Reseña del libro “Polen de estrellas” Por Rafael Escobar Sánchez

En la Revista Trasdemar difundimos la literatura contemporánea de las islas

Presentamos en la Revista Trasdemar la reseña del libro “Polen de estrellas (BajAmar editores, 2025) poemario del autor Ramiro Rosón, miembro del comité fundador de nuestra Revista, a cargo de Rafael Escobar Sánchez (Belmonte, 1979) Nuestro colaborador es poeta, narrador, crítico literario y profesor de Educación Secundaria. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha en 2001, desde 2003 ha ejercido la docencia en diversos institutos de la región y, actualmente, en el IES Lorenzo Hervás y Panduro de Cuenca. En 2009 ganó el XXV Premio de Poesía Joaquín Benito de Lucas con Todo el mundo debería ser apedreado (Melibea, 2010). En 2012 publicó los poemarios Repartir los huesos y Caridad y claridad en un solo volumen (Editorial Cocó). En 2014 apareció su poemario Cerca de la herida, al que han seguido los poemarios Sino a quien conmigo va (2017), Lover, lover, lover (2021) y Confortablemente muerto (2026), todos ellos publicados por la editorial madrileña Tigres de Papel. Además de su labor poética, ha escrito la novela Botas de siete leguas (Mahalta, 2023) y se encuentra ultimando su segundo libro de narrativa. En febrero de 2026 fue elegido académico numerario de la Real Academia Conquense de Artes y Letras (RACAL). Fundó y dirigió las revistas Big Bang, La Hoja de Alicia y L and G, es presidente de la asociación Poesía para Náufragos y se encarga de la programación de las Jornadas sobre Fray Luis de León en su localidad natal. Ha colaborado con publicaciones literarias como Turia, Verbo Azul, Cuadernos Áticos, Veintiún Versos o Ex-libris.

Ramiro Rosón (Santa Cruz de Tenerife, 1989) Doctor en Derecho por la Universidad Carlos III de Madrid, ha publicado “La desgracia de Orfeo” y “El desdén de Colombina”, libro que recoge dos obras teatrales (Ediciones Idea, 2007), así como los poemarios “Tratado de la luz” (Ediciones Idea, 2008), “La simiente del fuego” (Ediciones Idea-Aguere, 2016), “Ruinas del paraíso” (Fundación Mapfre Guanarteme, 2017), que vio la luz en la colección Canarias en Letras junto a la serie de aforismos “Ángulo muerto“, de Sergio García Clemente, y “El llanto del demiurgo” (Ediciones del Genal, Málaga, 2022). Su obra más reciente es “El proyecto Borges y otros ensueños” (CCPC, 2026)

Comienza este polen, no solo de estrellas sino de poesía de primera categoría, con un buen ejemplo (obra de Javier Mérida) de un peculiar género que podríamos denominar “soneto de perfil”. Y, en efecto, Ramiro Rosón es un poeta que destaca por su resiliencia en el plano vital, por su compromiso cívico y poético (porque en él la palabra es un oficio riguroso)… y además el texto ya anticipa algunas de las líneas temáticas esenciales del poemario.

En su arranque, nos sorprenden ya unas referencias a la naturaleza en las que existe una reflexión sobre la raíz, sobre el germen telúrico de todo lo que existe (es ya significativo el uso de un término como “útero” en “Panspermia” o lo femenino como semilla que aniquila la retórica del supremacismo masculino en “Himno de una sacerdotisa de Europa”), entrelazadas con impresiones sensuales que nos dejan el sabor del Neruda de la etapa juvenil amorosa previa a su poesía de vanguardia. La certeza sobre la enorme limitación de lo “patriótico” da lugar a una conciencia de cosmopolitismo “cósmico”, extensible a la totalidad del universo (“Nada sé de banderas, /de gentilicios, / de palabras de muerte: /soy de las aguas primordiales, /soy un hijo de los cometas” se dice en el mencionado poema), una erradicación de los nacionalismos estrechos (como en “La risa de Demócrito”) que posibilita que la expresión “extranjero” pierda su connotación negativa de falta de identidad o desarraigo.

Apunta en otros momentos del libro una especie de nostalgia arcangélica o platónica. Como la de aquel oficinista de Alberti en que nadie era capaz de reconocer al ser alado que realmente era. En poemas como “Wanderlust” se canta a otra dimensión que persiste a modo de ensoñación terca mientras se pisa el dolor de este barro nuestro y que se afronta como un pulso contra las limitaciones no ya sociales, sino íntimas o estrictamente biológicas que le impiden fusionarse con la totalidad. Un instinto que no se considera del todo utópico y que por ello pulsa lo más tenaz de su voluntad (“Pero si el aire nunca me devuelve mis alas, /yo las haré de nuevo, con afán ingenioso, / y alzaré sin temores mi vuelo solitario, / buscando las estrellas en la cósmica noche”, al final del texto mencionado). “Lamento de un monje de Urano” intensifica ese afán convirtiéndolo en una denuncia firme de la hipocresía moral y sexual que solo puede desahogarse en el sueño de una liberación absoluta, tan vasta como el mismo universo.

“Mururoa” podría ser “Rocket man” de Elton John o “Space oditty” de Bowie, con toda esa melancolía (intensificada en el inventario de muescas dolorosas que es “Basura espacial”, metáfora tristísima de nuestro “don” para convertir la belleza en vertedero) que suscita la visión del planeta devastado por atrocidades que son responsabilidad exclusivamente nuestra y da pie a un sueño de redención imposible. Laika, sin dejar de ser más humana que nosotros mismos, se convierte en alegoría perfecta de la vulnerabilidad destruida por un progreso que, por ser tecnológico pero no ético, es una mentira, la más maquiavélica de las farsas. Y que, como una victoria moral pírrica, permite que el poeta afronte nuestra futurible extinción no solo con serenidad sino casi como un acto de justicia. Ya que, en el fondo… ¿por qué deberíamos ser ontológicamente superiores a las especies que también se integran en la naturaleza pero no la dañan”? Al menos, el “eterno retorno” acabará concediéndoles su legítimo lugar: “La vida seguirá creando seres/en su marcha infinita, desplegando/sus árboles ingentes de criaturas, /de las fosas marinas a las cumbres”, se afirma en “Paradoja de Fermi”.

Sin embargo, se canta la hermosa paradoja de que salir de la tierra cree una conexión íntima con el propio ser en que hay una verdadera hipersensibilidad para identificar los ritmos interiores de la vida (“En el mar de Humboldt, en la noche / de la deshabitada luna, /siento la música de mis latidos, / el timbal de mi sangre desde las arterias / hasta los más delgados capilares”, al comienzo de “Humboldt”). Sin detrimento de que no pueda inspirar también el vértigo de sumirse en las densas pesadillas que sugiere la sensación de soledad (“The dark side of the moon”).

En alusión al “perfil” que comentábamos al principio, es casi imposible imaginar un libro de Ramiro sin una (explícita, valiente) vena ética y cívica. Así en “Lamento de un soldado intergaláctico”, cuyo protagonista nos recuerda al de “El rojo emblema del valor” de Crane, un joven que se sugestiona con el idealismo épico con que los propagandistas adulteran la guerra para acabar dándose de bruces con lo cruel de sus motivaciones de violencia y codicia. Incluso a un nivel de sufrimiento más alto que el del personaje de aquel escritor yanqui que apenas tuvimos, porque su desencanto se gangrena en angustia por el tiempo y la juventud perdidas.

Otra de las mejores expresiones de ese sustrato moral del libro está en el excelente “Salmo de la insignificancia”, en que la conciencia de la propia pequeñez no es motivo de tristeza sino de una gratitud por existir en que ya no se precisa ser premiado (“No merezco la vida eterna / más que el gusano de la fruta, / los bacilos de Marte / o las rosas negras de Saturno. / Mis dedos y mis ojos no responden / a ninguna misión elevada”) con ninguna trascendencia o jerarquía superior a la de cualquier criatura viva. La faceta más siniestra de lo tecnológico apunta en “La mejilla del robot”, donde la sensualidad pierde todo su significado al desligarse de lo humano para convertirse en un simulacro sórdido de placer que culmina en conciencia de abandono. Toda la agudeza de esta lucidez crítica lleva incluso a considerar la inexistencia un privilegio, el ahorro piadoso de un dolor tan agudo como gratuito (“Para un hijo no concebido”).

En el plano estilístico, resulta fascinante la mezcolanza de referentes culturales con un hibridismo desprejuiciado entre lo grecolatino y lo posmoderno. Como en el traje de cosmonauta asociado al mito de Ícaro en “Suitsat-1”, la identidad homérica con que se define el protagonista de “Contrapunctus XIV” o el Ulises interespacial de “Retorno”, que aguarda su regreso al cobijo doméstico tras deambular por lo infinito del universo, un tránsito en que su crecimiento interior le ha enseñado a relativizar el miedo pero también a engendrar el temor a ser el “Nadie” que alguna vez aceptó como nombre. No sé si se inspira en algún referente conocido o es una invención… pero resulta mágica esa “cortesana de Venus”, más bien una diosa cuyo imperio es el de la democratización universal, cósmica, de los impulsos sexuales, donde la carne es también, además de una sanación, una llave para acercarse a los enigmas del mundo. Finalmente, en un libro de estas características temáticas resulta esperable la abundancia de jergas o tecnicismos científicos. Pero es imprescindible matizar que no persiguen el hermetismo, ni siquiera la extravagancia o el exotismo léxico, sino la precisión; por tanto, se ajustan a la más estricta adecuación y no perturban la lectura de unos textos cuyo encanto no menor es la claridad de su dicción, su equilibrio entre la espontaneidad y el formalismo.

Pienso, antes de terminar estas líneas que ya son demasiado largas y precisan de un colofón urgente, ya en un plano más personal, que apenas ha habido presencia de poetas canarios en el festival de poesía para Náufragos de Cuenca (solo recuerdo la excepción de Antonio Puente, natural de Las Palmas). Y que difícilmente encontraría por esas tierras una voz que, siendo aún joven, suene ya tanto a lírico grande y de voz personal y consolidada.


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