“Tech Duinn” por david guijosa

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea entre islas y continentes
View west through the archway The Bull Rock, off Dursey Island by Colin Park

Presentamos en la Revista Trasdemar la nueva colaboración del autor david guijosa (Suecia, 1981) con un serie de artículos bajo el título “Ö” que representa el estreno de la sección “Columnas” de literatura contemporánea que incorporamos a la revista en vísperas de nuestro sexto aniversario. En esta entrega, nuestro colaborador incluye la canción “Briongloid” del grupo musical Cushla para acompañar al artículo titulado “Tech Duinn“, donde comparte la traducción de un poema de Auden.

«Brionglóid» es la palabra que da título a uno de los temas que forma parte del álbum Tech Duinn del trío antes mencionado, Cushla, pero el nombre del álbum es a la vez la isla a la que iban las almas de los muertos a encontrarse con el dios celta Donn, que reúne a todos los que van de camino a la otra vida. Ese lugar es un lugar real que tiene otra denominación en los mapas, un edificio de roca horadado en su centro por el que cruza el mar. Hoy se llama Bull Rock Island y los turistas lo visitan en barco saliendo de la costa de Cork en Irlanda.

david guijosa

En Fabricación de las islas, Aurora Luque escribe en el último texto del libro un aforismo que termina así: «Un poema es una isla de lenguaje rodeado de libertad. Una isla de lenguaje enraizado en lo más profundo». Cuando terminé de leer el poemario junto con el ensayo inicial que reflexiona sobre la poesía de la autora y la metapoesía a cargo de Josefa Álvarez Valadés, no dejaba de revolotearme en el cráneo un colibrí, volaba de unas palabras a otras: fabricación, de, las, islas, isla, de, lenguaje, rodeado, de, libertad. Como en un hilorama, sobre la tabla de los sesos se ensartaban los clavos de cabeza plana y alrededor se iban tensando los hilos trazados por el vuelo del pájaro que unía los puntos y dejaba tras de sí una estela de geometrías, todas asimétricas. Dejando una pregunta pulsando con mayor fuerza entre todas las otras: ¿Cómo se fabrica una isla?

            Responder a esa pregunta de manera completa no puede caber nunca en este texto de apenas media puntada pero sí me gustaría usar esa pregunta para empezar a pensar una posible conjetura a la sombra del interrogante. Podríamos comenzar por lo palpable, que es que para poder fabricar una isla primero hay que saber qué es una isla desde el punto de vista material. Quizá para esto nos puede ayudar Sancho Panza, que en un pasaje del capítulo cincuenta y dos de la primera parte del Quijote, lanza una definición mientras se lamenta: «¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea!». En suma, si hacemos caso al escudero del famoso caballero andante, la isla es, en principio, un pedazo de geografía que el mar u otra masa de agua, ciñe y rodea. Visto de esta manera, sin agua no hay islas. Lo que limita y rodea, de alguna manera, identifica y crea la ínsula. Más o menos lo que registra el Diccionario María Moliner en la segunda acepción que define la palabra: «Se aplica por extensión a una porción de algunas cosas que se diferencia claramente de lo que la rodea». Quizá de esa manera, aunque desaparecieran todas las aguas del planeta, seguiría habiendo islas. Hablaríamos de regiones rodeadas de ceniza, arena, lava o vegetación. Aunque en esa situación no importa mucho cómo vayamos a definir una isla, un islote o un atolón; la vida sin agua es una fantasía imposible en la Tierra. Lo más cerca que estamos de algo parecido es la anhidrobiosis pero incluso ese estado tiene una fecha en la que debe revertirse para que el organismo se rehidrate y pueda seguir viviendo. Por otro lado y sin ninguna relación con lo anterior, si las aguas desaparecieran de golpe, el punto más alto de la Tierra no sería el Everest sino la montaña más alta situada sobre la cintura del ecuador planetario y por fin veríamos qué se esconde en el fondo de los océanos.

            Siguiendo con la fabricación de las islas y ya establecidas ciertas coordenadas materiales, queda en el eco de cómo creamos las islas eso que también aparece en el lamento de Sancho Panza: la promesa de la propiedad. Pensar las islas en la historia de los pueblos que las habitan es, en la mayoría de los casos, una relación de pertenencia al espacio o de adquisición del lugar; demasiadas veces es una conquista y no una coexistencia. Un Alejandro Magno subyuga una región y luego la regala al Sancho Panza de turno para que la gobierne. Es en ese último proceso en el que la palabra fabricar me resuena con más intensidad. No es una creación orgánica como en las mitologías que explican una realidad a través de una gran historia y su poética, es una fabricación unida a una industria, un concepto vinculado a la producción de un lugar y cómo alrededor de ese espacio se tejen palabras que podrían ser poesía pero acaban siendo una pica hundida en la tierra o una armazón de cemento. Fabricar un espacio es ponerlo a producir, explotar algo o todo de su contenido, o transformarlo para el uso. En la poesía de Aurora Luque el título del poemario es un diálogo metapoético entre presente y pasado, mitología e interrogación sobre la propia identidad del poema; fabricar es crear en términos modernos, Ícaro quiere llegar al sol y hoy cae «en cualquier/ bahía o carretera»; Eurídice ya no muere sin más sino que busca en ese destino encontrar, abandonar su cuerpo para dar sentido a una existencia que se crea más allá de la vida prefijada del mito. En este sentido, en el uso de la palabra fabricación hay implícita una indagación en el acto de crear, una exploración; el lenguaje se integra en la vida y se entrelaza en su pulso sin dominarla. Sin embargo, en la fabricación de las islas como enclave productivo se supedita el territorio al lenguaje que lo define. Un hogar se transforma en paraíso y el paraíso se ofrece al mejor postor porque ahora está al alcance de una factura correctamente pagada.

            Soñamos con alcanzar una versión del cielo, un nirvana, y si vaciamos la pulpa de esa idea y construimos un hotel encima de la cáscara con un letrero luminoso, es más fácil sentir que nos alejamos del infierno cotidiano, si podemos pagarnos una habitación. Lo que esa transacción omite es que el infierno de unos se transfiere para ser el averno de los otros si lo único que conseguimos es extraer paraíso del fruto insular. Hay que recordar que las islas están limitadas por el agua, en ese límite está dibujada una cantidad exacta de recursos, un contorno donde no cabe más que lo que cabe, por mucho que el sueño de llegar al paraíso no se agote.

            Mientras escribo sobre esos sueños escucho «Briongloid» de Cushla, esa fusión de tradición y presente, del ornamentado canto ancestral irlandés «sean-nós» y sus largos fraseos en la voz de Nell Ní Chrónín encajada en la música electrónica propuesta por Marc Fernández y el compositor Leo Pearson. «Brionglóid» (que escrito con tilde significa «sueño» y me imagino que sin tilde querrá tener también ese significado para la canción) es la palabra que da título a uno de los temas que forma parte del álbum Tech Duinn del trío antes mencionado, Cushla, pero el nombre del álbum es a la vez la isla a la que iban las almas de los muertos a encontrarse con el dios celta Donn, que reúne a todos los que van de camino a la otra vida. Ese lugar es un lugar real que tiene otra denominación en los mapas, un edificio de roca horadado en su centro por el que cruza el mar. Hoy se llama Bull Rock Island y los turistas lo visitan en barco saliendo de la costa de Cork en Irlanda. Sobre su lomo se alza un faro construido a mediados del siglo XIX, destruido por un vendaval y reconstruido a finales del mismo siglo. Un faro en la morada del dios de los muertos para atraernos a todos como polillas.

            Islas, mitología y lenguaje se vuelven a reunir para crear significado. Irlanda en su lengua tiene esa raíz profunda cuando crea el mundo. «Cushla» significa pulso o vena y se le dice a las personas a las que se quiere para expresar: eres el latido de mi corazón. Y aun sin responder del todo a la pregunta del principio: ¿Cómo se fabrica una isla? Se me ocurre que si podemos, con los mismos lenguajes que describen el mundo, construir un corazón que reúne los afectos en torno al calor de una hoguera y, a la vez, levantar una torre sobre un islote para guiar a los barcos en el hogar de un dios oscuro, podremos fabricar, crear, un territorio donde coexistan tradición y modernidad sin que la existencia de una signifique la extinción de la otra, deshaciendo la pesadilla de sostener un mundo que aboque a las islas y los territorios en general a autofagocitarse. Y porque de alguna manera todos somos extranjeros en las islas, al igual que lo somos en cualquier parte de la Tierra, viviendo un tiempo prestado, para terminar les dejo con otro colibrí que me zigzaguea en la caja del cráneo. El principio de un poema de Auden que yo traduzco aquí con la libertad de siempre:

«Observa, extranjero, esta isla que ahora
Te revela piruetas de luz para tu embeleso,
Quédate quieto aquí
Y en silencio,
Que pueda merodear como un río
Por los canales de tu oído
El murmullo oscilante del mar.»


david guijosa (Suecia, 1981), ha publicado los libros de poemas Mnemósine (Idea, 2007), naufragar consistió en: (Alhulia, 2008), flygbiljetter (billetes de avión), perteneciente al libro Planeta Turista, Poesía Reunida (Amargord, 2014), volvemos en breve (Playa de Ákaba, 2017; reedición digital, Hora Antes, 2021), tiempo sin detener (Trea, 2018) y memory amb postals (en catalán, AdiA, 2021). Ha participado en varias antologías de poesía y prosa, de ellas destacan La Ciudad Soñada (Ed. Babylon, 2014), Oír ese río, (Ed. Charpentier, 2017) y Leyendo el turismo. Antología de ensayos y reseñas (Le Canarien, 2021). Ha colaborado con textos y traducciones en numerosas revistas, publicaciones y suplementos culturales de Europa y América en español y en otros idiomas. Del sueco al español ha traducido poesía para su publicación en libros, entre otros, a Anne-Marie Berglund, el El alba en pedazos (Alhulia, 2007), poemas de Tomas Tranströmer y Lasse Söderberg incluidos en Ars Poetica (Pre-textos, 2011), y de Matilda Södergran, Los Delirantes (Letraversal, 2022). Es fundador del proyecto Leyendo el Turismo, junto a Acerina Cruz y Samir Delgado con más de una década de trayectoria.

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