l sonr\u00ede y le susurra que fumar conecta a los so\u00f1adores, pero a Sulamita esas palabras le resultan siniestras. Cuando mira a la boca de dientes negros y enc\u00edas ulceradas ve una voluta de humo escapar. La temperatura aumenta. El \u00e1rabe bigotudo se detiene, paralizado. Sulamita mira a su alrededor. Las paredes echan humo. Cuando toca los fornidos hombros con la intenci\u00f3n de quit\u00e1rselo de encima, palpa descamaciones y siente much\u00edsimo calor. Sulamita piensa en la corteza de un \u00e1rbol y ve que el rostro del \u00e1rabe bigotudo se vuelve recio, con vetas y nudos propios de la madera hasta que se incendia ferozmente al igual que la casa. La mujer se agita, pero un tronco de noventa kilos en llamas sobre su delgado y desnudo cuerpo la bloquea. No puede salvarse. Va a morir de la peor forma imaginable. Sus sue\u00f1os la prepararon para cat\u00e1strofes l\u00edquidas, pero el efecto del fuego es desconocido para su mente, que se consume en un calor de matices amarillos hasta transformarse en una sensaci\u00f3n de levedad luminosa y luego en un torbellino de oscuridad y violencia en el espacio. Entonces el \u00e1rabe bigotudo la despierta y le ofrece agua guisada con jengibre para que se reponga. Sulamita, temblorosa y p\u00e1lida, acepta hasta que llega la hora de partir para el \u00e1rabe bigotudo, que despu\u00e9s de calzarse le da un beso y susurra en la lengua universal de los comerciantes: Tengo que echar de comer a Lucifer. La mujer se queda en medio del mandala. Su cuerpo desnudo forma una cruz que los ni\u00f1os del tejado idolatran y desean.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\">Intercambiadas las pesadillas despu\u00e9s de haber cruzado el umbral rojo cereza a la vez, a partir de ese momento, Sulamita, todas las noches, so\u00f1ar\u00e1 con hogueras, erupciones, gigantes de magma, cosas que arden sin m\u00e1s\u2026 Crist\u00f3bal, todas las noches, so\u00f1ar\u00e1 con cordilleras de agua, naufragios, diluvios, ni\u00e1garas que se abren de pronto bajo sus pies. Al amanecer, cuando los gorriones se peleen buscando gusanos y las gaviotas insulten a los pescadores, cada cual se levantar\u00e1 de su cama. Sulamita abrir\u00e1 el ventanal, observar\u00e1 el jardincillo y los puertos al fondo y sentir\u00e1 paz al comprobar que las flores y las casitas para aves contin\u00faan en su jard\u00edn. Crist\u00f3bal respirar\u00e1 con hondura el aire especiado de los huertos en los que brota, sin dificultad, la semilla de los sue\u00f1os y comenzar\u00e1 su rutina, su mon\u00f3tona e infeliz rutina en la isla que s\u00f3lo los navegantes con dos aros pueden ver.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator is-style-wide\"\/>\n\n\n\n<p><strong>Sergio Barreto<\/strong> (Tenerife, 1984) Escritor. Ha publicado el poemario Los centinelas (Ed. Idea 2011). En 2011 present\u00f3 en la Librer\u00eda de Mujeres la novela Una gasa delante de mis ojos, de Elsa L\u00f3pez, leyendo la ponencia Elsa L\u00f3pez-Alfonsina Storni: el contexto asumido. En 2012 present\u00f3 en el Instituto de Estudios Canarios una lectura de Elsa L\u00f3pez mediante la ponencia Para una lectura de Elsa L\u00f3pez. En mayo de 2012 particip\u00f3, junto al poeta Iv\u00e1n Cabrera Cartaya, en el \u00abVI Festival Internacional Palabra en el mundo. La isla en peso\u00bb, en la Casa-museo Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s de Las Palmas de Gran Canaria. En 2013 particip\u00f3 en las lecturas dedicadas al D\u00eda de las Letras Canarias que promueve la Fundaci\u00f3n Mapfre Guanarteme, presentando, junto al poeta Iv\u00e1n Cabrera Cartaya, la colecci\u00f3n de poemas Sangre de eclipse (Fundaci\u00f3n Mapfre Guanarteme, 2013). En 2013 colabor\u00f3 con un relato para la antolog\u00eda de relatos m\u00e9xico-canaria Entre el ahuehuetl y el drago (Ed. Baile del Sol).<\/p>\n\n\n\n<p>Ha obtenido los premios Emeterio Guti\u00e9rrez Albelo (2012) por Libro del Observatorio, Benito P\u00e9rez Armas de Novela (2015) por Vs. (Ed. Salto de P\u00e1gina) y Las Justas Po\u00e9ticas de Laguna del Duero de Valladolid (2016) por el poema Roma no es bella. Entre 2013 y 2015 fue propietario del caf\u00e9 cultural Atelier des Fous, en San Crist\u00f3bal de La Laguna, donde se llevaron a cabo exposiciones de artistas emergentes, conferencias, lecturas po\u00e9ticas (Ernesto Su\u00e1rez, Francisco Le\u00f3n, Isabel Medina, \u00c1ngel Guinda, Samir Delgado, Ramiro Ros\u00f3n, Coriolano Gonz\u00e1lez, Miguel \u00c1ngel Galindo, Covadonga Garc\u00eda Fierro, Daniel Bernal, Cecilia Dom\u00ednguez, Balbina Rivero, Antonio Jim\u00e9nez Paz, Bruno Mesa, Mar\u00eda Jos\u00e9 Alem\u00e1n Bastarrica, etc) coloquios, talleres y performances.<\/p>\n\n\n\n<p><br>Entre 2013 y 2015 fue coordinador, junto al poeta Javier M\u00e9rida, del \u00c1rea de Literatura del Ateneo de La Laguna. En 2014 present\u00f3 en el Instituto de Estudios Canarios, junto a Carlos Eduardo Pinto y Andr\u00e9s S\u00e1nchez Robayna la obra po\u00e9tica de Manuel Gonz\u00e1lez Sosa, A pesar de los vientos (2013). En 2015 particip\u00f3 en el ciclo Entre Palabras, a cargo del escritor Daniel Mar\u00eda y organizado por la Direcci\u00f3n General de Cooperaci\u00f3n y Patrimonio Cultural. Entre 2015 y 2018 gestion\u00f3, junto a la poeta Mar\u00eda Jos\u00e9 Alem\u00e1n Bastarrica, la librer\u00eda de segunda mano La Sala de M\u00e1quinas en San Crist\u00f3bal de La Laguna.<br>Fue miembro del comit\u00e9 de redacci\u00f3n de la revista digital de arte y pensamiento Piedra y Cielo, columnista de La Opini\u00f3n de Tenerife (2016-2018) y ha rese\u00f1ado obras y exposiciones para la memoria anual (2017) de TEA (Tenerife Espacio de las Artes). Fue miembro del jurado, junto a Alberto Pizarro, Elica Ramos y Javier M\u00e9rida, del IX Premio de Poes\u00eda Emilio Alfaro Hardisson. Particip\u00f3 en el IV Congreso de Poes\u00eda Canaria en el Ateneo de La Laguna, en el IX Encuentro Bienal de Arte de Lanzarote dedicado a Agust\u00edn Espinosa, en la antolog\u00eda de poes\u00eda El pescador de letras (Fundaci\u00f3n Mapfre Guanarteme, 2019) y en el libro conjunto ARCA, ilustrado por el pintor Sema Castro (Ed. El Pampalino, 2019). En 2019 public\u00f3 el libro de poemas Libro del Observatorio 2011-2017 (Ed. La Palma). Fue invitado en 2019 a participar mediante una autolectura en el ciclo Mapas provisionales coordinado por el poeta Rafael Jos\u00e9 D\u00edaz para el Ateneo de La Laguna. Coordin\u00f3 para el Festival Internacional de Documentales MiradasDoc el bolet\u00edn diario El Mirador (2020). Colabor\u00f3 para la revista de poes\u00eda Nayagua, de la Fundaci\u00f3n Centro de Poes\u00eda Jos\u00e9 Hierro (2020), y particip\u00f3 en el Programa de Actividades Literarias en Centros P\u00fablicos de Ense\u00f1anza Secundaria Encuentros literarios y Por qu\u00e9 leer a los cl\u00e1sicos promovido por el Ministerio de Cultura espa\u00f1ol (2020).<\/p>\n\n\n\n<p><br>Poemas suyos han sido traducidos por el cr\u00edtico y traductor Javier Hern\u00e1ndez Fern\u00e1ndez para el Instituto de Estudios Azorianos. Fue invitado como autor de referencia en el Universo literario de La Laguna (2020) promovido por el Centro de la Cultura Popular Canaria y el Ayuntamiento de La Laguna. Ha escrito para la Biblioteca B\u00e1sica Canaria el pr\u00f3logo al libro de poemas de Elsa L\u00f3pez, El pa\u00eds de mi abanico, 2020. El gui\u00f3n Unbridel Horse derivado de su novela Vs. ha sido subvencionado por la Direcci\u00f3n General de Promoci\u00f3n Cultural del Gobierno de Canarias para el desarrollo de un largometraje, dirigido por el cineasta Iv\u00e1n L\u00f3pez, por parte de Insularia Producciones. Ha publicado el libro de relatos Las estribaciones occidentales de Cydonia, Franz Ediciones, 2020.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n ","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La obra po\u00e9tica, narrativa y ensay\u00edstica de Sergio Barreto es un referente del panorama actual en Canarias. El gui\u00f3n Unbridel Horse derivado de su novela Vs. ha sido subvencionado por la Direcci\u00f3n General de Promoci\u00f3n Cultural del Gobierno de Canarias para el desarrollo de un largometraje, dirigido por el cineasta Iv\u00e1n L\u00f3pez, por parte de Insularia Producciones. 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