{"id":2071,"date":"2021-04-13T21:01:34","date_gmt":"2021-04-13T21:01:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/?p=2071"},"modified":"2021-04-13T21:01:37","modified_gmt":"2021-04-13T21:01:37","slug":"madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/","title":{"rendered":"&#8220;Madera antigua&#8221; Margarita S\u00e1nchez-Gallinal"},"content":{"rendered":"\n<div class=\"wp-block-image is-style-default\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"576\" height=\"768\" src=\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/Margarita-Sanchez-Gallinal.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-2072\" srcset=\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/Margarita-Sanchez-Gallinal.jpg 576w, https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/Margarita-Sanchez-Gallinal-225x300.jpg 225w\" sizes=\"(max-width: 576px) 100vw, 576px\" \/><figcaption>Margarita S\u00e1nchez-Gallinal<\/figcaption><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p style=\"font-size:30px\">Presentamos en la Revista Trasdemar una muestra literaria de la autora Margarita S\u00e1nchez-Gallinal (Santiago de Cuba) perteneciente a su novela &#8220;Madera antigua&#8221; (2015) publicada por la Secretar\u00eda de Cultura del Estado de M\u00e9xico<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-style-default\"><p>Primero fue el polvo. Ligero, t\u00edmido, casi con pena; una fina llovizna perfilando los contornos de las l\u00e1grimas de cristal de la l\u00e1mpara del techo, velando la cenefa de los frisos, haciendo menos leve las cortinas. Despu\u00e9s, due\u00f1o absoluto, seguro de que nada lo detendr\u00eda, se posesion\u00f3 de todo y ceg\u00f3 los ojos de los jaguares y llen\u00f3 sus fauces abiertas que ya nunca har\u00edan desmayar a nadie.<\/p><cite>MARGARITA S\u00c1NCHEZ-GALLINAL<\/cite><\/blockquote>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\" style=\"font-size:21px\">G\u00fadula est\u00e1 afligida. Tan afligida como el d\u00eda en que se percat\u00f3 de que Rafael no regresar\u00eda y el silencio y la soledad la fueron trastornando. Al principio fue s\u00f3lo un murmullo, como si rezara. Cortaba los nomeolvides para esparcirlos por la casa o se atrincheraba en la cocina a hornear pasteles que nadie com\u00eda, ni siquiera ella y, murmurando siempre, sal\u00eda a recoger gatos y perros callejeros para poblar el patio grande, pero los animales escapaban huyendo de aquel susurro perenne que tomaba fuerza seg\u00fan avanzaban las horas. El d\u00eda que dej\u00f3 de murmurar abri\u00f3 el armario de Amalia y se puso, uno a uno, todos los vestidos de su madre. Desde entonces, G\u00fadula adopt\u00f3 la man\u00eda de poner todos los relojes en las cinco de la tarde y, sentada al piano, vestida como Amalia, intentaba sacar alguna extraviada melod\u00eda mientras sorb\u00eda con fruici\u00f3n una copa de <em>L\u00e1grima Christi<\/em> <em>el Baturro <\/em>&nbsp;jugando a esperar a Ricardo. Cuando los vestidos se agotaron, los inciner\u00f3 en el patio grande, cerr\u00f3 la casa herm\u00e9ticamente y comenz\u00f3 a desandarla envuelta en velos, los ojos delineados con el negro polvo de Turqu\u00eda y el pelo sin brillo suelto en cascadas grises sobre la espalda ligeramente encorvada y cuajada de lunares que ella nunca se hab\u00eda visto. A veces se desnudaba frente a los espejos y hurgaba en su cuerpo fl\u00e1ccido, rastros de una belleza siempre est\u00e9ril a fuerza de reprimir los \u00edmpetus de la carne.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">El azogue le devuelve a un Ricardo desnudo que la llama insinuante. La lengua de G\u00fadula recorre la piel salada, se enreda en los vellos del hombre, entra en su boca. Ricardo la muerde, le toca el sexo h\u00famedo, caliente; su sexo late angustiosamente y ella abre las piernas buscando el sosiego que le falta. Honoria y Hambaru tambi\u00e9n est\u00e1n desnudos, la miran intrigados y el rumano comienza a tocar el Kemanch\u00e1. La melod\u00eda suave y quejumbrosa excita m\u00e1s a G\u00fadula. Ricardo la sigue hurgando, lame su vientre, sabe que&nbsp; espera ansiosa y la tortura, llega a su centro, lo besa, lo muerde y ella siente que va a morir. Su cuerpo reclama ser sometido, se ofrece d\u00f3cil, sin otra voluntad que la entrega. Ricardo se le encima, ella prepara su sexo para recibirlo, se abre plena, pero no es Ricardo sino Antonio, y G\u00fadula despierta espantada. Se siente sucia y culpable porque el rostro de su padre perdura joven en su memoria. La solterona mira con estupor su mano salpicada de pecas, los nudillos inflamados, artr\u00edticos; la recuerda en su sexo, sus muslos est\u00e1n h\u00famedos y siente un profundo asco de s\u00ed misma. Descubrirse d\u00e9bil la encoleriza y abre la ducha en un af\u00e1n de que el agua limpie la mugre que el s\u00e1ndalo ha volcado sobre ella.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">De nada sirvi\u00f3 que reactivara las bolsitas de vetiver. Cada noche la pesadilla regresaba y G\u00fadula se llen\u00f3 de una culpa sin consuelo. La reiterada aparici\u00f3n de Antonio en sus sue\u00f1os er\u00f3ticos le fue devolviendo los a\u00f1os en que su padre habitaba la casa y ella jugaba a ser mujer. Lo esperaba para cenar, despu\u00e9s de dormir a Honoria, con el agua del ba\u00f1o bien caliente y las toallas suaves, reci\u00e9n lavadas, oliendo a sol. Imitaba a su madre sin percatarse de la mirada intranquila de Antonio que, sin proferir palabra, recog\u00eda el sombrero y se iba otra vez. Ella lo esperaba viendo c\u00f3mo las horas rozaban la ventana, luchando contra el sue\u00f1o, hasta que despertaba en brazos del padre que la trasladaba a su habitaci\u00f3n. G\u00fadula se apretaba a su pecho, sinti\u00e9ndose al fin ni\u00f1a, y dejaba que el sue\u00f1o le cerrara definitivamente los ojos haci\u00e9ndole olvidar su orfandad. Pero la obsesi\u00f3n por suplir a la madre crec\u00eda en ella enfermizamente, asustando a Antonio que no pudo soportar verla con un traje de Amalia el d\u00eda en que Honoria cumpli\u00f3 los cinco a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">G\u00fadula, mejor que nadie, sab\u00eda que su origen y el de Honoria no fue consecuencia del mesurado ayuntamiento de la pareja que necesita descendencia para sobrevivir. El s\u00e1ndalo rigi\u00f3 la vida de la casa hasta que Amalia muri\u00f3 y persisti\u00f3 en el aire como persiste un recuerdo y fue lo que, definitivamente, oblig\u00f3 a Antonio Vidaurreta a marcharse huyendo del aroma que le robaba el sosiego. Por eso ella odiaba ese olor infiel y pecaminoso que traicion\u00f3 a su madre, que alej\u00f3 para siempre a su padre y la confin\u00f3 a ella a una soledad sin fondo. Fue in\u00fatil que lo acorralara en la habitaci\u00f3n de Honoria. El s\u00e1ndalo siempre atraves\u00f3 las paredes para esparcir su influjo porque el s\u00e1ndalo tambi\u00e9n era su estigma.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su sensualidad contenida hizo m\u00e1s amargas sus l\u00e1grimas, el insomnio torturante le envejeci\u00f3 la sangre y le espes\u00f3 el \u00e1nimo, la raz\u00f3n vol\u00f3 por derroteros insospechados y ya no esper\u00f3 nada de nadie, ni siquiera de Dios. Tanta soledad sumergi\u00f3 a la solterona en una tristeza que proven\u00eda de ella misma, resquebrajando el rencor que durante a\u00f1os la hab\u00eda sostenido. Fue entonces cuando decidi\u00f3 suprimirse.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Cuando estuvo lista comenz\u00f3 a lavar la casa para no dejar rastro ni olor alguno. Abri\u00f3 todas las llaves y dej\u00f3 que el agua arrasara con el odio, la impudicia, los presagios, la perversidad y el infortunio. Pero mantuvo cerrada la puerta del cuarto de Honoria y el agua pas\u00f3 de largo. Convencida de que nada val\u00eda la pena, G\u00fadula tom\u00f3 un ba\u00f1o minucioso, se visti\u00f3 de negro y mand\u00f3 por el fot\u00f3grafo para que le hiciera el retrato. Despu\u00e9s, se sent\u00f3 por \u00faltima vez frente a la ventana y nunca m\u00e1s se fue de la sala.&nbsp;&nbsp; &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Abandonar la casa, cualquier casa, es algo tr\u00e1gico; es como morir sin estar muerto. Por eso, cuando Alba fij\u00f3 sus ojos en m\u00ed, con su manera de decir las cosas sin hablar, supe que se iba para siempre. Lo intu\u00ed la tarde en que Mario no volvi\u00f3. Alba lo esper\u00f3 con la paciencia con que aguardaba las cartas de Raymundo pero cuando el tiempo pas\u00f3 y no hubo noticias, decidi\u00f3 buscar su huella. El sonido de la puerta, el \u00faltimo, fue un sonido que no dej\u00f3 ecos. Ni un rayo de luz, ni el ligero gotear del agua, indicador de vida, qued\u00f3 enredado en los pliegues del silencio que embarg\u00f3 todo. La sangre de la casa se fue helando y el tiempo se detuvo para luego comenzar a fluir con otro ritmo; ritmo de soledad, de casa sepultada en el olvido.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Primero fue el polvo. Ligero, t\u00edmido, casi con pena; una fina llovizna perfilando los contornos de las l\u00e1grimas de cristal de la l\u00e1mpara del techo, velando la cenefa de los frisos, haciendo menos leve las cortinas. Despu\u00e9s, due\u00f1o absoluto, seguro de que nada lo detendr\u00eda, se posesion\u00f3 de todo y ceg\u00f3 los ojos de los jaguares y llen\u00f3 sus fauces abiertas que ya nunca har\u00edan desmayar a nadie.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">El juguetero perdi\u00f3 su fragilidad de mueble fino y torneado. Las infinitas figuras empezaron a tender puentes y acortaron distancias a trav\u00e9s de los hilos que una invasi\u00f3n de ara\u00f1as comenz\u00f3 a tejer, paciente, laboriosamente, a sabiendas de que ya no habr\u00eda plumeros inoportunos que rompieran la meticulosa filigrana de sus telas. El elefante de <em>\u00f3nix<\/em> qued\u00f3 unido al <em>Buda<\/em> de jade. El \u00e1nfora griega, arrepentida del vino y los amores, se convirti\u00f3 en una vestal del fuego del olvido y se ali\u00f3 a la botella de <em>\u00d3rgiva<\/em>, negra y de cuello fino. El caballero andante, de escudo y armadura, detuvo su largo peregrinar por tierras de quimeras para desposar a su dama, un torso de m\u00e1rmol, blanco como la piel de <em>Venus<\/em>. El cofre de bronce, tan peque\u00f1o que apenas atesora el primer diente, como grano de arroz, de Alba, se hizo uno con el dedal de alpaca y n\u00e1car, que Clotilde olvid\u00f3 all\u00ed para siempre. La min\u00fascula <em>Dombra<\/em> qued\u00f3 atada fuertemente a su estuche, cansada de pulsar su nostalgia por las noches fr\u00edas de <em>Alma At\u00e1<\/em>. El <em>m\u00farex<\/em>, tan f\u00f3sil que en sus estr\u00edas puede leerse el origen de los oc\u00e9anos, ya no disputaba su preponderancia a la caracola, redonda y femenina como f\u00e9rtil vientre de mujer, porque ahora eran un solo cuerpo que reproduc\u00eda viejos ecos marinos. El colmillo de jabal\u00ed abisinio, lo \u00faltimo que Antonio envi\u00f3 de regalo a sus hijas en su larga traves\u00eda por el mundo, semejaba un cuerno de la abundancia, pre\u00f1ado como qued\u00f3 por la tela de ara\u00f1a que fue arropando al polvo para hacerse menos sutil e incorp\u00f3rea. El juguetero, poco a poco, se fue transformando en una cris\u00e1lida que atesoraba en su interior la imprecisi\u00f3n de los recuerdos.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">El \u00fanico sonido que llegaba desde la calle era el de la lluvia, densa y r\u00e1pida en verano, fina y mon\u00f3tona, en oto\u00f1o, como si la casa se hubiera vuelto sorda a cualquier eco que no fuera el de su propia destrucci\u00f3n. El ruido cadencioso de la lluvia adormec\u00eda el reptar solapado del deterioro que remov\u00eda los mosaicos del piso y abr\u00eda fisuras, como r\u00edos secos que no van a sitio alguno. La casa era una desconocida, con su silencio de abandono, tan diferente al silencio de hogar.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Despu\u00e9s vino la humedad que resquebraj\u00f3 las paredes y retorci\u00f3 las maderas en un desconcierto de sonidos nuevos. Sonidos que antes nadie hab\u00eda percibido fueron tomando fuerza y otra vida, surgida de la ruina, comenz\u00f3 a emerger. Los muebles romp\u00edan su letargo, crujiendo en tonos agudos y bajos, dando inicio a una sinfon\u00eda de cola reseca por el desuso. El adobe se cubri\u00f3 de un moho verdegrismarr\u00f3n que lo llen\u00f3 de hongos, d\u00e1ndole a las paredes una textura irregular y espesa.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">M\u00e1s tarde, una avalancha de alima\u00f1as invadi\u00f3 la casa dando inicio a un continuo y minucioso roer de la memoria. Algunas maderas fueron vencidas por el comej\u00e9n que las socav\u00f3, insaciable, convirti\u00e9ndolas, sin piedad, en arena vegetal. Las polillas destruyeron la colecci\u00f3n de revistas <em>La Familia<\/em> y devoraron los hermosos libros de Mario. Ni siquiera respetaron los cuarenta y seis tomos de Historia Universal, de Guillermo Oncken, encuadernados en piel fileteada en oro, que Alba le regalara a Mario en su primer aniversario de bodas, y carcomieron la casa de <em>Cornelio Rufo<\/em>, en <em>Pompeya<\/em>, cercenaron a\u00fan m\u00e1s la <em>Venus<\/em><em> de Milo<\/em>, abrieron surcos en el <em>Monte Sina\u00ed<\/em> y canales que bifurcaron el cauce del <em>R\u00edo Jord\u00e1n<\/em>, en una paciente labor depredadora a la que nada escap\u00f3, como no pudo escapar de la traza la lencer\u00eda ni las dieciocho sobrecamas de la desesperaci\u00f3n de G\u00fadula. El azogue de las tres lunas del cuarto del herido, antes de Honoria, se desprendi\u00f3 dejando oscuras manchas como lunares negros y malsanos y, desde el interior de la tierra, surgi\u00f3 violenta una zarza que dio el \u00faltimo jaque mate en el tablero de ajedrez del piso.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">El mant\u00f3n de Manila que cubr\u00eda el piano se fue deshaciendo en jirones y el piano mismo empez\u00f3 a escupir las teclas de \u00e9bano y marfil, como un viejo decr\u00e9pito, quebrantado por el escorbuto. El arc\u00f3n resisti\u00f3, pero en su interior las hordas de cucarachas y ratones arrasaron las etiquetas de las botellas de <em>L\u00e1grima Christi el Baturro<\/em> y el sult\u00e1n de los cigarrillos Murad fue vencido por la herrumbre. Nada pudieron los galgos ni las cabezas de lince que lo escoltaban; ellos tambi\u00e9n se desmoronaron, al igual que el collar de semillas que trajera en su cuello el herido. El pueril gallo de porcelana y los botones de n\u00e1car sobrevivieron junto a las botellas vac\u00edas de licor y quedaron sobre el fino polvillo negro que cubri\u00f3 el fondo del arc\u00f3n, como testigos involuntarios de un ritual funerario.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">La casa ol\u00eda a recuerdo remoto, a familia sin retorno, a pasado, y empez\u00f3 a vivir de sus desechos, aliment\u00e1ndose de su exterminio para engendrar otra existencia cuya vitalidad busca en su propia muerte. Las hormigas formaron hileras entre la sala y la cocina, en un interminable trasiego de hojas secas, alas de cucarachas, ara\u00f1as y moscas muertas; despojos de una vida que exist\u00eda y que mor\u00eda de la misma manera depredadora. Las salamandras se adue\u00f1aron de la maceta que una vez dio vida al helecho de G\u00fadula para poner sus huevos, peque\u00f1os y transparentes como ellas mismas. La maleza se extiende por los dos patios y empuja la desvencijada puerta de la cocina, cuyos postigos chirr\u00edan con un quejido herrumbroso cuando la lluvia y el viento la azotan, repta por las paredes exteriores y entra por sus fisuras, abriendo brechas cada vez m\u00e1s grandes por donde se filtra la claridad y penetran mariposas, saltamontes, alg\u00fan grillo extraviado y p\u00e1jaros peque\u00f1os que anidan dentro de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Los p\u00e1jaros fueron la \u00fanica alegr\u00eda en mucho tiempo. Revoloteaban a ras del techo, se enredaban en los despojos de las cortinas y terminaban por desprenderlos dej\u00e1ndolos a merced de las ratas que tienen sus cr\u00edas dentro del horno inservible y en la alacena, en la que a\u00fan persisten restos de harina, az\u00facar y manteca. Los p\u00e1jaros iban y ven\u00edan por toda la casa alborotando el polvo, intimidando a las ara\u00f1as, aquietando el perseverante roer de las alima\u00f1as cuando, en su algarab\u00eda, volaban de un mueble a otro, o desandaban con sus pasos cortos y rid\u00edculos, espantando el tenebroso abandono de una vida engendrada en la ruina y los desechos. Algunos p\u00e1jaros no regresaban, otros s\u00ed, pero, finalmente, todos se fueron. La casa mov\u00eda sombras y reproduc\u00eda ecos de la familia perdida para ahuyentar su soledad de tumba.<\/p>\n\n\n\n<p style=\"font-size:21px\">Todo fue vencido. Todo, menos el retrato. G\u00fadula fue lo \u00fanico que el deterioro respet\u00f3. Y sigui\u00f3 all\u00ed, en su rinc\u00f3n de la pared, n\u00edtida por el rayo de luz que, a trav\u00e9s del hueco en el tejado, llegaba hasta ella, imp\u00e1vida ante la destrucci\u00f3n que la rodeaba, que le pon\u00eda cerco sin decidirse a atacar, aguardando a que cerrara los ojos para invadir. Pero los ojos de G\u00fadula permanecieron fijos en la puerta, esperando.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator is-style-wide\"\/>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap has-medium-font-size\"><strong>Margarita S\u00e1nchez-Gallinal<\/strong> (Santiago de Cuba) Narradora, poeta y periodista. Su novela Gloria Isla, finalista del Concurso Caf\u00e9 Gij\u00f3n, 1998, ha sido publicada en Cuba y en M\u00e9xico. Forma parte de la Antolog\u00eda de narradoras cubanas, editada en M\u00e9xico y Argentina. Su poemario Paisaje dom\u00e9stico integra la colecci\u00f3n La hoja murmurante, de la Editorial La tinta del alcatraz, de Estado de M\u00e9xico. Ha publicado en diversas revistas culturales de Cuba, M\u00e9xico, Chile, Espa\u00f1a y Venezuela. Su segunda novela, Madera Antigua ha sido editada por la Editorial de la Secretar\u00eda de Cultura del Estado de M\u00e9xico. <\/p>\n ","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Presentamos en la Revista Trasdemar una muestra literaria de la autora Margarita S\u00e1nchez-Gallinal (Santiago de Cuba) perteneciente a su novela &#8220;Madera antigua&#8221; (2015) publicada por la Secretar\u00eda de Cultura del Estado de M\u00e9xico Primero fue el polvo. Ligero, t\u00edmido, casi con pena; una fina llovizna perfilando los contornos de las l\u00e1grimas de cristal de la l\u00e1mpara del techo, velando la cenefa de los frisos, haciendo menos leve las cortinas. 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Ligero, t\u00edmido, casi con pena; una fina llovizna perfilando los contornos de las l\u00e1grimas de cristal de la l\u00e1mpara del techo, velando la cenefa de los frisos, haciendo menos leve las cortinas. Despu\u00e9s, due\u00f1o absoluto, seguro de que nada lo detendr\u00eda, se posesion\u00f3 de todo y ceg\u00f3 los ojos de los jaguares y llen\u00f3 sus fauces abiertas que ya nunca har\u00edan desmayar a\u2026\" \/>\n<meta property=\"og:url\" content=\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/\" \/>\n<meta property=\"og:site_name\" content=\"trasdemar\" \/>\n<meta property=\"article:published_time\" content=\"2021-04-13T21:01:34+00:00\" \/>\n<meta property=\"article:modified_time\" content=\"2021-04-13T21:01:37+00:00\" \/>\n<meta property=\"og:image\" content=\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/Margarita-Sanchez-Gallinal.jpg\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:width\" content=\"576\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:height\" content=\"768\" \/>\n<meta name=\"twitter:card\" content=\"summary_large_image\" \/>\n<meta name=\"twitter:label1\" content=\"Tiempo de lectura\">\n\t<meta name=\"twitter:data1\" content=\"11 minutos\">\n<script type=\"application\/ld+json\" class=\"yoast-schema-graph\">{\"@context\":\"https:\/\/schema.org\",\"@graph\":[{\"@type\":\"WebSite\",\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/#website\",\"url\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/\",\"name\":\"trasdemar\",\"description\":\"Revista digital de Literaturas Insulares\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"SearchAction\",\"target\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/?s={search_term_string}\",\"query-input\":\"required name=search_term_string\"}],\"inLanguage\":\"es\"},{\"@type\":\"ImageObject\",\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/#primaryimage\",\"inLanguage\":\"es\",\"url\":\"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-content\/uploads\/2021\/04\/Margarita-Sanchez-Gallinal.jpg\",\"width\":576,\"height\":768},{\"@type\":\"WebPage\",\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/#webpage\",\"url\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/\",\"name\":\"\\\"Madera antigua\\\" Margarita S\\u00e1nchez-Gallinal - trasdemar\",\"isPartOf\":{\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/#website\"},\"primaryImageOfPage\":{\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/#primaryimage\"},\"datePublished\":\"2021-04-13T21:01:34+00:00\",\"dateModified\":\"2021-04-13T21:01:37+00:00\",\"author\":{\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/#\/schema\/person\/503e9aad32a05d7cc28787030b4f693e\"},\"inLanguage\":\"es\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"ReadAction\",\"target\":[\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/narrativa\/madera-antigua-margarita-sanchez-gallinal\/\"]}]},{\"@type\":\"Person\",\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/#\/schema\/person\/503e9aad32a05d7cc28787030b4f693e\",\"name\":\"Redacci\\u00f3n\",\"image\":{\"@type\":\"ImageObject\",\"@id\":\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\/#personlogo\",\"inLanguage\":\"es\",\"url\":\"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/d2ac25c3f30a9c84b42491ac63a465ac?s=96&d=mm&r=g\",\"caption\":\"Redacci\\u00f3n\"},\"sameAs\":[\"http:\/\/www.trasdemar.com\/home\"]}]}<\/script>\n<!-- \/ Yoast SEO plugin. -->","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2071"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=2071"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2071\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":2073,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/2071\/revisions\/2073"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/media\/2072"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=2071"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=2071"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.trasdemar.com\/home\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=2071"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}