“La isla no termina en la orilla” Por Vidal Bolaños

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea entre islas y continentes
Fotografía cortesía del autor

Presentamos en la Revista Trasdemar a nuestro nuevo colaborador, el autor canario José Vidal Bolaños Betancort, a quien damos la bienvenida a nuestra Revista. Vidal Bolaños es escritor, poeta, periodista y comunicador canario, vinculado a Gáldar, norte de Gran Canaria, y a la divulgación cultural, literaria y patrimonial. Su trabajo combina creación literaria, periodismo cultural, memoria, identidad insular y reflexión sobre el territorio. Es autor de las novelas “Las Islas del Silencio” y “Enredado en Píxeles”, además de relatos, poesía, artículos de opinión y proyectos de radio, televisión y dinamización cultural. En primicia para Trasdemar, contaremos con la serie “Cuaderno de orilla“, que representa el estreno de la sección “Columnas” de literatura contemporánea que incorporamos a la revista en vísperas de nuestro sexto aniversario. En esta entrega, el ensayo literario de nuestro colaborador se titula “La isla no termina en la orilla“.

Las islas también crecen hacia abajo.

Debajo de nuestras ciudades permanecen otras ciudades. Bajo las carreteras sobreviven caminos. Debajo de las viviendas duerme la memoria de quienes estuvieron antes.

Canarias posee una particular relación con esa profundidad.

Caminamos diariamente sobre siglos.

VIDAL BOLAÑOS

Hay quien piensa que una isla termina donde comienza el mar.
Se equivoca.
Una isla continúa mucho después de la última piedra, del último charco, de la última casa que mira al océano. Continúa en quienes se marcharon. En quienes regresan. En quienes nunca regresarán. En las palabras que viajaron dentro de una maleta. En el acento de los hijos de quienes tuvieron que buscar otro lugar para vivir.
Una isla no tiene costa.
Tiene memoria.
Quizá por eso quienes nacemos rodeados de agua aprendemos muy pronto una extraña contradicción: sabemos exactamente dónde acaba la tierra, pero nunca estamos del todo seguros de dónde termina nuestra casa.
El horizonte nos educa.
Desde niños vemos una línea que parece decirnos que más allá existe otra cosa. Otro territorio. Otra oportunidad. Otra vida.
Pero también contemplamos el mismo horizonte cuando regresamos.
Y entonces descubrimos que aquella línea nunca fue una frontera.
Era una pregunta.

Aprender a vivir rodeados

Vivir en una isla significa crecer con una palabra silenciosa instalada dentro del cuerpo: afuera.
Estudiar fuera. Trabajar fuera. Triunfar fuera. Viajar fuera. Buscar oportunidades fuera.
Parece que la geografía hubiera inventado también una dirección vital.
Durante generaciones, muchas familias canarias aprendieron que marcharse no era una aventura, sino una necesidad. América dejó de ser continente para convertirse en posibilidad. Venezuela, Cuba, Uruguay o Argentina aparecieron durante décadas dentro de las conversaciones familiares como lugares casi domésticos.
Había tíos en Caracas. Primos en La Habana. Un abuelo que había cruzado el Atlántico. Una fotografía llegada desde algún lugar imposible de imaginar para un niño. Una dirección escrita cuidadosamente detrás de un sobre.
Así se fue construyendo otra Canarias.
Una Canarias invisible repartida por el mundo.
Porque los territorios también emigran.
Viajan dentro de nosotros.

La patria diminuta

Podemos abandonar una isla, pero resulta mucho más difícil conseguir que la isla nos abandone.
Viaja escondida.
En una palabra. En una receta. En la manera de pronunciar determinados nombres. En una canción que inexplicablemente emociona cuando estamos lejos. En la necesidad de explicar dónde queda exactamente nuestro pueblo cuando alguien pregunta de dónde somos.
Cada emigrante lleva consigo una patria diminuta.
No pesa demasiado. Cabe en cualquier equipaje. Sin embargo, puede ocupar toda una vida.
Quizá por eso el concepto de insularidad no debería reducirse a una descripción geográfica. Ser isleño no consiste simplemente en vivir rodeado de agua.
Es desarrollar una determinada relación con la distancia.
Medimos el mundo de otra manera.
Los kilómetros no significan lo mismo cuando para recorrerlos necesitamos atravesar un océano.

La isla vertical
Pero existe otra frontera menos evidente.
Está bajo nuestros pies.
Las islas también crecen hacia abajo.
Debajo de nuestras ciudades permanecen otras ciudades. Bajo las carreteras sobreviven caminos. Debajo de las viviendas duerme la memoria de quienes estuvieron antes.
Canarias posee una particular relación con esa profundidad.
Caminamos diariamente sobre siglos.
Y pocas veces pensamos en ello.
La historia indígena, las cuevas, los antiguos asentamientos, las palabras heredadas, las montañas convertidas en espacios simbólicos nos recuerdan que el territorio no comenzó con nosotros.
Ninguna generación inaugura una isla.
La recibe. Durante algún tiempo cree poseerla. Después termina entregándola a quienes llegan detrás.
Quizá nuestra verdadera responsabilidad sea decidir en qué estado entregamos esa memoria.
Porque una sociedad puede destruir su pasado sin derribar una sola piedra.
Basta con dejar de nombrarlo.

Turismo del paisaje, ciudadanía de la memoria
Existe además una paradoja contemporánea.
Millones de personas llegan a las islas buscando paisaje mientras quienes vivimos en ellas corremos el riesgo de dejar de verlo.
Convertimos el territorio en escenario.
Fotografiamos playas. Vendemos puestas de sol. Promocionamos volcanes.
Pero un paisaje sin relato termina siendo decoración.
Una montaña no es únicamente una montaña cuando varias generaciones han construido alrededor de ella historias, miedos, rituales, caminos y recuerdos.
Una costa tampoco es exclusivamente un lugar hermoso.
Puede ser frontera migratoria. Lugar de partida. Lugar de llegada. Cementerio. Refugio.
El paisaje nunca es inocente.
Contiene aquello que decidimos recordar y también aquello que intentamos olvidar.

Archipiélago

Tal vez por eso Canarias debería pensarse menos como territorios separados y más como una conversación.
Somos islas porque estamos separadas.
Somos archipiélago porque insistimos en comunicarnos.
Ahí está la diferencia.
La distancia produce aislamiento. El vínculo produce comunidad.
Y quizá pueda extenderse esa idea mucho más allá de nuestras aguas.
Canarias conversa geográficamente con Madeira, Azores y Cabo Verde. Históricamente con América. Culturalmente con Europa. Humanamente con África.
Nuestra posición no debería entenderse como periferia.
Podría entenderse como intersección.
No estamos al final de varios mapas.
Estamos en medio de varios caminos.

El horizonte

Regreso entonces a aquella línea que contemplábamos cuando éramos niños.
El horizonte.
Durante años pensé que significaba distancia.
Ahora creo que significa posibilidad.
Cada isla posee uno.
Tal vez por eso la literatura nacida en territorios insulares mira tantas veces hacia fuera y hacia dentro al mismo tiempo.
Escribimos desde lugares pequeños acerca de preguntas enormes.
Quiénes somos. De dónde venimos. Por qué nos marchamos. Por qué regresamos. Qué dejamos atrás. Qué merece permanecer.
La literatura puede responder algunas de esas preguntas.
Pero sobre todo puede impedir que desaparezcan.
Porque una isla empieza a perderse mucho antes de que desaparezca físicamente.
Empieza a perderse cuando dejamos de contarla.
Por eso debemos seguir escribiendo nuestras costas, nuestras montañas, nuestras migraciones, nuestros barrios, nuestros silencios.
No para encerrarnos dentro de nuestra identidad.
Precisamente para lo contrario.
Para entender que toda isla necesita el océano.
Y que el océano, en realidad, nunca ha sido aquello que nos separa.
Siempre fue aquello que nos comunicaba.
Por eso una isla no termina en la orilla.
Allí, justamente allí, es donde comienza.
 

Deja un comentario