
Presentamos en la Revista Trasdemar la nueva colaboración de Mario Domínguez Parra, con la traducción de un poema en prosa del autor griego Yannis Antioju (1969-) correspondiente a su libro Este, el cielo subterráneo publidado por La Isla de Siltolá en 2024).
Yannis Antioju es poeta y traductor. Ha publicado los libros de poemas En su lengua (Gavriilidis, 2005), Currículum Vitae (Melani, 2006), Inspiraciones (Íkaros, 2009), Espiraciones (Íkaros, 2014), Disolución (Íkaros, 2017), La luna entra por todas las ventanas (Íkaros, 2017, edición no venal), Este, el cielo subterráneo (Íkaros, 2019; La Isla de Siltolá, 2024) y Cuerpo (Íkaros, 2023). Ha traducido obras de T. S. Eliot, Ted Hughes, Sylvia Plath, Ann Sexton y Anna Ajmátova
La margarita me alzó en mitad del cielo iluminando el mundo y vi claramente cómo se había blanqueado tanto mi cuerpo que parecía papel nonato y mis venas agujereadas, estas arañas del moho, hormigueaban y se enardecían, exorcizadas
YANNIS ANTIOJU
“ÉXODO”
a tu boz oí
en el huerto y temí, que desnudo yo,
y escondíme
Génesis, 3,10[1]
Extraña es la caída del ser humano. Cuando salí del bosque septentrional ya se habían salvado tanto la noche como mis palabras. Detrás de mí venían las aves y los animales blanquinegros; y amanecía al fondo del horizonte una gran margarita amarilla, como la que te envié en primavera.
En esta primera luz que pulveriza las montañas, yo era el ser humano humilde que desconchaba las membranas de su cuerpo, muriendo cada noche sobre él, debajo de él, dentro de él. Y mientras florecía la margarita amarilla, se desvelaba también el mar que bullía como la eternidad.
Y tuve miedo porque no sabía bien si había muerto y veía lo que dicen en mi siglo que ven los muertos. Luz, una luz blanca que desenvolví devanando con las manos el aire.
Y giré la cabeza para rezar durante el Sabbat, para que viniese y para que yo le importase, que a cada poco yo lo recordaba oculta y palmariamente. La margarita me alzó en mitad del cielo iluminando el mundo y vi claramente cómo se había blanqueado tanto mi cuerpo que parecía papel nonato y mis venas agujereadas, estas arañas del moho, hormigueaban y se enardecían, exorcizadas.
¡Qué veneno corría por mi sangre!
Llegando a la ciudad polvorienta, me persigné desde la cabeza hasta el ombligo. Busqué detrás de mí las aves y los animales blanquinegros. Se habían reunido todos bajo un ciprés caquéctico en cuya copa inclinada giraba como el fuego Zebaoth y dije: «Santo, Santo, Santo, Adonay Zebaoth, hinchimiento de toda la tierra su honrra.[2] Si no Adonay Zebaoth fiziera remanescer a nos resto poco, como Sedom fuéramos, a Hamorah nos asemejáramos».[3]
Y las aves comenzaron a crascitar enojadas, y los animales resollaban y abrían sus bocas salivosas. Y ni un ser humano había que me salvase, porque no viví nunca con los vivos, el único. Y corría con este agujereado cuerpo mío, para hallar un lugar donde enterrarme y salvarme.
Luego vi en el borde del camino una chabola desde cuyo agrietado techo una gavilla de oscuridad ascendía al cielo y recordé lo que había oído o lo que tú me habías dicho: que somos como chabolas, humillados y escasos, y dentro de la tierra desarraigamos pequeñas franjas de muerte.
Y empujé con fuerza la maldita puerta. En la ruina, por un agujero sin fondo, cual pozo, saltaba la noche y procedí, en mi furor, a perderme en su abismo. Pero clavé las piernas y hundí con las plantas de sus pies y con sus dedos unas tenacillas en la cornisa terrosa del pozo. Y cuando me apoyé bien y respiré, comencé a girar alrededor de la cornisa, para llegar hasta la otra estancia, y vi que ni las aves, ni los animales blanquinegros se acercaban a la maldita puerta, sino que con los ojos fosforescentes abiertos como platos delataban la manchada lucerna de la ruina.
En la otra estancia, en una gran mesa se apoyaba un féretro abierto, pero no distinguí bien y pensé en encenderme un cigarrillo para recobrar el aliento, para que la ruina se iluminase con su punta encendida. Y metí las manos en mis bolsillos en busca de tabaco y fuego. Pero estaba desnudo, totalmente desnudo. Y las estiré palpando primero sobre la mesa, luego sobre el féretro, hasta que comencé a buscar a tientas en la ropa del muerto.
Entre el tanteo, mi húmedo hálito, el olor de la ruina y la putrefacción del muerto, tuve la impresión de oír también un sollozo ahogado, un suspiro imperceptible, y dije, con tanto miedo como el que en una voz extenuada puede oírse: ¿hay alguien aquí? Y me inmovilicé de la manera en que ven las fieras en la oscuridad. Y la niña de mis ojos creció y comenzó a concentrar la oscuridad de la ruina. Hasta que en la cabecera de la mesa apareció la forma encorvada de mi madre sobre el rostro del muerto; y lo besó y se inclinó con los cabellos de su juventud y lo acarició. Y esto aconteció en los copiosos miedos para que no me perturbase. Porque durante toda mi vida veía mi funeral y tenía por costumbre entreabrir los ojos, estirar las manos hacia la ropa de cama y embozarme hasta arriba. Concluyó así la pesadilla y desperté. Pero cuanto más buscaba, ni ropa de cama, ni lecho palpaba. Solo mi cuerpo desnudo y roto como el papel apergaminado. Y cuanto más palpaba, más me rasgaba los pies y las manos y luego entre mis pechos, donde en otro tiempo la vida se inclinaba para sorber.
¿Cómo aconteció
que mi corazón se pudriese?
¡Dime!
¿Con qué voy a amarte?
Y me incliné cerca de su oreja para decirle que no se preocupase, porque yo había elegido tiempo ha estar muerto y porque así veía yo a los que había amado y a los que me adelantaron en la luz: muertos. Pero ya no tenía voz, ni sollozo, ni suspiro y me había rasgado dentro del papel que devine. Y ella olía como yo. Y las aves y los animales blanquinegros eran solo los signos de puntuación que separaban las palabras, las que descendían del cielo y las que yo alzaba excavando con las manos la tierra de la estancia.
Pero yo entonces había muerto, en la pequeña casa de tablas quemadas, allí en el altar de Hécate, que la gente hoy en día llama mar de las lluvias.[4] Y nunca te dije con claridad cómo es vivir en una chabola con un cielo agrietado. Que Dios te vea y que no te lleve. Que te vea también el Diablo y que se arrastre sobre ti. Cómo me apretaba los pies, los genitales y luego se elevaba helado y me mordía entre los pechos. Y, sin embargo, incluso entonces yo cantaba:
Es porque abro un abrazo rompiendo cadenas, te excavo en tus cabellos plantando esperanzas; es porque también mi piel no hace más que abrirse y cerrarse mientras mi lengua se sumerge en el vórtice
Es mi estrella flaquita, pero aún se enciende y se apaga y un perro que aúlla en sus dientes afila una gran belleza, toda la amargura del mundo, robo los hálitos de los vivos y negocio un rescate
Sabes que no te quiero, pero sopórtame no puedo, me abatiré, me encargaré, una vez raye el alba feneceré y ya supongo que mi vida es mi triste secreto
Apaga la luz, mira el cuello, oro brilla, Satanás. Inclínate, aquí, en el agujero que tengo en el corazón; tienes sed en tanto desierto, bebe un traguito
Y mi madre con esos cabellos negros se inclinaba, pero ni me veía ni me oía. Solo que también ella clavaba los ojos en la oscuridad de los escombros, porque sentía que yo rondaba. Y esparcía unas pocas flores que había recogido de mis últimos sueños en el cajón y las enterró entre mis pechos —te hablé de las margaritas y de las amapolas—, un agujero hacheado en mi corazón. Y oí dentro de sus labios cómo golpeteaban sus dientes roedores mordiéndose la lengua. Y frunciendo todas las líneas de su frente rota, envió a mi cabeza su calmo treno como exorcismo y maldición, de esta manera:
En lo alto en una colina inexpugnable rubia y seca, hogar dulce hogar abierto por siglos amargado, hasta que subas te entierras y te abres paso y revientas como si desenterrases mil huesos, te hundes, pero no llegas.
Con puertas y ventanas, tablas encallecidas, los manubrios bajo el ostro herrumbrosos crujen. Pero cuando abres y caminas, una mujer verde se alza inmóvil cual árbol, sus hojas tiradas y con su carne desnuda durante siglos espera este único breve instante que de inmediato resucita a amantes, a generales, a poetas y a trabajadores, dando a luz a un macho y a todas las ménades
Y cuando huelo a mar sobre la cama, crezco devengo rama, me extiendo en el mapa; de una región que no habito, de una casa que no poseo, viendo trenes en una estación, puerto por el que no hago más que correr
En este mar negro que se inmoviliza cual tumba; lo cruzo totalmente desnudo pesado cual si roca yo fuese y dentro dentro de la arcilla, en el infierno, en el Hades, solo durante este único instante trazo una señal
En las palmas de mis manos, tierras, nubes en mis cabellos y el cráneo florido, heridas en mis cuernos. Sacrificado demonio mil veces muero y en la sábana mi cuerpo celeste yace amortajado
En lo alto en una colina inexpugnable rubia y seca, hogar dulce hogar abierto durante siglos amargado. Allí hincadme bien, con clavos del siglo, una cruz, mi alfa y una áurea aguja
Y grabad un mensaje de este vampiro: «Son sus palabras mamas, entradas al inframundo; que los niños no las lean, que las muchachas de ellas no sepan, porque hinchan las mentes, la piel, las glándulas, para que él viva no muerto en palabras amargadas»
Y llegó la hora de que aquella encendiese una velita. La derritió con el fuego y la afianzó en la parte superior del féretro sobre el cabezal. En el escaso resplandor, el milagro y lo inesperado. Desde el agujero que el muerto tenía en mitad del esternón, salió a borbotones una gavilla de densa oscuridad. Una aniquilación completa que llegaba hasta arriba, hasta el Dios de los seres humanos, y apagaba una a una las estrellas del cielo.
¡Ah, mi amarga muerte! Te vi de nuevo preparar tus venablos, tejiendo una corona alrededor de la luna. Y mientras transitaba por mi vida, abría a escondidas tus pesadas puertas. Porque esto hacen los seres humanos al viajar.
Soy una humilde chabola con el techo agrietado, pero las aves que me siguen son las águilas de Federico y los animales blanquinegros, las fieras de Arturo.
Es extraña la caída del ser humano. Te he plantado con la cabeza dentro de la tierra, pero soy feliz y tú aún crees que te acostumbrarás.
La noche inclinó mi vida
y yo la cabeza.
En la profundidad de mi corazón
—este, el cielo subterráneo
[1] Biblia de Ferrara, traducción de Yom Tob Atias y Abraham Usque, edición y prólogo de Moshe Lazar, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1996. Se publicó en 1552. Los traductores eran sefardíes exiliados.
[2] Biblia de Ferrara, Isaías 6,3. Traducción citada en la anterior nota.
[3] Biblia de Ferrara, Isaías 1,9. Traducción citada en la primera nota.
[4] Vid. el poema «Disolución», de Antioju, incluido en su libro homónimo, Atenas, Íkaros, 2007, p. 51.
Mario Domínguez Parra ha publicado ensayos y traducciones del/al inglés, del/al griego moderno (una traducción en colaboración con Anna Niarakis) y del portugués en suplementos literarios y revistas: 2C, El perseguidor, Clarín, Periódico de Poesía, Poesía Digital, Casa del tiempo, Las razones del aviador, Cuadernos del Ateneo, Nayagua, Nexo, Poetry Salzburg Review, 3am magazine, Ezra: an online journal of translation, Βακχικόν, Το παράθυρο, Το Δέντρο.



