“La orográfica corporal” Por Alma Datil Calderón

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea de las islas
Cortesía de la autora

Presentamos en la Revista Trasdemar una muestra literaria de la autora puertorriqueña Alma Datil Calderón (Morovis, 1996) poeta, editora y gestora cultural a quien damos la bienvenida en nuestra revista. Es autora del poemario “Zarpar en Yaguas” (Editorial Pulpo, 2026).Estudia un Bachillerato y Maestría en Escritura Creativa y Literatura, al igual que una Concentración Menor en Francés en la Universidad del Sagrado Corazón. Ha publicado en revistas tales como La Corcheta, La Libreta Online, Revista Kametsa y 90 Grados; y a la vez, forma parte de la Antología de poemas ganadores de Poetry Slam (2025). Fue finalista en la gran final del Puerto Rico Poetry Slam 2025. Alma es la creadora del evento “Poesía en el Nacimiento”, una noche de poesía enfocada en las tradiciones e historias navideñas puertorriqueñas. Es editora del libro Cuentos a La Goyco: Antología de Estudiantes de Escritura Creativa y una de las correctoras de la novela No contaban con las ondas de Laurandrea Torres (Las Marías Editorial, 2025).

Y al levantarme,

dejo impreso una sombra de lluvia

para que las nubes vean que esta tierra,

aunque enyesada y desatendida,

también es mía.

ALMA DATIL CALDERÓN

LA OROGRÁFICA CORPORAL

En Morovis,
en esta cueva abierta
que pare ríos sin agua,
llueve.

En esta jalda húmeda,
que se arropa
con neblina y dulce néctar,
llovizna.

Por este huerto envejecido,
que se despide
de raíces verduzco,
chubasquea.

Al pie de la cuesta de casa,
sobre la brea que rebusca
entre mis llagas secas,
me acuesto.

Me desnudo bajo esta lluvia orográfica,
y me vuelvo montaña
para que la silueta bajo mi ropa,
se refugie.

Y al levantarme,
dejo impreso una sombra de lluvia
para que las nubes vean que esta tierra,
aunque enyesada y desatendida,

también es mía.

SEPULTAR EN LA PRADERA

¿Será aquí,
en este minuto empírico,
cuando conceda mi vigor
al canto de las trompetas?

Cuando mis extremidades
se pudran de calambre,
arraigadas a este matorral arpía
que no pare flamboyanes.

¿Será aquí,
con este hastío raíz
infestado de hongo,
que pueda rendir la narcosis
en una cama de musgo?

Que pueda sepultar
mi carúncula
para que se sequen
aquellos suplicios
que no despojé.

Es aquí,
en esta pradera azafranada
que refugia occisos,
donde cederé mi capullo
en la necrópolis.


ALMA TERESA

“Te pareces a Tere”. No recuerdo la primera vez que escuché esa frase, pero espero que lo incluyan en mi lápida y la decoren de amarillo tulipán. Abuela, ¿cuáles habrán sido tus flores favoritas? ¿Eras de playa o de río como el Rivera de tu padre? En tu defunción a los 33, ¿sabías que tu nuera te iba a encarnar a los 33 de tu hijo? Te conozco a través de los cuentos de papi y te he buscado en cada espejo y reflejo que existe porque según tu sangre, “eres la misma cara de Tere”. Según mami, “caminas igual de trotona que Tere” Según abuela Carmen, “tienes los ojos de Tere”, y van montando un bosquejo de tu cuerpo de madre prematura hasta censurar tu voz. Pero nadie de los cosechadores de dátiles habla de que nunca jugaste con tus muñecas, no confiesan acerca de los hombres que no te dejaron ser poeta, nadie sabe que tu rencor rezagó por el Almirante hasta que encontró mis manos. Heredé una rabia que no caduca y resisto los hitos de violencia que viviste. Tengo celos que se tornan celajes porque el silencio disfrutó de tus gritos y no te dejaron cargar la nieta que tanto anhelabas. Terminaste siendo espejismo en mi temporal. Un paralelo en sueños letrados y yo una viuda de unas manos que nunca se arrugaron. ¿Cómo se ama a un muerto que nunca besaste? ¿Cómo se extrañan unos ojos que nunca viste? ¿Cómo una Alma añora los brazos de una Alma que nunca la cargó? ¿Cómo se llora por una abuela que nunca existió?


MEMORIA

Me divorcié de Mirena

Le temo a la maternidad. No sé qué pasará con mi cuerpo y mi mente cuando esa yerba mala crezca dentro de mí. Cuando patalee mi estómago en busca de espacio para dormir, cuando se ponga de cabeza para darme náuseas, cuando me haga llorar porque no me veo los pies o cuando me haga desenfocar mis pupilas a la que escuche ese primer llanto.

Aun así, estaba dispuesta a llenar mi boca de acidez con tal de sentir el remolino de sus manos inflar mi barriga. Grapar estrías en mis muslos, tapar mi ombligo con audífonos y ponerle boleros. Botar el sueño por las noches, incomodarme con los perfumes de quien fuera su padre y dejar que la mala barriga me convenza de excluir familiares. Quería ser miserable de sus gritos, pelar mis bolsillos con la compra de pañales, llenar mi closet de kimonos y recibir las caídas de cabello y canas aun estando sin mami en Florida, pero eso quedó versificado en mis diarios.

¿Cómo ser madre sin alguien que fuera padre? ¿Cómo se alimenta un óvulo sin aguas fertilizantes? ¿Cómo alegrarse de ser sobria de anticonceptivos cuando me quitaron la ilusión de la maternidad? Cargaba una ‘T’ en mi vientre y juré desprenderme de ella cuando mi matriz se antojara de enraizar un cuerpo ajeno.

En la mañana de aquel 7 de julio del 2022, el taco en mi garganta ahorcaba mis ojeras. Llevaba semana y media soñando con unos cachetes rosados carcajeando mis mañanas y unos iris entrecerrados abrazando mi piel. Sin embargo, esas risas ilusas y piel recién nacida se pudrieron con aquel apellido que traduce al abandono. La peste a látex y desinfectante nublaba la sala de espera del ginecólogo. Se me activó un astigmatismo del lloriqueo que llevaba desde la mañana. La técnica me llamó al cuarto y ahí quedé tirada en la camilla con el papel de estraza arrugando mi bata y los vellos de mi espalda.

Los pasados tres años se conglomeraron en mi cabeza y la resolución de desligarme de la alcahuetería de mis 21 reverberó en mis oídos. Yo tenía 25. Rota como las promesas, vacía como mi cama, abandonada como mis maletas llenas de ropa interior sin estrenar. Mis tímpanos se llenaron de sal, mis ojos con una nota de maldeamores y mi pecho marañas de occisos.

Entró la ginecóloga y les preguntó a mis labios hinchados qué les pasaba y mis huesos se volvieron polvo. Vertí lo que sobraba de los posos de mis venas. ¿Cómo le pido perdón a mi vientre por regresar a la regla? ¿Cómo hago las paces con mis caderas antojadas por parir? En varias ocasiones me han hablado del aborto, pero nadie me preparó para divorciarme del anticonceptivo porque no hay nadie con quien mis ovarios puedan bailar. Tomé la torpe decisión de botar pesos que retenían mis senos y volví a ser talla B. Volví a ver mis ojos al sonreír. Quemé el último cable que me ataba a aquella convivencia asesina de sueños. Empiezo a verme flaca, pero ahora cargo estrías de sobrepeso y no de preñada.

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*Mirena es el nombre comercial de un dispositivo intrauterino hormonal. Un dispositivo intrauterino hormonal es un tipo de anticonceptivo que se coloca en el útero y usa hormonas para evitar la concepción a largo plazo.*

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