{"id":7734,"date":"2025-07-04T18:24:35","date_gmt":"2025-07-04T18:24:35","guid":{"rendered":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/?p=7734"},"modified":"2025-07-11T15:10:39","modified_gmt":"2025-07-11T15:10:39","slug":"la-decision-por-jose-edgardo-cruz-figueroa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/la-decision-por-jose-edgardo-cruz-figueroa\/","title":{"rendered":"\u201cLa decisi\u00f3n\u201d Por Jos\u00e9 Edgardo Cruz Figueroa"},"content":{"rendered":"<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full\"><img loading=\"lazy\" width=\"768\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2025\/07\/Cruz-768x1024-1.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-7735\" srcset=\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2025\/07\/Cruz-768x1024-1.jpeg 768w, https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2025\/07\/Cruz-768x1024-1-225x300.jpeg 225w\" sizes=\"(max-width: 768px) 100vw, 768px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\" style=\"font-size:31px\">Desde la Revista Trasdemar presentamos la nueva colaboraci\u00f3n del autor Jos\u00e9 Edgardo Cruz Figueroa (Puerto Rico), con el relato titulado&nbsp;<em>\u201c<\/em>La decisi\u00f3n<em>\u201d<\/em>&nbsp;que incluimos en nuestra secci\u00f3n \u201c<em>Conexi\u00f3n Derek Walcott<\/em>\u201d de narrativa contempor\u00e1nea del Caribe. Nuestro colaborador es natural de San Juan y criado en El Fanguito y Barrio Obrero en Santurce. Tiene una Maestr\u00eda en estudios latinoamericanos con una concentraci\u00f3n en literatura e historia de Queens College-CUNY y un doctorado en ciencias pol\u00edticas del Graduate Center-CUNY. Su trabajo acad\u00e9mico ha sido publicado por Temple University Press, CELAC, Lexington Books y Centro Press y por varias revistas acad\u00e9micas. Su trabajo creativo ha sido publicado en las revistas Confluencia, Sargasso, Cruce, 80grados, Trasdemar, Alhucema, El Sol Latino, y el Latin American Literary Review. Una selecci\u00f3n de sus relatos est\u00e1 incluida en el libro<em>&nbsp;Formas lindas de matar<\/em>&nbsp;(2023)<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-pullquote\"><blockquote><p>Alguna vez durmi\u00f3 y en sus sue\u00f1os estaba el \u00edmpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del d\u00eda era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardar\u00eda en ser rojo. Tambi\u00e9n el carro del tren era distinto; las horas lo hab\u00edan transfigurado. Afuera su m\u00f3vil sombra se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, oscuro, pero al mismo tiempo era \u00edntimo y, de alguna manera, secreto<\/p><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n<p><em>Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contempor\u00e1neos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Jorge Luis Borges, <em>El acercamiento a Almot\u00e1sim<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>Si uno se pusiera a copiar La Meninas, de toda buena fe, pongamos por caso, al llegar a cierto punto y si el que copiase fuese yo, me dir\u00eda: \u00bfqu\u00e9 tal ser\u00eda poner a ese un poquit\u00edn m\u00e1s a la derecha o la izquierda? Y probar\u00eda hacerlo a mi manera, olvidando a Vel\u00e1zquez. La prueba me llevar\u00eda de seguro a modificar la luz o a cambiarla, con motivo de haber cambiado de lugar a un personaje. As\u00ed, poquito a poco, ir\u00eda pintando unas Meninas que parecer\u00edan detestables al copista de oficio; no ser\u00edan las que \u00e9l creer\u00eda haber visto en la tela de Vel\u00e1zquez, pero ser\u00edan mis Meninas.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pablo Picasso, <em>L&#8217;atelier de Picasso<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\" style=\"font-size:28px\">Si esta narraci\u00f3n carece de sentido, parece incoherente o ininteligible o quiz\u00e1s familiar, la culpa no es m\u00eda. Yo soy un mero artefacto, un canal a trav\u00e9s del cual un invento particular en otro tiempo se traslad\u00f3 de una parte aislada del mundo a otra parte sin equivalente inmediato. El equivalente surge ahora, de su precedente y de mi af\u00e1n incierto, hoy, el d\u00eda en que relato la otra historia de Arturo Mart\u00ednez. Este relato es en realidad, aunque es una realidad alterna, que tiene un paralelo hist\u00f3rico, <em>El sur<\/em>,y Mart\u00ednez es su personaje, transmutado, puesto un poquit\u00edn m\u00e1s a la izquierda, porque no me gusta la derecha, como en <em>Las meninas<\/em> de Picasso, pero decisivamente en la direcci\u00f3n m\u00e1s apropiada. Y dice.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">El hombre que desembarc\u00f3 en San Juan en el 1893 se llamaba Jacinto S\u00e1nchez y era miembro de carnet del Partido Comunista Espa\u00f1ol; en 1969, uno de sus biznietos, Arturo Mart\u00ednez, era secretario de una sociedad literaria en la calle San Sebasti\u00e1n y se sent\u00eda hondamente puertorrique\u00f1o. Su abuela materna, la insigne Josefa S\u00e1nchez Rodr\u00edguez, mantuvo una familia de once planchando ropa y era, en parte, de estirpe africana. Su abuelo paterno hab\u00eda sido el benem\u00e9rito Mariano Mart\u00ednez, del Regimiento de Voluntarios que sirvi\u00f3 en el Canal de Panam\u00e1 durante la Primera Guerra Mundial, que muri\u00f3 all\u00ed, acribillado por un paname\u00f1o iracundo. En la conjetura de sus dos linajes, Arturo Mart\u00ednez (tal vez a impulsos de la sangre espa\u00f1ola, aunque decirlo as\u00ed ser\u00eda un prejuicio) eligi\u00f3 el de ese antepasado heroico, o de muerte heroica. Pero solo por un tiempo, pues la otra parte de su ancestraje, la africana, le llev\u00f3, en un a\u00f1o incierto, a declararse negro en la planilla del censo. Un bolso de cuero con la foto de una mujer acaramelada e inexpresiva, los rastros de ciertas melod\u00edas, el recuerdo escrito de estrofas de <em>Majestad negra<\/em>, los a\u00f1os, el entusiasmo y el orgullo, quiz\u00e1s la soledad, fomentaron esa identificaci\u00f3n, que, aunque americanizada, fue voluntaria pero nunca excesiva.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Con no poco trabajo, Arturo hab\u00eda rescatado del polvo las casi ruinas de una casa en Vega Baja, que fue de los Tartak; una de sus costumbres era imaginar los \u00e1rboles de mang\u00f3 y la espaciosa casa blanca que alguna vez fue azul. El trabajo tanto como el guame lo reten\u00edan en la ciudad. Verano tras verano pensaba en la casa, transformada de abstracci\u00f3n en puertas y ventanas, esper\u00e1ndolo en una calle precisa. Entonces lleg\u00f3 un d\u00eda de febrero de 1971.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">El destino no discrimina pero es despiadado con la distracci\u00f3n m\u00e1s m\u00ednima. Arturo hab\u00eda conseguido, esa tarde, un ejemplar descalabrado de <em>The Misfortunes of Virtue<\/em>, de Sade; ansioso por explorar el mensaje inquietante del t\u00edtulo, subi\u00f3 las escaleras a la carrera; en la oscuridad su frente fue rasgada por \u00bfun p\u00e1jaro, un murci\u00e9lago? La mujer que le abri\u00f3 la puerta registr\u00f3 claramente una mueca de horror al verle, y al pasarse la mano por la frente, qued\u00f3 embadurnada de sangre. Arturo dormit\u00f3, pero poco. Temprano en la madrugada abri\u00f3 los ojos y el sabor de todo lo que prob\u00f3 a esa hora le pareci\u00f3 atroz. Se le peg\u00f3 una fiebre desgastante, con pesadillas llenas de proposiciones profundas originarias del escrito de Sade. Tuvo innumerables visitantes que insistieron en lo bien que se ve\u00eda. Arturo los escuchaba at\u00f3nito ante su incapacidad de notar que estaba en el infierno. Pasaron ocho d\u00edas, como ocho a\u00f1os. Una tarde, el m\u00e9dico de turno se present\u00f3 con un colega que recomend\u00f3 una radiograf\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Antes, camino al hospital en el atartalado Ford Falcon que Arturo hab\u00eda adquirido por $250, pens\u00f3 que en una cama extra\u00f1a quiz\u00e1s podr\u00eda al fin dormir sin las pesadillas de Sade. Se anim\u00f3 a conversar; al llegar le afeitaron la cabeza, lo ataron a la cama, le pusieron dos luces extremadamente brillantes en la cara, lo examinaron con un fr\u00edo estetoscopio y sin previo aviso le clavaron una aguja en el brazo.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Despert\u00f3 con n\u00e1useas y si no es porque intent\u00f3 levantarse, hubiera muerto asfixiado por su propio e incontrolable v\u00f3mito. Al despertar lo primero que dijo fue: <em>Sof\u00eda.<\/em> Comprendi\u00f3 que estaba en un arrabal del infierno. Le daban hielo para refrescar su \u00e1rida boca, sin efecto. Arturo termin\u00f3 odi\u00e1ndose, su identidad, sus necesidades, su humillaci\u00f3n, su dependencia, su debilidad, hasta la barba hirsuta que crec\u00eda inatendida. Decidi\u00f3 ser estoico ante las dolorosas curaciones, pero cuando supo que hab\u00eda estado a punto de morir, se ech\u00f3 a llorar como un ni\u00f1o incapaz de entender la idea del destino. Llor\u00f3 porque hasta entonces no hab\u00eda tenido tiempo para pensar en la posibilidad de la muerte. M\u00e1s tarde, el cirujano le dio buenas noticias. Pronto podr\u00eda regresar a su casa. Sin decirlo m\u00e1s de una vez, el d\u00eda prometido lleg\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">La realidad aparenta ser sim\u00e9trica pero es anacr\u00f3nica; Arturo hab\u00eda llegado al hospital en un Ford Falcon y ahora un Ford Falcon, pero de a\u00f1o distinto, lo llevaba a una casa que no era la usual. La primera frescura del oto\u00f1o, despu\u00e9s de la opresi\u00f3n del verano, si es que se puede notar el cambio en un pa\u00eds del Caribe, era como un s\u00edmbolo natural, o quiz\u00e1s abstracto, de su destino rescatado de la fiebre y la muerte. La ciudad, a las siete de la ma\u00f1ana, no hab\u00eda perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos balcones, las plazas como patios. Arturo la reconoc\u00eda con felicidad y con un principio de v\u00e9rtigo; unos segundos antes de que las viera, recordaba las esquinas, las marquesinas, las modestas diferencias de San Juan. En la luz amarilla del nuevo d\u00eda, todas las cosas volv\u00edan a parecerle iguales.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Es de todos conocido que San Juan empieza del otro lado de Isla Verde. Arturo siempre recalcaba, en cada conversaci\u00f3n, en cada carta, en cada mensaje electr\u00f3nico, que ello no era una convenci\u00f3n y que quien se pasea por San Juan entra en un mundo m\u00e1s antiguo y m\u00e1s firme. Desde su Ford Falcon buscaba la otra casa, la de los d\u00edas ordinarios, la de la puerta de rejas, con timbre en el arco de la puerta y el pasillo que daba al patio interior: calle Sol 275. Dej\u00f3 de musitar, estacion\u00f3 el auto y se dispuso a tomar un tren que le pareci\u00f3 fuera de lugar. Entonces crey\u00f3 que no estaba en Puerto Rico. Pero s\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">En el pasillo de la estaci\u00f3n se dio cuenta de que faltaban treinta minutos, sin saber para qu\u00e9. Record\u00f3 bruscamente que en un caf\u00e9 de la calle Sol (a poca distancia del Bigote del Abuelo) hab\u00eda un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como un Dios apaciguado. Un lapso en la realidad le permiti\u00f3 entrar. Ah\u00ed estaba el gato (el mismo que describe Cachao en <em>Como su ritmo no hay dos<\/em>), dormido. Pidi\u00f3 una taza de caf\u00e9, la endulz\u00f3 lentamente, la prob\u00f3 y pens\u00f3, mientras alisaba el negro pelaje, que ese contacto era ilusorio y que estaban separados por un cristal, porque la gente vive en el tiempo, en la sucesi\u00f3n, y el m\u00e1gico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante; o quiz\u00e1s estaba endrogado o bajo los efectos del alcohol. Pero esp\u00e9rate, dijiste que pidi\u00f3 una taza de caf\u00e9. Se lo tom\u00f3 poco a poco.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">A lo largo del pen\u00faltimo and\u00e9n el tren esperaba. Un tren en San Juan era un vestigio incongruente pero Arturo no le dio peso a ese detalle. El Ford Falcon qued\u00f3 rezagado en la memoria. Arturo recorri\u00f3 los vagones y dio con uno casi vac\u00edo. Acomod\u00f3 en la red la maleta; cuando el tren arranc\u00f3, la abri\u00f3 y sac\u00f3, tras alguna vacilaci\u00f3n, el primer tomo de <em>Las desilusiones de Jon\u00e1s<\/em>. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha con Sof\u00eda, era una afirmaci\u00f3n de que esa desdicha hab\u00eda sido anulada y un desaf\u00edo alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal. A veces era preciso pasar por alto lo innegable.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">A los lados del tren, la ciudad desaparec\u00eda; la estela urbana demor\u00f3 el principio de la lectura. La verdad es que Arturo ley\u00f3 poco; Jon\u00e1s es un gran personaje, que ayuda a olvidar la pena propia, pero no tan atractivo como la vista verde que sucede al concreto en la distancia o como el hecho de ser. La felicidad lo distra\u00eda de los artificios de Jon\u00e1s; Arturo cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir. El almuerzo (servido en <em>containers <\/em>de metal que le recordaban las fiambreras de la ni\u00f1ez) fue otro goce tranquilo y agradecido.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\"><em>Ma\u00f1ana despierto en la casa de Tomasa<\/em>, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el d\u00eda oto\u00f1al y por la geograf\u00eda de su isla, y el otro, encarcelado en un hospital y sujeto a met\u00f3dicas servidumbres. Pero ese era no m\u00e1s un recuerdo. Vio casas de madera, esquinadas y compactas, infinitamente mirando pasar el tren; vio vacas en los terrosos caminos; vio r\u00edos y quebradas; vio largas nubes luminosas que parec\u00edan de m\u00e1rmol, y todas esas cosas eran casuales, como sue\u00f1os. Tambi\u00e9n crey\u00f3 reconocer \u00e1rboles y sembrados que no pod\u00eda nombrar, porque su directo conocimiento de ellos era harto inferior a su conocimiento nost\u00e1lgico y literario.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Alguna vez durmi\u00f3 y en sus sue\u00f1os estaba el \u00edmpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del d\u00eda era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardar\u00eda en ser rojo. Tambi\u00e9n el carro del tren era distinto; las horas lo hab\u00edan transfigurado. Afuera su m\u00f3vil sombra se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, oscuro, pero al mismo tiempo era \u00edntimo y, de alguna manera, secreto. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Arturo pudo sospechar que viajaba al pasado. De esa conjetura fant\u00e1stica lo distrajo el conductor, que, al ver su boleto, le advirti\u00f3 que el tren no lo dejar\u00eda en la parada de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Arturo (el hombre a\u00f1adi\u00f3 una explicaci\u00f3n que \u00e9l no escuch\u00f3 porque el mecanismo de los hechos no le importaba).<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">El tren se detuvo. Al otro lado de la v\u00eda estaba la parada, que era poco m\u00e1s que una lozeta enorme con una cubierta. En el <em>car rental<\/em> ning\u00fan veh\u00edculo ten\u00edan, pero Arturo fue informado que tal vez podr\u00eda conseguir uno si caminaba diez o doce calles hacia el este. Acept\u00f3 la caminata como una peque\u00f1a aventura. Ya se hab\u00eda hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba el aire presagiando la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, igual como lo hab\u00eda hecho tantas veces despu\u00e9s de hacerle el amor a Sof\u00eda, caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del viento.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Lleg\u00f3 a un colmado que alguna vez hab\u00eda sido rojo vivo, pero los a\u00f1os hab\u00edan mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le record\u00f3 una imagen en el libro de Jack Delano, <em>Puerto Rico m\u00edo<\/em>, solo para r\u00e1pidamente darse cuenta que en el vecindario de Josefa hab\u00eda un lugar parecido, fotografiado por Delano en 1948. Pero no era igual pues aqu\u00ed pod\u00eda comerse algo. Adentro, crey\u00f3 reconocer al due\u00f1o; luego comprendi\u00f3 que lo hab\u00eda enga\u00f1ado su parecido con uno de los enfermeros del hospital. Vio un r\u00f3tulo familiar: <em>Hoy no fio, ma\u00f1ana s\u00ed. <\/em>El due\u00f1o le dijo que ten\u00eda que esperar tres horas, pero no le fue claro para qu\u00e9. Para agregar otro hecho a aquel d\u00eda y para llenar ese tiempo, Arturo decidi\u00f3 darse un trago y cenar.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">En una mesa com\u00edan y beb\u00edan ruidosamente unos j\u00f3venes, en los que al principio no se fij\u00f3. A seis o siete pies de \u00e9l, recostado del mostrador, se daba un trago un hombre muy viejo. Excepto por el gesto de las manos, parec\u00eda inm\u00f3vil como una cosa. Los muchos a\u00f1os lo hab\u00edan reducido y pulido como el agua a una piedra o el pasar del tiempo a una sentencia. Era oscuro, peque\u00f1o y reseco, como su abuelo materno cuando yac\u00eda postrado en cama en la casa de su t\u00eda Palmira antes de morir, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Arturo escudri\u00f1\u00f3 los detalles del viejo, sus zapatos, su vestimenta, y se dijo, pensando en Palmira y su sacrificada atenci\u00f3n por aquel carapacho de persona en que se convirti\u00f3 su padre: &#8220;No lo conozco. Ese no es mi abuelo&#8221;.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Arturo se acomod\u00f3 junto a la ventana. La oscuridad fue qued\u00e1ndose con el sitio. No hab\u00eda m\u00e1s olores que los de la cocina, ni m\u00e1s ruidos que los de la muchachada comiendo y bebiendo. El due\u00f1o le trajo arroz con gandules y despu\u00e9s pernil de cerdo; se empuj\u00f3 la comida con una cerveza. Ocioso, paladeaba los sabores y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco so\u00f1olienta. Las bombillas colgaban de cables entrelazados; los j\u00f3venes en la otra mesa eran tres, dos blancos y uno negro. De pronto Arturo sinti\u00f3 un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre uno de los cuadros del mantel, hab\u00eda una habichuela. Eso era todo, pero alguien se la hab\u00eda tirado. Qu\u00e9 cosa infantil.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Los de la otra mesa parec\u00edan ajenos a \u00e9l. Perplejo, decidi\u00f3 que nada hab\u00eda ocurrido y abri\u00f3 la copia de <em>Las desiluciones<\/em>, como para tapar la realidad. Otra habichuela lo alcanz\u00f3 a los pocos minutos y esta vez los j\u00f3venes se rieron. Arturo se dijo que no estaba asustado, pero que ser\u00eda un desacierto que \u00e9l, reci\u00e9n salido del hospital, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea est\u00fapida. Resolvi\u00f3 irse; ya estaba de pie cuando el due\u00f1o se le acerc\u00f3 y lo exhort\u00f3 con voz alarmada: &#8220;Se\u00f1or Mart\u00ednez, no les haga caso a esos impertinentes, que est\u00e1n medio alegres&#8221;.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Arturo no se extra\u00f1\u00f3 de que el due\u00f1o, ahora, supiera su apellido, pero sinti\u00f3 que sus palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situaci\u00f3n. Por qu\u00e9 esto es as\u00ed no me queda claro. Quiz\u00e1s la mejor explicaci\u00f3n es esta: antes, la provocaci\u00f3n de los j\u00f3venes era a una cara accidental; ahora era espec\u00edfica y por eso no pod\u00eda ser ignorada. Arturo hizo a un lado al due\u00f1o, se enfrent\u00f3 con los j\u00f3venes y les pregunt\u00f3 qu\u00e9 pu\u00f1eta andaban buscando.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">El joven negro se par\u00f3, tambale\u00e1ndose. A un paso de Arturo, lo injuri\u00f3 a gritos, como si estuviera muy lejos. Su borrachera era exagerada y eso, para Arturo, era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, sac\u00f3 un largo cuchillo e invit\u00f3 a Arturo a pelear. El due\u00f1o se interpuso y objet\u00f3 que Arturo estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Desde su rinc\u00f3n, el viejo desecrado le tir\u00f3 una cuchilla a Arturo que vino a caer a sus pies. Otro hab\u00eda decidido por \u00e9l, ese d\u00eda de febrero, aceptar el reto. Arturo se inclin\u00f3 a recoger la cuchilla y sinti\u00f3 dos cosas. La primera, que el acto de recoger la cuchilla lo compromet\u00eda a pelear. La segunda, que el arma era in\u00fatil en sus manos. <em>Otro hab\u00eda decidido por \u00e9l su muerte.<\/em> Como todos la hombres de su \u00e9poca, hab\u00eda jugado con una cuchilla, pero su esgrima no pasaba de una noci\u00f3n de que las cuchilladas deben ir hacia arriba, como le muestra Jack Klugman, Juror #5, a Henry Fonda, Juror #8, en <em>Twelve Angry Men<\/em>. <em>Para esto me salvaron la vida en el hospital,<\/em> pens\u00f3. &#8220;Vamos pa&#8217; fuera&#8221;, dijo el otro, con un tufo que arrancaba un poste, de tan fuerte.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Arturo accedi\u00f3 con un gesto y si ya en \u00e9l no hab\u00eda esperanza, tampoco hab\u00eda temor. Sinti\u00f3, al dirigirse al umbral, que morir en una pelea de cuchillos, ser\u00eda una liberaci\u00f3n para \u00e9l, una felicidad y una fiesta, mejor que la primera noche en el hospital, cuando le clavaron la aguja. Sinti\u00f3 que si \u00e9l, entonces, hubiera podido elegir o so\u00f1ar su muerte, esa era la muerte que hubiera elegido o so\u00f1ado.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:28px\">Por supuesto, esas ideas no son m\u00e1s que un romance arrabalero, una opci\u00f3n preferible solo para quien no tiene puta idea de lo que es ver correr la sangre en una pelea de cuchillos; especialmente la sangre propia. Pero qu\u00e9 importa. Arturo empu\u00f1\u00f3 con firmeza la cuchilla, que acaso no sabr\u00eda manejar, y sali\u00f3 a la calle. El negro sali\u00f3 detr\u00e1s de \u00e9l, tambale\u00e1ndose como guajana al viento. Levant\u00f3 el brazo de modo amenazante y Arturo, desafiando la ley del destino, se le adelant\u00f3 y le espet\u00f3 la cuchilla en un ojo. No hace falta decir lo que pas\u00f3 despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n ","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En la Revista Trasdemar difundimos la creaci\u00f3n literaria contempor\u00e1nea de las islas<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":7735,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[12],"tags":[23],"blocksy_meta":"","yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v15.5 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>\u201cLa decisi\u00f3n\u201d Por Jos\u00e9 Edgardo Cruz Figueroa - trasdemar<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/la-decision-por-jose-edgardo-cruz-figueroa\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"\u201cLa decisi\u00f3n\u201d Por Jos\u00e9 Edgardo Cruz Figueroa - 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