“En el futuro los coches no vuelan” Fragmento de la novela de IJ Hernández (Premio de Novela Corta Siete Pisos, 2019)

Director del programa de lectoescritura Sr. Lector. En 2017 es becado por la Residencia Internacional de Creación Artística Can Serrat. Ha obtenido premios y menciones en España, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Puerto Rico y México.
IJ Hernández (Santa Cruz de La Palma, 1979)

Presentamos en la revista Trasdemar un fragmento de la novela “En el futuro los coches no vuelan” de IJ Hernández (La Palma, 1979) Escritor, creativo publicitario y docente. En 2019 recibe el Premio Siete Pisos de Novela Corta con esta novela que hoy incluimos en nuestra sección de “Narrativas”

Le digo que la poesía no pudo desaparecer. Las cosas importantes son inmortales, de lo contrario, ¿qué diablos pintamos aquí?

IJ HERNÁNDEZ

Cuando se trata de salvar el pellejo, uno debe espiarse a sí mismo para entender al enemigo como alma que se lleva el diablo. Antes era un hombre, un perfecto diccionario de incorrecciones: curvilíneo, áspero, insomne. Adoraba los calcetines amarillos y la lluvia enmarañada. Hacía ganchillo con sueños de otros. Me chiflaba la niebla. Sí, los días tristes eran mis días felices. La derrota me perdía. Fan de los reinos usurpados por hordas de alcohólicos anónimos, amante de la poesía que te rompe los huesos con versos de martillo, sombra de los atascos pitillo en mano y de las tormentas que andan a rastras como serpientes resucitadas (Dios sabe si en botas horteras o en cinturones siempre demasiado apretados). Sólo un hombre, uno de tantos descarriados hijos de Dios. Ahora, en esta funesta hora de maquiavélicas incertidumbres, soy un maldito androide; una cosa muy rara, esa clase de androide que sueña con ovejas eléctricas que se dan por el culo para recargarse, quién sabe si el alma o sus hermosas pezuñas de replicante; pero como todo bicho viviente, consciente o ciertamente inconsciente del lugar que ocupa en el mundo de los vivos, que sobrecogido contempla el paso del tiempo en los males que lo asolan y lo empequeñecen, o en los instantes maravillosos e inolvidables que cada cual guarda a su manera, fui niño. Un niño insultantemente feliz. Este síndrome de cambio espacio-temporal a toda hostia comprime mi memoria, por eso tengo la sensación de que los hechos narrados en este libro jamás sucedieron. ¿Cómo hablar de uno mismo cuando se es otro? Quizá con la poesía la mente humana alcance el horizonte de sucesos antes de que nada suceda, y en un santiamén sideral, todo se vaya a la mierda. El programador me dice que debería haber leído más a Michel Houellebecq y menos a Philip Roth. Le digo que soy más de Bolaño, y que ya es tarde para robar libros en la biblioteca pública, y que la noche es oscura, y que la iluminación en los edificios culturales invita al fado y a la ceguera. También le digo que la distancia es muda, insalvable, despiadadamente irresoluble. Añado, ensimismado en la contemplación de una estrella fugaz que araña el cielo, que Félix Francisco Casanova, natural de la isla de La Palma, es el mejor poeta nacido de un volcán; dueño de una melena cojonuda, que ya quisieran para sí los poetas nacidos a las faldas del establishment terrenal. <<¿Cómo quieres que te llame?>>. Misisipi, a secas. Me dice que el río Misisipi era el segundo río más largo de América del Norte. Sonrío a duras penas, como si me aproximara a una catarata y no supiera nadar, volar. Le digo que es un mote, que de niño, cuando me ponía nerviosito perdio, me orinaba encima, como uno de esos cacharros que coleccionan refranes y goteras. Me dice que todos tenemos un pasado. Algunos se ahogan y otros son rescatados. Pregunto (siempre fui una pregunta) cómo pudo convertirse la luna en un jodido grano en el culo. Una luz espectral, entre un arco iris y una bomba nuclear, ilumina nuestras palabras, que flotan, como pompas de jabón, en el aire de la noche más larga y afligida. El programador afirma que la luna nunca estuvo allí, propiciando la estabilidad y las mareas, las miradas románticas o las desgarradoras transformaciones del hombre lobo. Si hubiera podido pellizcarme, me hubiese arrancado el brazo. Mientras los escritores norteamericanos se afanaban en escribir la gran novela americana, Kubrick la filmaba. La luna era un espejismo, un holograma proyectado en las retinas bidimensionales de los primeros hombres. En lo que respectaba a la poesía, había desaparecido del mundo hace mucho, absorbida por un gigantesco agujero de gusano. Toso. Es una tos seca, deprimente, perdidamente desértica. No suena a mí, a esa tos asmática que me acompaña desde la más tierna infancia. Le digo que la poesía no pudo desaparecer. Las cosas importantes son inmortales, de lo contrario, ¿qué diablos pintamos aquí? Vuelvo a toser y le pregunto si Dios existe. Responde que Dios es el tiempo. ¡Joder! Pienso en aquello de que con el tiempo nos convertimos en nuestros viejos. Le digo que necesito a Dios a todas horas. Me dice que no hay tiempo, que pronto sonarán las alarmas. Suplico, rezo, emito un sonido afín al procesamiento espectral de los aros de Saturno, como si Bob Kaufman esparciera en mi garganta todos los versos prohibidos que enterró en San Francisco. La noche deja de ser triste, ahora es peligrosa, como las noches en las que bailábamos en pelotas bajo la lluvia, en el parque del barrio. En realidad, sólo nos bajábamos los pantalones y les enseñábamos el trasero a los maderos. ¡Viva México, cabrones!, aullábamos a una luna de mentira. No estábamos en México, claro; lo importante era el paisaje, el agujero negro, lo que callamos. Suenan las alarmas. El programador revela que un Original me busca, que por eso y no por haberlo dicho, han sonado las alarmas. Insinúa que los de mi calaña no pueden viajar en el tiempo. Gilipolleces, rujo. El programador afirma que los hombres de mi tiempo eran demasiado impacientes, demasiado superficiales, demasiada poca cosa para tanto demasiado, pero tenían su aquel. Cómo explicarlo: un sentido del humor muy humano, casi divino, algo que se perderá con el paso del tiempo hasta desaparecer. Me pregunta qué es una gilipollez. Respondo que su pregunta es una gilipollez. Me invita a exhibir en la nueva realidad una sonrisa de oreja a oreja, aunque mi boca ya no sea mi boca y mis oídos sólo escuchen sus palabras. Agradecer el prodigioso destino que me han programado es senda ineludible para entender lo incomprensible. <>, comenta mientras proyecta en el aire la caída de las Torres Gemelas. Salgo de allí con una depresión de caballo, pero es lo mejor que tengo desde que he despertado. Los robots araña me persiguen. El programador me convida a salir pitando, canturrea, grita que corra como si aún deambularan en caóticas manadas los perros asesinos del siglo XXII. ¿Cuál es la fecha límite? El programador responde que todo lo que tengo que saber está en el módulo funeral de las historias jamás contadas. <>, susurra a lo lejos con la voz de Ian Curtis. ¡Me cago en todo lo que se menea! ¡Los robots araña corren que da miedo y yo gateo! <>.


IJ Hernández (Santa Cruz de La Palma, 1979) Escritor, creativo publicitario y docente. Director del programa de lectoescritura Sr. Lector. En 2017 es becado por la Residencia Internacional de Creación Artística Can Serrat. Ha obtenido premios y menciones en España, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Puerto Rico y México. Autor de los poemarios: Eco Nocturno y Me preguntaron por drogas y hablé del amor; el libro de relatos: Eight O’Clock; y las novelas que componen la trilogía del azar: Crónicas contra la ingravidez, Yo asesiné a Kennedy y a sus 7 guardaespaldas, y La luna nos odia con toda la fuerza de la gravedad. En 2019 recibe el Premio Siete Pisos de Novela Corta con la obra: En el futuro los coches no vuelan.

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