Francisco León:”La revista Syntaxis forjó los metales diversos de los que debería estar hecha la poesía española actual”

En la Revista Trasdemr difundimos el diálogo creativo en el panorama literario de las islas
Cortesía / Mercedes Pintado Brage

Presentamos en la Revista Trasdemar nuestra entrevista con el autor Francisco León (Tenerife, 1970). Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (Islas Canarias). Durante su paso por la universidad fundó y dirigió la revista de poesía Paradiso y fue seleccionado por Andrés Sánchez Robayna para la antología de poesía Paradiso. Siete poetas (Syntaxis, 1993). Fue miembro del Taller de Traducción Literaria de la Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna desde 1996 hasta 2018. Ha codirigido suplementos literarios como Las ínsulas extrañas, De umbral en umbral o Ítaca, todos publicados en el rotativo El Día, con sede en Tenerife. En 2000 viaja a Francia, donde ejerció de lector de español en la Université de la Bretagne Occidental (Brest). A su regreso es nombrado director de la Casa-Museo Emeterio Gutiérrez Albelo (Icod, 2002-2006). En esa época, fundó y codirigió tres revistas de literatura, ensayo y arte: Can Mayor (Boletín de la Casa-Museo Emeterio Gutiérrez Albelo de Icod), Vulcane y Piedra y Cielo (https://piedraycielo.es/).

Como autor, ha publicado los siguientes libros poesía: Cartografía (1999), 8 Pajazzadas para Salomé (1999), Tiempo entero (2002), Terraria (2007), Dos mundos (2007), Aspectos de una revelación (2009), Heracles loco y otros poemas (2012), Tiempo entero. Poesía reunida, 1999-2016 (2019) y La función de la magia en el mundo (2021). Como narrador ha publicado la novela Carta para una señorita griega (2008) y los libros de relatos Instante en Lucio Fontana (2015), Reptil con piel de jade (2019) y El tesoro real (2024). También es autor del volumen de ensayos literarios Oculto oficio (2020).

      Además, ha dado a las prensas un volumen de diarios titulado Ábaco (2005). Ha obtenido los premios Emeterio Gutiérrez Albelo de poesía (1998), el premio Internacional de Poesía Màrius Sampere (2007) y el Pedro García Cabrera de poesía (2009). Ha preparado una muestra de poemas de tema canario titulada El sueño de las islas (2003). Preparó la antología La otra joven poesía española (2003) y es editor literario y prologuista de la antología sobre el paisaje en la poesía canaria actual Honda meditación de toda cosa (2021).

Todo lo que yo escribo —en especial mi poesía— es, para bien o para mal, emanación de unas búsquedas muy personales, dentro de unas coordenadas y leyes muy antiguas; búsquedas que tienen que ver con mi necesidad de alcanzar cierto estado de consciencia espiritual, por decirlo así.

FRANCISCO LEÓN

¿Qué significó la publicación de Paradiso. Siete poetas (Antología) al cuidado de Sánchez Robayna? ¿Qué opinas del legado de Syntaxis?

Inolvidable es la conversación que sostuve con Andrés Sánchez Robayna el día que me comunicó que iba a incluir poemas míos en esa antología. Me preguntó si estaba de acuerdo, si aceptaba ser incluido. Respondí que sí, claro. Fue en su despacho. Yo aún cursaba la carrera de Filología, como sabes. Fue un momento crucial de mi vida, el gran instante. Ese día sentí que me destinaba en el tiempo de la poesía, que me iniciaba definitivamente, que ya no había vuelta atrás. Andrés me lo hizo ver. Me dijo que con aquel paso que iba a dar, adquiría yo un compromiso con él y con la poesía, e insistió: «sobre todo contigo mismo»; un compromiso inquebrantable. Ese compromiso sigue vigente en mi espíritu.

En el plano colectivo, creo que esa antología significó una afirmación, un sello de fidelidad con la poesía, o con cierta visión —no lateral, sino central— de la poesía. Hay que tener en cuenta que, en esos tiempos, se libraba una batalla estética. La poesía de la experiencia, la poesía realista o como quieras llamarla, lo acaparaba todo y trataba a toda costa de popularizar el fenómeno poético. Llegar al lector, hacerle fácil la comprensión de un poema. Tal vez había buena intención en ello. Pero Andrés y otros muchos comprendieron enseguida que por esa vía —y según los resultados concretos de ese ideario— no se popularizaba la poesía sino que se vulgarizaba, se rebajaba el componente estético y espiritual de la poesía moderna. La batalla ya estaba perdida en ese momento, aunque tal vez eso no lo supimos ver. Este proceso, cabalgando a lomos del sistema neoliberal, que reduce al ciudadano —al lector— a mero consumidor, era ya imparable y la prueba es que hemos llegado en muy pocos años al grado más alto de vulgarización del fenómeno lírico. En cuanto la poesía descendió a tales grados de degradación y estulticia, el mundo comercial hincó a fondo su zarpa premiando especialmente a poetas inmersos en sus soliloquios emocionales y desprovistos de raíz crítico-histórica. La poesía crea a sus lectores, es sabido. También en este proceso el lector actual se ha convertido en un consumidor de subproductos líricos. Pero aunque la batalla se había perdido mucho tiempo antes de que se publicara la antología, Andrés siguió con el proyecto de la revista Syntaxis, una de las mejores revistas europeas de finales del siglo XX. La propuesta de Syntaxis era, en resumidas cuentas, la búsqueda de caminos alternativos a ese imparable debilitamiento, a esa degradación descorazonadora de la poesía. Llamo la atención sobre el hecho de que el proyecto syntáctico no era en modo alguno una búsqueda extemporánea, ni mucho menos, era, es, también la fundación de un tiempo interior y axial de la poesía, la conexión con las corrientes hondas de la poesía moderna y sus transformaciones futuras. La revista Syntaxis forjó los metales diversos de los que debería estar hecha la poesía española actual. Hoy Syntaxis es más necesaria que nunca. Su proyecto está más vivo que nunca.

Robayna hizo su tesis sobre Alonso Quesada. En estos años se han publicado en Visor y Renacimiento textos del autor canario. ¿Qué opinas de ello?

Como sabes, Andrés dedicaba gran parte de sus desvelos a la poesía canaria. Hoy comprendemos mucho mejor las vanguardias históricas de Canarias gracias a él y a su equipo. Su autor fetiche era Alonso Quesada. Su tesina universitaria tenía como tema los primeros trabajos poéticos de Quesada. En los últimos tiempos revisó y publicó, para convertirla en un texto asequible al lector no especializado, su tesis doctoral, que es un gran estudio sobre la obra de Quesada. Además, entregó a las prensas de la colección Visor una antología quesadiana y consiguió publicar, en otra editorial, la primera edición exenta, ¡ojo!, del Poema truncado de Madrid, obra magistral que prefiguró muchas técnicas vanguardistas. Con todos estos trabajos, Andrés demostraba la centralidad de Alonso Quesada en el Modernismo hispánico y en la tradición española. Es como si, de algún modo, hubiera estado cerrando el círculo del tiempo: terminar por donde había empezado.

Y sobre la relación con la pintura del poeta canario recién fallecido,  mencionaste la colaboración con Vicente Rojo, ¿Qué te parece su cercanía a los cuadros de Jorge Oramas o a la pintura de Tàpies?

Mira, Andrés mostró siempre un gran amor y una curiosidad desmedida por la pintura, por el arte plástico. Alguna vez, no sé si tan en broma, dijo haber soñado con dedicarse a la pintura. Atesoraba grandes conocimientos de arte y de artistas. Podía pasarse tardes enteras charlando sobre pintura y pintores. Creo que, después de la poesía, su pasión eran las artes plásticas. Fíjate si le daba importancia al asunto de la pintura que, cuando editó Paradiso. Siete poetas, creo que en 1994, me pidió un dibujo porque yo le había mencionado que me gustaba pintar… Me dio mucha vergüenza. Andrés daba mucha importancia al hecho —para él, índice lírico— de que el poeta también pintara o dibujara. Con una sonrisa traviesa en los labios, siempre que nos veíamos me recordaba la sentencia de Novalis: en todo poeta hay un  buen dibujante… Nunca lo vi pintando, pero sé que dibujaba mucho. En alguna ocasión tuve la suerte de ver algunos dibujos suyos y le dije que no estaría mal ponerlos publicados con sus poemas. Pero entendió que era una broma y se rió. Ahora puede verse,por cierto, un puñado de sus dibujos en el reciente libro de homenaje Magisterio syntáctico publicado por Mercurio Editorial. Ahí se comprueba que tenía buena mano para el dibujo.

A Vicente Rojo lo trató mucho y escribió sobre su trabajo artístico en varias ocasiones. Lo admiraba como pintor y como diseñador gráfico. Con Rojo hizo dos libros de artista muy raros de ver y muy caros. Yo los ojeé en su casa de Tegueste: eran hermosísimos. Si no recuerdo mal los textos de ambos libros son «El resplandor», un poema serial en prosa que pertenece al poemario Fuego blanco —por cierto, un libro que  a mí me influyó mucho y que leía compulsivamente cuando se publicó— y «Obediencia – El volcán».

Tàpies y Andrés se admiraban muchísimo. Andrés lo conoció en su estancia barcelonesa, en 1973, y ya entonces lo consideraba uno de los artistas más altos de la Modernidad. Decía que Tàpies había renovado el género del libro-objeto. Tuvieron que pasar treinta y pico años, para que Andrés lograra la culminación de un deseo antiguo, que se remonta a sus primeros años de vida en Barcelona: crear un libro de poemas con dibujos de su admirado Tàpies. Con grabados del pintor catalán, hizo Sobre una confidencia del mar griego. En cierta ocasión me contó que ambos estuvieron de acuerdo en hacer un libro económicamente asequible al lector de poesía. Como sabes, los libros de artista en colaboración con poetas y escritores suelen ser muy onerosos, objetos artísticos fuera del alcance del simple lector y de escasa o nula difusión. Andrés y Tàpies rehuyeron esta práctica común y resultó un diálogo sencillo y verdaderamente mágico: yo creo que surgió en esas páginas lo que Andrés llamaba el tercer lenguaje. La editorial Huerga y Fierro puede sentirse muy orgullosa de haber publicado, en la mítica colección Signos que dirigía el finísimo Ángel  Luis Vigaray, uno de los libros centrales de Andrés, uno de los más estremecedores.

Y qué decir de la pasión que despertaba en Andrés la pintura del canario José Jorge Oramas. Le dedicó todo un libro de tipo ensayístico, Jorge Oramas o el tiempo suspendido. Una de las tesis que sostiene Andrés en este ensayo —que es al mismo tiempo un vector de fuerza central en la poesía de Andrés— es que, por la búsqueda de luz, el pintor alcanza en su pintura la suspensión o detención del paso del tiempo. Es una cosa muy sutil y maravillosa lo que dice Andrés.

En fin: Morandi, Rothko, Chillida, Oteiza, Klee, Ràfols-Casamada, Etel Adnan, Frederic Amat, Roberto Cabot, Denise Long, Luis Palmero, Salvatore Salvo…  La lista de sus pintores de cabecera es interminable.

Tras la publicación de La otra joven poesía española junto a Alejandro Krawietz, ¿cuál es su visión del panorama lírico español en la actualidad?

Cuando realizamos La otra joven poesía española, entre 2002 y 2003, si no recuerdo mal, la situación del panorama literario era algo diferente. Estaba casi dominado por la poesía de la experiencia y sus secuelas posteriores, como aquel tipo de poesía llamado de línea clara. Nuestra posición en esa hora no podía ser más discrepante. Percibíamos que esa corriente mayoritaria estaba empezando el borrado de obras y voces poéticas sumamente importantes o voces de gran interés que despuntaban entonces. El tiempo nos dio la razón: los poetas de nuestra antología, que hoy son poetas de gran relevancia —poetas cuyas obras son la emanación de un proceso muy personal, casi espiritual, de metanoia de la consciencia—, han sido apartados de los espacios de recepción comunes y mayoritarios porque su idioma radical es molesto y disuena en el concierto atonal de la poesía mainstream diseñado e impuesto por las ideologías estéticas posmodernas. Han sido apartados, digo, en beneficio de poetas orgánicos del sistema de valores de la cultura comercial actual, la mayoría sin tener conciencia de ser orgánicos, que es lo peor. Percibo que la verdadera poesía actual española, o por lo menos la que a mí me interesa, está enterrada bajo el parloteo de una poesía glandular, epigonal e inculta, poco formada en las fuentes de la tradición, ignorante de las energías y materias que dan singularidad a la composición.

Mi generación, por ejemplo —digo generación en sentido amplio—, en la que hay una veintena de poetas fantásticos, como Esperanza López Parada o Mario Míguez, o Vicente Valero o Melchor López, Ada Salas, Jordi Doce, Esther Ramón, Alejandro Krawietz, José Luis Rey, Juan Andrés García Román, Iván Cabrera Cartaya, Teresa Soto o Dafne Benjumea, entre otros, sobrevive como puede a un peligroso proceso de acriticismo en el que solo puede triunfar una sub-poesía muy banal, realizada específicamente para entregar al lector aquello que la industria y la comercialización de la cultura —también de la literatura y la poesía— necesitan para sostener su régimen.

Hay un visible auge comercial de la narrativa canaria escrita por voces emergentes, ¿qué opinas sobre la escritura en prosa en Canarias?

Opino que es una narrativa pueril preparada para aprovechar el infantilismo literario en que se halla sumida, desde el punto de vista cultural y filosófico, la empobrecida sociedad canaria y así triunfar comercialmente. También me parece muy sospechosa, en esas narrativas panzaburristas, la defensa del habla canaria, esa reivindicación de la idea de que no debería darnos vergüenza hablar como lo hacemos, incluso escribir como hablamos. Me resulta una suerte de soberbia de perogrullo. Me parece una cosa antediluviana, de una inmadurez supina, de un complejo de inferioridad paralizante. La exageración de este rasgo, común a todos los grupos hablantes, no representa la reivindicación del habla popular, sino de la más estrambótica vulgaridad, rasgo, por cierto, de un pintorequismo costumbrista muy atrasado. Opino que en pocos momentos de la historia, el escritor se ha plegado con tanta fruición e inconsciencia a los mandatos y necesidades comunicativos y monetizadores de las industrias culturales de la literatura. Opino que esa narrativa transpira poco conocimiento de las tradiciones narrativas occidentales y de los grandes maestros, demuestra poco vuelo imaginario, pobre dimensión experimental, nula conciencia de los valores espirituales de la literatura.

Que se prefiera —tanto por lectores como por críticos— Panza de burro o Han cantado bingo o Leche condensada en lugar de novelas tremendamente superiores en calidad como Bajo el sol de los muertos, de Roberto A. Cabrera, o A todos los que entran, de Alejandro Krawietz, o Don Jeremías cuenta hasta cien,de Antonio Martín Sosa, o Versus de Sergio Barreto, por poner unos pocos ejemplos, da cuenta de la enfermedad cultural que asola nuestro panorama literario. En fin, que el auge comercial de esas, como usted las llama, voces emergentes en pleno triunfo apoteósico de los intereses y las directrices culturales de la depredación neocapitalista, debería dejar claro, al menos para cualquier lector inteligente, de qué clase de éxito estamos hablando.

Hablemos de su obra poética y narrativa. Tras la publicación de poemarios, novela y relatos, junto a unos diarios, ¿qué pueden esperar los lectores de sus próximas publicaciones?

El rayo creativo no me ha dejado, afortunadamente. Tengo una novela terminada, un par de poemarios listos y dos obritas de teatro. Ninguno de esos trabajos tiene fácil cabida en nuestro sutil panorama, resultan un poco ininteligibles, me parece. Pero, en fin, todo lo que yo escribo —en especial mi poesía— es, para bien o para mal, emanación de unas búsquedas muy personales, dentro de unas coordenadas y leyes muy antiguas; búsquedas que tienen que ver con mi necesidad de alcanzar cierto estado de consciencia espiritual, por decirlo así. Esto es lo que pueden esperar mis lectores, si acaso los tengo.

En fechas recientes se han celebrado diversos homenajes a Andrés Sánchez Robayna, ¿qué destacarías de su legado como profesor, ensayista y poeta?

Destacaría la responsabilidad, la pasión, el rigor y la profundidad de su personalidad y de su obra. Sánchez Robayna fue rara avis, uno de esos poetas que sólo aparecen en la historia de la existencia humana cada quinientos o seiscientos años. Yo tuve la enorme suerte no sólo de leerlo, sino de conocerlo bastante y trabajar codo con codo con él muchos años. Ahora, tras su repentina muerte, siento un enorme vacío personal, un desamparo muy íntimo. Fue mi padre intelectual, mi maestro. Sé que ahora, entre las nuevas generaciones, la idea de elegir a un maestro está desprestigiada. Otro rasgo más del individualismo arrogante e inculto que nos rodea. El verdadero problema no debería ser la elección de tu maestro, pues basta con ser humilde e inteligente al mismo tiempo; el problema reside en coincidir con uno en el tiempo limitado que nos ha tocado vivir, con uno verdadero. A los jóvenes que desean iniciar una aventura poética seria, honda y apartada de la grosería intelectual que asola el espacio literario, les recomiendo que lean y relean su poesía. Y un libro iniciático suyo: La luz negra. Y, por supuesto, las páginas de su gran proyecto: la revista Syntaxis. Por fortuna, un verdadero maestro deja un rastro estelar en la oscuridad del mundo.

*Entrevista realizada por nuestro editor, Samir Delgado, a Francisco León, en junio de 2026


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2 comentarios

  1. Excelente entrevista. Es imposible no estar absolutamente de acuerdo.

  2. La ya larga y rica trayectoria poética de Francisco León ha estado siempre definida por la intensidad expresiva, la dimensión meditativa y la densidad simbólica. Esa orientación sostenida desde su juventud le ha permitido alcanzar en sus últimos libros —”La función de la magia en el mundo” (2020) y “Dictados mágicos” (2024)— un estadio de su poesía que puede tomarse como representativo de la más alta literatura de nuestro tiempo.

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