
Presentamos en la Revista Trasdemar la nueva colaboración de Daniel Bernal Suárez, con la reseña dedicada al libro “Regresar a Lancelot” del escritor Fabio Carreiro Lago (Vigo, 1986), un volumen de narrativa publicado por la editorial canaria Siete Islas. En vísperas de nuestro sexto aniversario, Daniel Bernal Suárez estrena la serie “El envés de las islas” dedicada a la crítica literaria y la reseña de libros que incluimos en nuestra sección “El invernadero” de literatura contemporánea de las islas
Apelar al término «Lancelot» nos remite, sí, a la obra precedente ya citada de Agustín Espinosa, pero lo hace, además, como homenaje y como recuperación de esa aspiración mítico-poética que alimenta la escritura espinosiana. De modo que la recreación de Lanzarote se lleva a cabo mediante su conversión en imagen literaria, la inmersión en el diálogo creativo con Espinosa y la reactualización mítico-poética que efectúa Carreiro Lago. Habitar la isla transmutada en palabra como forma de salvaguardar el territorio
DANIEL BERNAL SUÁREZ
1. Regresar a Agustín Espinosa
Fabio Carreiro Lago ha publicado recientemente su novela Regresar a Lancelot en la editorial Siete Islas. Con anterioridad, había incursionado en poesía (Régimen del mar, Casa de los volcanes, Sur & Norte, Arqueología experimental), en narrativa corta (Noches de naufragios, Una felicidad sin tiempo, Siempre el vacío) y en novela (El jardín de los púnicos).
Regresar a Lancelot es una novela que atesora varias capas de sentido que elucidaremos a continuación. En primer lugar, la obra es un homenaje al escritor Agustín Espinosa (1897-1939) y lo es por partida doble: tanto en lo que atañe al desarrollo de los temas como a su forma. La obra nos cuenta la historia de un personaje que reside en Lanzarote; una historia que, por momentos, discurre en paralelo a determinados episodios de la vida de Agustín Espinosa durante su estancia en la misma isla. La narración imagina y recrea rutas, instantes en el centro escolar donde era profesor Espinosa, diálogos con el sacerdote mencionado en Lancelot 28º-7º, posibles pensamientos del escritor tinerfeño.
Agustín Espinosa, «la personalidad más vigorosa de entre los vanguardistas insulares», en palabras de Lázaro Santana, pergeña durante su estancia en Lanzarote una recreación de la isla a través de su libro Lancelot 28º-7º. Pues bien, Fabio Carreiro Lago no solo introduce, como decimos, al vanguardista tinerfeño en su propia narración, sino que genera un diálogo creativo con la obra espinosiana hasta el punto de que algunos de sus capítulos responden a los del libro de Espinosa; verbigracia, la penúltima sección de Lancelot 28º-7º, titulada «Rectificación de Arrecife» y el penúltimo capítulo de la novela de Carreiro Lago encabezado como «Actualización de Arrecife (2025)». También se advierten algunas expresiones prestadas: nuestro autor escribe «El viento cazador de retórica y de mitos», en clara evocación de «El viento ha sido siempre, sobre todo, un gran cazador de retórica» de Espinosa. Numerosos elementos de Lancelot 28º-7º hallan resonancia en Regresar a Lancelot.
Retrotraigámonos entonces al libro de Espinosa, una muestra singular de las primeras instancias vanguardistas, que mezcla registros en breves pasajes episódicos y que, al decir del crítico Juan Manuel Trujillo (1907-1976):
Lo que le informa, lo que le mueve, su obsesión, su tiranía interior es asociar objetos, maridar ideas, reunir figuras, por dispares, lejanas, extrañas o contrarias que parezcan, objetos, ideas y figuras. Remover, deshacer y rehacer todo este diccionario que es la naturaleza.
En efecto, como señala Trujillo, la poética del maridaje de lo extraño y la ruptura de los discursos convencionales acerca de la propia obra literaria informan la escritura entera de Agustín Espinosa. Y, además, en Lancelot 28º-7º lo que hace el vanguardista canario es aplicar esas técnicas para conseguir «la primera interpretación contemporánea mítico-geográfica de la isla», según palabras de Ramón Feria (1909-1942).
El libro de Carreiro Lago dialoga también con esta voluntad de apertura de la escritura y se articula bajo la figura de una novela episódica que trasciende la presentación de una trama lineal en pos de una obra que mixtura la historia principal con fragmentos de corte más lírico, en algunos casos decididamente rupturistas y en diálogo con la escritura vanguardista espinosiana; con una exposición introspectiva que indaga sobre la soledad, el amor y sus frustraciones; con la reflexión sobre la posibilidad de convertir la isla en un hogar. Todo ello, junto con la intertextualidad y ciertos rasgos de estilo, convierte Regresar a Lancelot en una pieza de notable madurez dentro de la producción de nuestro autor.
2. Los vaivenes del amor, la isla habitable
En Lancelot 28º-7º el protagonista es Lanzarote: sus paisajes, su historia, sus figuras humanas, su naturaleza. En Regresar a Lancelot el protagonista es alguien que quiere entender la isla, convertirla en espacio habitable, en morada de felicidad. En ese proceso de convertir la isla en hogar y de sintonizar con ella, el narrador nos habla de múltiples lugares y personajes, aunque siempre en relación consigo mismo. Y es que Carreiro Lago ha construido una novela de corte introspectivo que abunda en distintos temas a los que aludiremos.
El primer tema se refiere a la búsqueda del amor, a su necesidad indomable. Se relatan momentos compartidos en una relación que vive entre malabarismos, en un permanente tira y afloja, en donde el personaje principal ama con cierta intensidad, pero solo obtiene una entrega parcial de su amante. La frustración brota de esta falta de correspondencia entre la dedicación y la atención que prodiga y la respuesta intermitente que recibe. Y todo ello revela, en definitiva, las vulnerabilidades del protagonista.
El segundo gran tema de la obra, y acaso sea realmente el primero por su relevancia, es la relación con Lanzarote. Tras la fase de descubrimiento (que parece no concluir nunca, ya que el espacio insular muestra primicias y transformaciones por doquier), el protagonista anhela convertir esa isla en hogar, inventariando sus recovecos, su memoria, internándose en locales y paisajes, observando especímenes vegetales, admirando los productos de erupciones volcánicas pretéritas, conversando con sus habitantes, sintetizando sus visiones sobre la educación (es profesor de enseñanza secundaria) y la inmigración. Pero he aquí que el impasse vital en el que se encuentra se traduce en un tedio persistente. Como si la aridez del paisaje y el tedio guardaran algún tipo de paralelismo. Es curioso cómo el propio autor, en el que fuera su primer poemario, Aislamientos, ya hablaba de las correspondencias entre el espacio insular y las emociones: «Debo admitir que la isla lejana / se parece a mi alma». En Regresar a Lancelot, llega a decirse del personaje principal que se halla en un «estado latente», como si se tratara de una semilla o una espora, formas biológicas de resistencia frente a la adversidad.
De modo que este sujeto se debate entre la rutina y el ansia de libertad, en ese enclave insular que ansía convertir en casa. Y es que se «necesita tiempo para percibir un paisaje y su belleza secreta» (p. 19). ¿Acaso las búsquedas del amor y del hogar son una y la misma cosa? Se interroga el narrador:
¿Qué has buscado? ¿Qué no has buscado en su cuerpo cuando todo era un secreto? Su cuerpo, un territorio. De memoria lo recorres. Para ti, su piel sería suficiente para cubrir toda la extensión de la isla. Ya no puedes separar su vida de lo que significa para ti este lugar. (p. 14)
Lo que consigue la novela de Carreiro Lago es transformar el contacto con Lanzarote en una intensa experiencia interior. Como si la isla reclamara un invisible resurgir en nosotros, tal como escribiera Rilke (1875-1926) de la tierra en la novena de sus Elegías de Duino.
Apelar al término «Lancelot» nos remite, sí, a la obra precedente ya citada de Agustín Espinosa, pero lo hace, además, como homenaje y como recuperación de esa aspiración mítico-poética que alimenta la escritura espinosiana. De modo que la recreación de Lanzarote se lleva a cabo mediante su conversión en imagen literaria, la inmersión en el diálogo creativo con Espinosa y la reactualización mítico-poética que efectúa Carreiro Lago. Habitar la isla transmutada en palabra como forma de salvaguardar el territorio.
Además de experimentar la sensación de amor truncado y el tedio que hemos señalado, el protagonista se ve atravesado por la extrañeza ante el mundo, la soledad y la desilusión fruto del distanciamiento respecto de sus sueños. Encuentra en la lectura un contraveneno, un remedio frente a la desazón. Pasan por las páginas de la novela menciones a narradores y poetas como Cavafis, Julian Barnes, Quevedo, Petrarca, Garcilaso, Cernuda, Virgilio, Homero, Plath, Eliot, Karen Blixen y Malcolm Lowry; filósofos como Parménides, Aristóteles y Platón; y escritores canarios como Baltasar Espinosa, Manuel Padorno, Rafael Arozarena, Félix Hormiga, Leandro Perdomo y Ángel Guerra.
También acuden los recuerdos familiares, especialmente la imagen del abuelo, cuyas historias del mar y cuyos dibujos se evocan con gran ternura en la novela. Y comparece ocasionalmente la memoria familiar de la posguerra, con su carga de penurias.
Asimismo, el protagonista alude a los problemas educativos derivados del menoscabo que ha padecido la autoridad del profesor, a la atonía general en las aulas, y a la dificultad de conseguir la atención del alumnado. Otro tema que me parece relevante, dada la actual situación del archipiélago, es la configuración multicultural resultante de la inmigración latinoamericana y africana, que propicia la coexistencia de rasgos y costumbres culturales muy disímiles, lo que contribuye a conferir un perfil novedoso a Lanzarote.
3. Algunas cuestiones de forma y estilo
La escritora Vernon Lee (1856-1935) expuso que existía un sentido del estilo que se refería al método de presentación, es decir, «al modo de dividir y disponer un tema, a la selección de las palabras para expresar el significado transmitido del escritor al lector con la menor diferencia posible entre el efecto producido y el efecto pretendido». Y añadía: «todo el oficio literario puede englobarse en el concepto de “construcción”».
Fabio Carreiro Lago ha prestado especial cuidado en la construcción de esta novela y ha entablado un diálogo fructífero con el libro de Agustín Espinosa para concebir un relato que trascienda la exposición lineal de peripecias. Antes bien, y en consonancia con los temas abordados, el autor dispone una obra escrita a partir de capítulos breves que incorpora a ratos el fragmentarismo, el lirismo o la crónica y que desarrolla un proceso de introspección, pero lo hace mediante el empleo de la segunda persona. Ese «tú» remite a un desdoblamiento en el que el narrador pareciera dirigirse a sí mismo marcando un distanciamiento que encauza el «autoanálisis», pero también provoca un curioso fenómeno de acercamiento (porque el lector siente que se presenta ante él una suerte de escenario).
El texto, sin embargo, no adopta la forma de una crónica retrospectiva, pues en él predomina el uso del presente como forma verbal. Esto ralentiza la percepción del paso del tiempo y nos instala en un «ahora» que permite narrar desde la aprehensión del protagonista mediante la focalización interna. Por consiguiente, el tiempo transcurre denso, con parsimonia. Muchos capítulos semejan estampas detenidas o que avanzan morosas mientras la mirada ejerce su escrutinio. Hay, por tanto, cierto adelgazamiento general de la anécdota narrativa.
Y resulta curiosa la autoconciencia del narrador, que pareciera dejarnos pistas sobre las distintas decisiones formales a lo largo de la obra. Nada refleja mejor el estado de latencia en el que se halla el protagonista que esta forma de tratar el tiempo de la que hemos hablado. Leemos: «Escenas aparentemente anodinas son las que representan con mayor fidelidad el día a día, el tedio. Las circunstancias de la supervivencia» (p. 81). También al referirse a la relevancia de experimentar con el trazado de la escritura, observa: «La literatura es una experimentación. Si deja de serlo, deja de ser ficción» (p. 187).
Esta vertiente de experimentación es la que lleva al escritor a integrar diversos formatos en la corriente de la novela; así nos topamos con el texto a dos columnas «Nu2» (pp. 191–193) que juega con la noción de hilvanado textual de dos hilos: la labor de macramé que ejecuta la abuela del personaje y el entramado que constituye la propia escritura. También aparecen el flujo de conciencia que supone el capítulo entero «Viento en el jardín» (pp. 210–214) y el poema-collage «Viento» (pp. 237–238), en el que las palabras se esparcen oscilantes a través del espacio de la página como dunas mecidas por el viento.
Por último, quisiera señalar que Regresar a Lancelot incorpora, en cierto grado, procedimientos propios de la autoficción. Recuperemos la definición que Serge Doubrovsky (1928-2017) dio de esta: «relato cuya materia es enteramente autobiográfica y cuya forma es enteramente ficcional». Ficcionalización de sí, construcción novelesca. En palabras de Julia Musitano:
Los relatos autoficticios son relatos ambiguos porque no se someten ni a un pacto de lectura verdadero, ya que no hay una correspondencia total entre el texto y la realidad como la que postula el pacto referencial, ni ficticio, porque se mantienen en ese espacio fronterizo e inestable que desdibuja las barreras entre realidad y ficción. La autoficción constituye un subgénero híbrido o intermedio que comparte características de la autobiografía y de la novela. En ellas se alteran las claves de los géneros autobiográfico y novelesco y el pacto se concibe como el soporte de un juego literario en el que se afirman simultáneamente las posibilidades de leer un texto como ficción y como realidad autobiográfica.
El novelista no requiere dejar una marca explícita; no se produce identificación personaje/autor dentro del relato mediante alusión directa al nombre, id est, no observamos equivalencia nominal entre autor, narrador y protagonista. Ni falta que hace, añadimos, pues dicha correspondencia se verifica a través de determinadas marcas narrativas que afectan al protagonista y coinciden con datos biográficos de Carreiro Lago: la residencia en Lanzarote, el trabajo en el mismo centro educativo, las lecturas, la escritura, los antecedentes familiares gallegos. Estos rasgos sirven como indicios si tenemos en cuenta lo que el teórico Gérard Genette (1930-2018) llamaba epitexto: elementos que no forman parte del propio texto literario, pero que lo acompañan y pueden orientar su lectura y que circulan fuera del propio volumen, como pueden ser entrevistas, cartas, textos críticos o declaraciones públicas. Con todo, huelga decir que estas meras equivalencias no menoscaban el carácter eminentemente ficcional de la obra.
Decía antes que el autor nos lega señales sobre algunas decisiones formales; pues bien, al hablar de Mararía, la novela de Arozarena, y discutir si sus personajes se inspiraron en personas reales de Femés, el narrador afirma: «¿Qué importa que los personajes se basaran en otros que existieron o no?» (p. 248). Lo mismo resulta aplicable a Regresar a Lancelot.
Como sabemos, la autoficción problematiza la relación entre verdad y ficción, entre memoria y escritura. A nuestro autor parece interesarle, sobre todo, dotar a la narración de un carácter ficticio y, por ello mismo, distanciarla de cualquier marco referencial originario. De ahí que la segunda persona narrativa pueda cumplir dos funciones: favorecer el autoanálisis mediante el desdoblamiento y distanciar el relato de la contingencia de lo real que le sirve de punto de partida.
En última instancia, recobremos el modo en que el propio Serge Doubrovsky, padre del término autoficción, concebía este formato de escritura (aunque reelaboraciones críticas ulteriores apunten en direcciones divergentes de la suya). En primer lugar, está la consideración de que a una suerte de limo real se le otorga una forma ficcional por el desplazamiento que entraña el lenguaje (por haber «confiado el lenguaje de una aventura a la aventura del lenguaje», Doubrovsky dixit). En segundo lugar, tenemos la idea de que el «sentido de la vida no existe en ninguna parte, simplemente no existe. No se descubre, sino que se inventa; no parte de cero, sino que se construye a partir de todas las huellas: se construye» y en ello abunda el narrador de Regresar a Lancelot cuando advierte: «Nunca termina de pasar el pasado. No lo estás contando como ocurrió, sino como lo sentiste por dentro» (p. 28). Por tanto, no se trata de pretender una imposible fidelidad a los hechos, sino de privilegiar la sensación reelaborada por la conciencia a posteriori: es allí donde se «construye» el sentido de una vida. Y esta reelaboración convierte en ficción todo cuanto toca. Y, por último, rescatemos la alusión de Doubrovsky a la ruptura del orden discursivo tradicional, aunque, en su caso, se formule en relación con el psicoanálisis y no tanto con la transmutación literaria que lleva a cabo Carreiro Lago.
El hastío acaso sea el viento sempiterno que penetra la sucesión de los días. La lectura, la brújula para sostener el norte de la existencia en las palabras de los otros. Y entonces regresamos a Lancelot, a la isla mítica ideada por Espinosa, como quien se adentra en el pasado para forjar el sentido del presente. Lancelot: una isla suspendida entre el tedio y el deseo.
Et tout le reste est littérature, como escribió Verlaine.
Referencias
Carreiro Lago, F. (2016). Aislamientos. Uno Editorial.
Carreiro Lago, F. (2026). Regresar a Lancelot. Editorial Siete Islas.
Doubrovsky, S. (1980). Autobiographie/vérité/psychanalyse. L’Esprit Créateur, 20(3), 87–97.
Espinosa, A. (1988). Lancelot 28º-7º: guía integral de una isla atlántica (N. Palenzuela, Ed.). Interinsular Canaria.
Feria, R. (2008). Obras completas: poesía y ensayo (A. Rodríguez Concepción, Ed.). Ediciones Idea.
Genette, G. (2001). Umbrales (S. Lage, Trad.). Siglo XXI Editores.
Lee, V. (2023). Sobre el estilo (B. Gago, Trad.). Guillermo Escolar Editor.
Musitano, J. (2016). La autoficción: una aproximación teórica. Entre la retórica de la memoria y la escritura de recuerdos. Acta Literaria, (52), 103–123.https://doi.org/10.4067/S0717-68482016000100006
Rilke, R. M. (2000). Elegías de Duino, Los sonetos a Orfeo y otros poemas; seguido de Cartas a un joven poeta (E. Barjau & J. Parra, Trads.). Círculo de Lectores.
Santana, L. (1987). Modernismo y vanguardia en la literatura canaria. Edirca.
Trujillo, J. M. (1986). Prosa reunida (S. de la Nuez, Ed.). Aula de Cultura de Tenerife, Cabildo Insular de Tenerife.

Daniel Bernal es autor de los poemarios “Escolio con fuselaje estival”, “Corporeidad”, “Odiana”, “El tiempo de los lémures” y “Meditaciones del pez austral”, además del libro de microrrelatos “Manual de crucificciones”. Su obra ha sido reconocida con numerosos galardones, entre ellos los premios de poesía Ciudad de Tacoronte, Luis Feria, Pedro García Cabrera y Nuevas Escrituras Canarias, y ha sido traducida al portugués y al rumano.
Además de su faceta como escritor, desarrolla una intensa actividad como crítico literario, editor y gestor cultural. Dirige la revista “La salamandra ebria”, ha publicado artículos de crítica y ensayo en numerosos medios especializados de España e Hispanoamérica y ha impartido talleres de creación literaria en instituciones públicas, centros educativos y espacios culturales. También ha participado como ponente en festivales y encuentros dedicados a la literatura y la creación contemporánea y fue presidente de la Sección de Literatura y Teatro del Ateneo de La Laguna



