Cuatro relatos de “Purgatorio”, por Antonio Carmona

Antonio Carmona. Foto: Mónica Mederos

Presentamos en la revista Trasdemar cuatro textos de Purgatorio, libro inédito de relatos de Antonio Carmona: Isabel, El tinerfeño, Carne de cañón y Las últimas carcajadas.

ISABEL

Isabel había dejado en una duna el deseo de ser puta en un ejército en marcha, una noche en El Aaiún, bañada por la luna. Uno cualquiera, de avanzadilla, le puso un cuchillo en la garganta, y la penetró transformado en un monstruo de las guerras, en el violador común del patriarcado. Isabel orientó su discurso, significándose una vez más como una feminista en la frontera.

-La mujer es una propiedad que, si resulta mancillada por el enemigo, conduce a los propietarios humillados a una suerte de neurosis de género: hombría tocada.

Si Isabel tenía sueños, desaparecieron; si alguna vez tuvo la fantasía de ser obligada, se le quitaron las tonterías. Concluyó:

-La fantasía, de existir, sería un troyano, una idea trampa. El hombre que elija estará por mis huesos o no estará.

Lúcida, recordó los dolores de sus tres partos, y se marcó un objetivo viable: buscará a sus hijos, y les colgará una medalla de la virgen del Carmen.

-Que tengan una oportunidad de odiarme, o de recordarme con afecto de vez en cuando.

Calculó mal: resbaló hasta la muerte y la recorrió. Continuó tras el brillo de las medallas, hasta que perdió la pista cuando las vírgenes de oro se transformaron en hierro.

Tras el ataque en la duna por la sombra deforme del violador, enfermó largo tiempo. Al fin, en el lupanar del desierto, Isabel se levantó. Trabajó duro otra vez. Consiguió, por los pelos, colgarles las medallitas a sus tres vástagos que ya habían sido adoptados. Se compró un tiovivo, y conoció a un tinerfeño que la miraba desde la proa de su barca vikinga. Cuando este isleño murió, la buscó en purgatorios para pobres devenidos en simples matones, su auténtica condición. Siempre fue pobre. La pobreza, una vez adquirida, no se suelta nunca. Fue un matón, encontró un lugar y, por fin, ganó la nada a puñetazos. Ganó el derecho a no ser.

Yo caí coma abajo. Isabel, confusa, todavía con las medias puestas, tiró de mí. Su memoria desordenada la condujo al delirio.

-¿Dónde me llevas?- le pregunté.

A veces, Isabel creía que vivía:

-A mí no me preguntes: ¿no ves que estoy viva?

Le expliqué que yo sí estaba vivo:

-No estoy muerto. Estoy en coma.

No hacía falta estar en Comala para hablar con los muertos. Estaba en un lugar imposible, según mi estado.

Caí en el coma. Isabel tiró de mí. Llegamos a un edificio, de esos que se empiezan y no se acaban. El portero, contratado tras su funeral, insultaba a los transeúntes. Entramos en un mundo impropio. Aquel lugar o lo que sea, era para difuntos, y yo no había muerto.

EL TINERFEÑO

La vida no tiene un plan, pero a veces lo parece.

Isabel compró un carrusel, el mismo que su hijo Alberto, mutado en Mehán, usará para cruzar al otro lado del escarnio, años después, entre las tablas de un caballo desmontado.

El de Tenerife, desde su barca vikinga, miró a Isabel, que llegaba a lomos de su caballo. Qué curvas. Isabel murió con las medias puestas. Su estertor fue victorioso, y rió asustando a la mismísima muerte, con su última carcajada.

El tinerfeño tenía una barca vikinga y un rencor profundamente arraigado: había asistido a la muerte de Isabel y no pudo vengarla porque se murió sola. Bajo el toldo de su barca escuchó el rugido peculiar de los estertores. Se moría sin resistencia. El isleño mostró un colmillo retorcido, consecuencia de haber cruzado una borrasca de un delirium tremens. Decían que dijo que su mano izquierda quería comerse a la derecha. Se desangraba acompañando el balanceo de la barca en el llano, con la boca llena de su lengua monstruosa, con la sed infinita del moribundo. Murió seco y entró en el purgatorio con la navaja en la mano que le quedaba. El portero se apartó convenientemente. Atrás, en el fondo de la barca se retorcía la mano. Un gato llegó palpando, tras perder el carácter retráctil de sus uñas.

CARNE DE CAÑÓN

Las paredes respiraban en el mundo bacteriano del empapelado. La cocina era pequeña, con una gran ventana al patio, de par en par todo el verano. Allí el padre gritaba sus frustraciones. El tinerfeño las heredó. Pronto visitó la cárcel, y no la dejaría sino ya con los cuarenta. Se enroló para navegar estepas. En la escuela amedrentó incluso a profesores y personal en general del centro escolar. Dejó la escuela. Tenía un nombre, un caballo que piafando machacaba con sus cascos los huesos frágiles del miedo, y un fuego. Creía que lo apagaba, pero lo resucitaba. El trabajo le resultó impracticable. Intentó varios oficios: guardián de bosque privado, portero de discoteca y seudoprostituto entre las turistas desatadas de un hotel, peón de albañil, pescador de río arriba, y pequeño delincuente atracador en las calles. Un pringao, que así se dice. En la escala más baja de la delincuencia, cuando le mordía la urgencia del caballo, atracaba con lo que tuviese a mano. En general usaba afilados cristales de cuellos de botellas rotas. Muchos hombres lloraron; otros se orinaron. Degeneró. En sus pocas salidas de prisión, volvía a atracar. Buscaba que sus víctimas fueran cada vez más ancianas. En la cárcel hasta los cuarenta. Al salir lo hizo bien. Paseaba por una feria. Al ver la barca vikinga, se enroló. Cuando el propietario se retiró, ya hecho una mierda, el isleño se la compró. Estaba escrito que moriría en la proa, que buscaría a Isabel, enamorado como solo los difuntos se enamoran, por las zonas sórdidas de los purgatorios, de puerto en puerto.

LAS ÚLTIMAS CARCAJADAS

La luna, en la meseta, refractó la luz del otro lado de ninguna parte, para vigilar a disidentes diagnosticados, o sentenciados por apoyar la locura de ver tras las máscaras. Un gato ciego, a cubierto de la luz tras la ceguera, en la proa, atento a los ruidos bajo la piel sedienta del llano, vislumbró por agujeros de su ceguera, en blanco y negro, la figura del doliente. El isleño saltó al carrusel desde su barca. El gato lo siguió. Isabel reía su última carcajada, y dijo:

-No me quites las medias. Hace frío -y murió-. El isleño, tocado porque Isabel era su enganche con la humanidad, tragó víboras directamente de las botellas. Navegó hasta el delirio final, mirando el muñón removerse en el fondo de la barca. El gato, a cubierto de la luz por su ceguera, devoró la mano. Una mala mar hundió la barca. El gato, náufrago, se ahogó en la meseta, y también murió de sed. Murió dos veces, injustamente, con las uñas en sus fundas, bloqueadas.

El tinerfeño, ya difunto, pasó por el local de la cordobesa, un purgatorio que no era el suyo, con la navaja en la mano. Buscaba a Isabel.

-De cualquier forma este no es mi purgatorio. Isabel no está aquí.

No la sentía, no la veía, ni siquiera la percibía. Yo estaba en coma, no había muerto aún, y tomaba una menta con limón acodado en la barra. Se acercó la cordobesa, y me dijo:

-Qué finas tienes las manos.

El isleño provocó un incendio que tuvo que ser apagado con champán. Salió por una ventana del puticlub. Hacía frío. Buscó el mal para calentarse. Buscó a un Rachid que, finalmente, cuando lo encontró, le infundió misericordia y más frío. Se ignoraron. No se debían nada. No tenían nada que arreglar. No había ninguna razón para verse, o palparse, pero se olieron, y se reconocieron. Primero llegó la desconfianza, y acto seguido, la vieja rabia que los separó para siempre. El isleño prosiguió la búsqueda de Isabel, de puticlub en puticlub, de antro en antro. La dejó de buscar cuando comprendió que nunca fue querido. Isabel no era mala, sino despistada. Olvidó que lo quiso, o que no lo quiso. Frustrado por el fracaso de su apuesta, y por el miedo a la soledad cósmica, y para hacerse notar, prolongó como un pirata, su brazo con un gancho en el muñón. Su amenazante sombra amedrentaba. Volvió al matonismo. Yo emergí cuando el tinerfeño se desprendió de la pobreza. Fortuna merecidísima, pues había salido al mundo con malas cartas. Se disipó en el seno del silencio, donde no entra ni dios.

* * *

Antonio Carmona (Melilla, 1958), poeta y narrador, ha publicado los poemarios A cierta edad (Ediciones Idea, 2009), galardonado con el Premio Tiflos para discapacitados visuales y ciegos en su XXII Edición (2008), Horizontes en retirada (Ediciones La Palma, 2014), reconocido con este premio en su XXVII Edición (2013), y Caballo muta a cebra (Ediciones Idea-Aguere, 2016), destacado con el mismo premio en su XXIX Edición (2015). Algunos de sus poemas figuran en las antologías De sal y versos (Ediciones La Palma, 2007), Roquedal azul (Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, 2010) y Letras del Mediterráneo (Editorial Playa de Ákaba, 2016). El álbum Invisibles recoge el trabajo discográfico inspirado en su poética junto a la música del cantautor Claudio Briones (Centro de la Cultura Popular Canaria, 2011).

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