“El sur, un poco” Por Roberto Cabrera

Presentamos en la revista Trasdemar un relato de Roberto Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1954), en el que evoca los paisajes y los tipos humanos del sur de Tenerife en su juventud.
El autor, en su infancia, rodeado de familiares en la playa de El Médano (Granadilla, Tenerife), en 1960. Foto cortesía del autor.
 

El sur, un poco

Estaba en la escalinata frente a lo que por aquel entonces se llamaba Campus Universitario. Ahora era para mí un lugar sin el glamour que tuvo en su día y que poco transitaba si no fuese porque desde la estación del tranvía pudiera cruzar sus vetustos escalones de piedra porosa que delimitaban unas breves figuras de césped no muy bien cuidado.

Muchas mañanas me había acomodado allí esperando a mis compañeros de fuga matutina de las clases, para después de una breve charla acudir al polideportivo y dar comienzo a un entrenamiento personal, por llamarlo de alguna forma, a veces con balón y seguro que en ese rememorar aparecía el olor a linimento el bigotudo, las rodilleras o las zapatillas de clavos con las que un día se hizo grande en el atletismo, en muchas ocasiones con el deseo inconfesable de que los profesores pusieran su nombre en el tablón de los récords del lejano colegio, donde solo había conseguido un diploma de notable o un premio de redacción compartido con otro alumno, al que aventajé gracias a una buena ortografía.

Saulo era mayor que yo y tenía una hermosa compañera de la que estaba enamoradísimo. Yo, por el contrario, sólo contaba con la amistad de su íntima amiga a la que encontraba demasiado mayor para intentar un flirt. A menudo ambas se mofaban de lo poco que sabía del universo femenino.

Descolgados ya del juvenil mundo escolar pero también de la vida universitaria, era un libre oyente, un barco sin timón, sin demasiadas expectativas, aunque con la ilusión de que algún día el fracaso quedara atrás. Y así fue porque Saulo y Guadalupe marcharían a Venezuela. Primero se marchó él y más tarde ella cruzaría el charco para iniciar una nueva vida. Me viene ahora a la mente el día en que ella tomó el avión. Nos reunimos en el aeropuerto a desearle lo mejor. Pero Talita…jamás supe de ella. Recuerdo sus grandes ojos en globo y su sensual sonrisa, su cutis tan cuidadosamente maquillado y su desparpajo que aquel día solariego quedó enmudecido en los escalones de acceso a las aulas. Un muchacho de gafas oscuras que portaba un maletín académico nos bordeó y sin mediar palabra se aupó hasta la entrada de Humanidades. El corazón de Talita se estremeció. Quiso hacerse invisible, agachó la cabeza para luego relatar en unos trazos la historia de amor truncado que latía con fuerza inusitada en su interior. Y una inconfesable tristeza afloraba en sus palabras, su mirada ya no era el chisporroteo de sus pupilas de otros momentos, era la amargura por el roto enlace de aquel joven que puso tierra de por medio cuando más calor había entre sus almas, según interpreté.

Era una historia del Sur y yo conocía el Sur muy poco, quizá de cuando mi hermana se estrenó en su destino de maestra de adultos. Era un arrabal maravilloso, casi como otro continente, con un sol relumbrante en las mañanas y una noche silenciosamente plagada de grillos. Era muy menudo para entender las cosas del amor, del que sólo me guiaba por los éxitos musicales de aquellos románticos años sesenta. Sospechaba que era un amor a escondidas porque la plaza de mi barrio se llenaba de amantes en la oscuridad que crecía entre la poca luz de unas escasas farolas. Un amor de siluetas que danzaban a tientas al cerrarse la noche.

En el Sur tenía que ser algo parecido, aunque con verbenas y asaltos entre un pueblo y otro en lugar de guateques, quizá hasta con madres sentadas vigilando a sus hijas casamenteras. Un deseo de dientes afilados y acaso de noviazgos de chaplón a años vista.

Seguramente que nada de esto era así y me atrevo a pensar que había menos control social que en el mundo urbano, entre sus montes y veredas, arboledas y vericuetos de furtivos encuentros en pajares abandonados y en tronjas de casas viejas, o a la sombra de los naranjos, mientras el suave tintineo del agua en las atarjeas acompasaba unos besos nunca descritos y las voces de la campiña sonando lejos e indiferentes.

La odisea era llegar al corazón del Sur. La carretera era una verdadera serpiente y qué decir de la distancia. Era infinita. Había que hacer paradas para no desfallecer. Levantarse muy temprano, si no se quería llegar ya de noche en aquellos microbuses Commer y sus humaredas escandalosas. Donde sonaba la radio con sus “mañanitas” y un repertorio popular muy entrañable y conocido de los viajeros. El rojo morro del Micro se detenía en varios puntos del trayecto donde había un subir y bajar de pasajeros y donde el chófer era la referencia. Güimar, Granadilla. Los malpaíses se suceden, los pasajeros cambian sus posturas, pero la mente se queda en blanco como ausente del paisaje exterior cuando era monótono y sólo salpicado por algún que otro incidente al cruzar los estrechos puentes donde no cabían dos vehículos o se había atravesado algún camión.

Una cosa era ir al Puertito a tomar una sopa de mero pasando por Candelaria con su basílica, los guanches de piedra de Reyes Darias, la leyenda del secuestrado por el moro y que milagrosamente volvió de Marruecos en un cajón de tea, y otra bien distinta llegar hasta el Médano para comer una tortilla con arena, con esa brisa continua tan conocida por quienes se habían aventurado.

Había allí una confusa dirección adonde los coches se introducían sin querer en un arenal donde los vecinos tenían que salir de sus casas para solventar el atasco. Buscar tablas para colocarlas bajo las ruedas y poder continuar la ruta. Era la rutina para los habitantes de aquella penúltima calle anterior a la playa. Y estaban tan habituados a esta liturgia que gozaban con la desesperación de los caídos allí como moscas en el vino.

En la trayectoria del transporte público cuando algún pasajero se apeaba era como si lo conocieras de toda la vida, tan largo era el viaje. Alguno hasta se despedía del resto de ocupantes con un movimiento ligero de mano, mientras en la otra cargaba algún paquete mal fraguado, alargando su charla con el chófer, incluso transmitiendo algún mensaje para vecinos del mismo pago del viajero. Quedaba alargando su diatriba hasta quedar su voz en mitad del paisaje donde a veces se intuía la casa a la que pudiera dirigirse, mientras que en otras ni siquiera se vislumbraba vivienda alguna.

O eran innumerables cuevas en la piedra o en el jable. De aquel Sur guardaría grandes recuerdos, como el tiempo en Los Cristianos que unos años más tarde sería una bomba turística por explotar. Allí había sido empleado del Cristhian Mar, Milton, casado con Yaya y que vivieron su amor también en el Sur hasta que llegó allí la corrupción y también desapareció hacia Venezuela, quedando Yaya tan sola y desamparada.

Pero ese Sur era ya de autopistas, lejano pero accesible y así en Las Ramblas se decía:

–¿Vamos a tomar un cortado a Los Cristianos?

–¿Qué dirán si no vamos a una fiesta en Boca Cangrejo?

O cosas así. Y era la coartada perfecta para probar el coche, los carburadores Webber o Solex, el reprise y los manguitos del NSU. También el Instituto Mixto de Granadilla, donde afloraba una nueva hornada de estudiantes rebeldes que querían rock progresivo, para llegar allí en una vespa como unos mods, por la vieja carretera del Sur, dado que este vehículo podía ser interceptado por la Guardia Civil en la autopista. Mods, aunque fuéramos rockers y había que retornar a la fuga del cuartel y subir hasta las pestilentes letrinas para llegar a tiempo a la Retreta.

Era nuestra particular Carretera del tabaco. Nuestro Tobacco Road, cuya letra mezclaba el barrio con la calle de tierra manchada de gas oil donde vivía el afamado hincha Zuppo que vendía petróleo a granel, con los relatos de los viejos por las Vegas de Cabaiguán.

Cuando pasábamos por el Río, saqué la cámara fotográfica rusa que había comprado mi padre al estraperlo y disparé el cartel. Debía tener aquel barranco un caudal inusitado porque la distancia entre las señalizaciones era cortísima y decía todo lo contrario para aquel nombre. Aquel Sur de medianía nada tenía que ver con el otro de costa por donde ahora circundaba la autopista, de playas que pocos visitan entonces si exceptuamos a los pescadores y gentes marineras.

Con el coche de un vecino, de Pepe el de Dominga viajamos lejos. Se llamaba Gira a ese tipo de aventuras. La vuelta a la isla, casi. Al motor mucho carburante y aceite, que se despacha en botellas recicladas. Y luego a conversar, cantar y hacer kilómetros. Pasábamos al abandonar la ciudad por la casa de Tomás, que caía por la periferia. Era jornalero en nuestra granja de azotea, encargado de transportar el estiércol en un carro a la finca de Don Bruno. Al fin, Tomás podía dormir en una cama. Contaba cómo sentados a una mesa, media docena de gentes conciliaba el sueño. Era para creértelo. Uno que vendía crin al detall, que tenía almohadas de plumas, que cambiaba aquel estiércol por rosas para llevar al cementerio, donde nos asignaron el nicho más peligroso, en una quinta planta y al lado de un desfiladero. Casi como para matarte abriendo el sagrario con los restos de abuela. Mejor no mirar abajo, que te da un vahído. No sufrir el miedo a la muerte, sino a la vida de los padrenuestros, y la incógnita de quién volverá a escalar tremenda hazaña. El otro día fue el de todos los difuntos y no pasé por el cementerio ni sus tumbas. Cantaba entonces una canción que decía: los que no tienen rostro, los que no tienen alma, los que sólo tienen la canción y la palabra.

Ahora sobrenadar en las imágenes de poesía y retratos de ciudad, de parques y avenidas, del tráfico rodado, del guerrero de Moore. De otros relatos a caminos de piedra y máquinas de juego y billares. Galerías de las facultades de estudio y aulas magnas donde dormir con sacos y no escuchar la voz del catedrático. Psicodelia. Luego, hubo un tiempo oscuro de pensiones y celadores y camas como literas de barco donde pasar la noche, el tiempo de la fonda de Jeremías en Ripoche, tan parecido a los relatos de Isaac, y quien sabe por qué se proyectarán en Casa Marina. Era un Sur para digerir toda aquella experiencia en Las Palmas. Apenas pude pensar en ello estando en el ático del hotel. Cuando el concierto se hizo aventura incomparable de aciertos en la boca del blues.

Uniéndolo todo en la autopista nocturna y torres de alta tensión. Seguían allí el perro del conserje de Perojo, el tránsito de Bravo Murillo y a través del lenguaje la parada y el autobús de medianoche. La cabina telefónica y el fotógrafo de la pasma, el pelo afro cincelado en un amanecer, la madre dormía hasta el asombro y el padre madrugando hacia los puestos de verduras que traía un tal Frías. Sólo cruzar la calle y allí estaba la casa de Serrano 71 parece ser, dicen, que a veces el aroma a aquel hábitat de ensayos llegaba acompasando el ritmo del tema Soldier in our town, era otra vez el aroma del Tobacco road, a noches pendientes de un raíl de tranvía, que se vivieron aupándose al mármol del mostrador de los kioscos y cosas que se fundieron con la música de la que quedaban apenas unas fotografías de sus protagonistas y alguna reseña equívoca en los diarios como las trizas a Kumiko Kitano. Rastros del desamor, caminatas extraordinarias hacia ignotos mares y huidas de la desolación.

Hubo de romperse el pesebre y los reyes magos, desnudarse de farándulas y echarse a rumbo de otras amistades desquiciadas. Correr más riesgos de la cuenta y desaparecer tras los telones del teatro del barrio. Así cada puerta del recuerdo lleva a otra y hasta el infinito. Brindo con la espuma de la cerveza Watneys Red Barrel y el olor a moqueta, por estar pisando la vida que se avecina, sin saber qué estrenados días amanecen. Con lo fácil que era estar calentito en un paraíso hogareño hasta el tedio. Aquello eran leyendas que ya nadie recuerda. El ahora guiñaba un ojo. Los hijos son relojes que apuran nuevas horas con su aluvión de instintos y noticias bárbaras. Dejarse la chiva y mascullar ensalmos viendo pasar el tiempo a muchos kilómetros por segundo. Mirarse las manos y en cada insignificancia poner el acento, para saber qué decir a grandes obras. Y desafiar los infortunios y cabalgar entre un montón de escombros. Allí dormía el alma roída de ratones, allí quedaron las guitarras entre las curvas olorosas del verano, muriendo mientras otros amanecen. El barco te esperaba entre ondas lumínicas del puerto.

Y así llegó aquel invierno sin atisbos de llover. Si menos daba una piedra que el amor de esa mujer, que era un capricho, un antojo, un terrón en el café. Ni pensar en el futuro, en lo difícil que fue acompañar a los muertos; en una esquina se ve a un sabio de barbas blancas, su vida contándome, de hechicerías y ritos en la rue de una estación, sin una gota de agua. Gota sin nombre ni carné. Se mudaban al otro barrio, como se dice.

Dónde estará ese león y su trompeta de oro, con sus palabras de plata y su corazón de escarcha. En su marcha inabarcable suena una música. Trajo un día la guadaña, se fueron quedando todos a coro cantando unidos y separados en flor de la vida y sin rencor saludaban al paso. Por las ventanas el frío tiritaba con sus huesos. Esos son los restos, dijo, de unos cantores solemnes que volvieron a mirarse en los horrendos espejos de pesadillas y sueños del humo de los recuerdos.

No te digo un adiós, estrellita del sur, porque pronto estaré a tu lado otra vez. Y de nuevo sentir tu fragancia sutil, campanas de bonanza repicarán en mi corazón – cantó Sesé en aquel mostrador de tugurio ante la mirada atenta de Isaac, quien quizá nunca lo había escuchado entonar.

Roberto Cabrera. Foto cortesía del autor.

 

Roberto Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1954). Estudió Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de La Laguna. Su inquietud literaria quedó reflejada en la creación de suplementos literarios y revistas poéticas, como la Revista Semanal de las Artes, que apareció en el diario La Tarde, a finales de la década de 1970, y que propuso la reivindicación de los escritores fetasianos; o Nuevos Caminos, en la que se recuperó la poesía social de la posguerra en Canarias. Más tarde, colaboró en revistas como Liminar, Lúnula, Disenso, El Taller, Fetasa o Cuadernos del Ateneo, y contribuyó a la fundación de Menstrua Alba, Taramela, Teresa en el Balneario, El buey de las estrellas, Aquel viejo noray y El Vigía. Ha dirigido la revista Acorde y las ediciones de la revista El Vigía, y ha preparado la antología Poesía Canaria ante el fin de siglo (Valencia, Venezuela). Músico de jazz y compositor, se ha interesado también por el folklore de Canarias, el norte de África y Cuba. Ha publicado las novelas Ídolos de bruma (1979), La nube especular (1989), La yerba negra (1995) y Los lunares del césped (1999, reeditado en 2010); los relatos Suicidio en Desolación Road (1980), Amor, mora, roma (1986), Viaje a Hero (1988) y XXV relatos (2007); los poemarios Desangre libelular (1981) y Pie de rumbas (2006); y los ensayos Reflejos (2008) o Drumbass canario: ritmos canarios de música contemporánea (2011), entre otros.

 

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