“La gota” Por Nicolás Dorta

Nicolás Dorta (Guía de Isora, Tenerife, 1978)

Presentamos en la revista Trasdemar un relato del autor Nicolás Dorta (Guía de Isora, Tenerife, 1978) Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna, Máster en Gestión y Organización de Proyectos y Espacios Culturales. “Las zonas comunes” (Franz Ediciones, 2020) es su primer libro


Había dejado de llover y la noche parecía un mundo nuevo. Cruzábamos la ciudad en dirección a El Llano, donde la urbanización seguía creciendo. Los árboles ahora estaban en los jardines, prácticamente iguales, como los tejados, las chimeneas, los muros, los coches encajados en los garajes, los juguetes de los niños y las casetas de los perros. En cada hogar surgía alguna luz encendida. Por la ventanilla del coche entraba el aroma de los limoneros plantados junto a los portales.


Llegar a la casa de Flaco era casi un instinto. En el salón había una enorme estantería con fotografías familiares. La cocina tenía todos los electrodomésticos necesarios para la vida. En la terraza, una gruesa columna de humo subía desde la barbacoa hacia el cielo. Las estrellas parecían más cercanas y brillantes que nunca. La comida estaba en la mesa del jardín. Había varios tipos de ensaladas, pan rebanado, surtidos de quesos, aceitunas verdes y negras, salsas de yogurt, de pimienta y cilantro. Salchichas troceadas en tablas. Solo quedaba saludar, picar algo, abrir una cerveza.


Todos crecimos por aquí y nos marchamos. Todos menos Flaco. Él prefirió no moverse. Y ahora medíamos los gestos, como si nos diéramos miedo. Pero al rato, algunos se empeñaron en recordar cosas, cuando creíamos que lo soñado podía llegar a cumplirse. Y con chispas en los ojos, brindaban «por aquellos años». Y citaban lo de «pocas responsabilidades» como una ventaja. Al final, nos abrazamos, cómplices. «¡Te acuerdas, te acuerdas!». Luego llegó la tristeza. O eso me pareció.


Junto al jardín, en una pequeña habitación, un grupo de bebés dormía en sus carritos, lejos del ruido de las voces, del olor a toda aquella carne asada que nos comeríamos hasta hacerla desaparecer. Flaco disfrutaba con eso: la barbacoa, los amigos, el control de los alimentos y las bebidas. Calentaba la carne con la paciencia de un cazador. Controlaba las oscilaciones del fuego, los tiempos del banquete. Apenas probaba bocado. Llegaba a la mesa y dejaba las bandejas sangrientas, olorosas. Luego volvía a su puesto. Esa noche se podían escuchar los grillos frotando sus alas. Pero no pude ver ni uno solo. Andaban en medio de la oscuridad, en el jardín o en la calle. Quién sabe. Debajo de las piedras, invisibles.


En el baño me lavé la cara. Me froté los ojos con las yemas de los dedos, en círculo, unos segundos. Y creí ver a mi padre. La cara de mi padre en mi cara, con el mismo gesto de querer estar tranquilo. Antes de regresar a la mesa atravesé un camino de piedras lisas que rodeaba parte de la casa y terminaba justo al lado del garaje. Allí estaban los coches, cada uno con la silla del pequeño en los asientos traseros. Parecían agotados, como si acabaran de recorrer miles de kilómetros. Algo sonaba dentro de ellos. Diría que una gota desplazándose por las entrañas de cada motor. Una gota escurridiza que los mantenía con vida. El garaje era también un cuarto de herramientas, un taller donde Flaco convertía chatarra en «objetos de arte», decía. Le gustaba almacenar cosas aparentemente inservibles: el amortiguador de un camión, la memoria rota de un ordenador, la campana de una trompeta, cualquier pieza que ya no formara parte de nada. «El secreto está en el tratamiento del objeto y la relación que puede tener con el espacio y el tiempo», repetía Flaco como de memoria. Pronto consiguió vender algunas obras. Los primeros compradores fueron sus vecinos, una pareja de daneses. Se habían mudado recientemente a la isla. Regaban el jardín todas las mañanas. Jugaban con su hijo. Construyeron un arco y flechas de madera. Tenían una diana a la que disparaban con precisión. Celebraban discretamente cada tiro acertado. Los vecinos pusieron la escultura debajo de la escalera e invitaron a cenar a Flaco. Comieron un estofado de ternera hervida, servida con hojas de laurel y pimienta. Parecían entender las razones por las que aquel objeto decía cosas. A primera vista era un cilindro metálico, enorme, pintado de negro, con una decena de orificios y bolas blancas, como pelotas de golf, incrustadas. Los extranjeros eran agradecidos, poco conversadores, risueños. Y también estaban esa noche con nosotros. Les agradaba aquella exagerada gestualidad. Su silencio se alimentaba de nuestro ruido. Trajeron un licor que solo algunos se atrevieron a probar. «De todo se puede hacer licor», dijo Flaco.


El garaje tenía también dos congeladores frigoríficos. Desprendían un sonido estable e incómodo, un murmullo con el poder de conservar para siempre cualquier cosa. Abrí uno y encontré bolsas transparentes de diversos tamaños. Una fina capa de hielo no dejaba, a primera vista, reconocer su interior. Pero al palparlas comprobé que era carne troceada, en porciones pequeñas. En el otro congelador había más bolsas. Estuve un rato allí, quieto. Y salí con las yemas de los dedos heladas, dormidas. Al pasar por el jardín sentí los grillos con mayor intensidad. Anunciaban el comienzo del verano.


En la mesa, Rebeca miraba hacia arriba. Buscaba un planeta en el lado izquierdo del cielo donde decían que comenzaba el universo. «He comido mucha carne», se lamentó con las manos en el estómago. Nadie se fue antes de tiempo. Todo el mundo quería contar lo suyo. Buscábamos la aprobación por el sitio elegido para vivir, el supermercado al que íbamos, el colegio público o el privado, caminar o correr, las medicinas más apropiadas para cada dolencia, los restaurantes, las ventajas de dejar el pan, qué series ver, las ciudades a las que era imprescindible ir. Teníamos un
argumento que se defendía sin respirar. Y así acabó aquella noche. Quedamos en vernos más a menudo. Dejamos la basura en los contenedores de la entrada y subimos a nuestros coches. Flaco se despidió con un tenedor en la mano y la brasa a punto de apagarse, pero todavía viva.


La radio anunciaba escasas novedades sobre el hombre que había desaparecido a pocos kilómetros de allí. «La última vez que fue visto paseaba en dirección a El Llano», añadía el noticiario. Y repetía: «mide metro ochenta, tiene setenta y cinco años. El día de su desaparición llevaba camisa oscura, pantalones grises y sombrero. Necesita medicación». También citaban el trabajo de las «Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado» que participaban en el «dispositivo de búsqueda» y no descartaban «ninguna hipótesis». En el último año habían desparecido en la zona otras personas, como si se los hubiese tragado la tierra. Eran mayores, casi todos hombres, sostenidos por lentas rutinas. Cualquiera podría tener algún dato relevante sobre esta gente que pasaba la última etapa de su vida. Pero nadie sabía nada de ellos. Desorientados y probablemente muertos.


Caían gotas grandes. Separadas. Apenas mojaban. Rebeca tenía la cabeza apoyada en el cristal, como si le pesara mucho. Hasta llegar a casa no hablamos. La luz de la entrada estaba encendida. Ella siempre dice que es bueno dar la sensación de que hay alguien. El único que nos esperaba era el perro. Movía la cola agradecido como si hubiera pensado que no regresaríamos. Bailaba junto al coche, todavía en marcha, esperando a que uno de los dos saliese. Fuera empezaba a soplar un viento caliente que secaba las cosas. Había sido un día largo y extraño: los desaparecidos, la comida en la barriga de Rebeca como una losa, gente que no volveríamos a ver en mucho tiempo, con niños cuyos nombres ya no recodaba. Y justo antes de encajar el coche en el garaje pensé que, después de todo, así era la vida compartida: querer al que tienes al lado y aceptar de vez en cuando de los amigos un pedazo de carne.


Desperté en el sofá con los zapatos puestos. En la televisión repetían las noticias. De nuevo, la foto del último desaparecido. Hablaba un portavoz de la familia frente al domicilio. Parecía haber representado antes a otras familias. Dominaba las pausas, miraba hacia el frente y hacía gestos precisos con las manos. Pedía que cualquier información fuese aportada a la investigación. Era un portavoz profesional. «Entiendan el dolor de la familia, porque esto nos puede ocurrir a todos», recordó antes de advertir que no aceptaría «más preguntas».


Un hilo de aire entraba por la ventana y se extendía a cada habitación. Camino al baño vi la luz del dormitorio encendida y la puerta entreabierta. Rebeca creía estar despierta. Me lavé los dientes con lentitud, deteniéndome en la parte trasera de la boca, donde habían quedado minúsculos y molestos fragmentos de carne. El espejo reflejaba mi rostro cansado. Fingí una sonrisa. Me quité los zapatos y caminé hacia la cama. Recordé la imagen del hombre. Intenté buscar algún parecido con las personas que me cruzaba todas las mañanas. Pero no había manera de asociar su cara, que también parecía sonreír y decir: «estoy perdido».


Rebeca estaba de lado. Tenía los puños cerrados y las rodillas recogidas. Pude rodearla con los brazos hasta pegar mi frente en su nuca. «Debes saber una cosa, Re», pensé decirle. Y preparé la voz como si fuera a confesar algo muy importante, que no podía esperar, pero me quedé en silencio. Cerré los ojos y traté de imaginar un lugar ajeno a nuestras vidas, donde poder empezar de cero. La casa estaba en calma. Los grillos volvían a frotar sus alas. Las gotas dejaron de caer. Solo una, atrapada en el tejado, parecía seguir. Una música se repetía en mi interior. Y antes de quedar dormido susurré: «esto nos puede ocurrir a todos. A todos».


Nicolás Dorta (Guía de Isora, Tenerife, 1978) Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna, Máster en Gestión y Organización de Proyectos y Espacios Culturales. Tiene estudios musicales, de Historia del Arte y Periodismo. Ha desarrollado su labor como periodista durante más de una década en Diario de Avisos; en la Agencia Efe, Europa Press, entre otros medios. En los últimos años ha realizado su labor como profesor de Filosofía en centros públicos de Gran Canaria, Tenerife y Lanzarote. En esta isla ha vivido los tres últimos años. En la vertiente musical ha participado en diversos proyectos, grabaciones, conciertos y seminarios y mantiene su actividad como batería. Las zonas comunes (Franz Ediciones, 2020) es su primer libro. Incluye un epílogo de la escritora Almudena Sánchez. Actualmente prepara una nueva publicación

2 comentarios

  1. Pilar Sánchez Valarezo
    Pilar Sánchez Valarezo

    Excelente relato, limpio, preciso.
    Me dejó con una intriga y una sospecha, infundada tal vez.

  2. Esa deliciosa y cuidada manera de mostrar tu mundo interior. Nico Dorta, cómo disfruto leyéndote.

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