“Ellis Island” Por david guijosa

En la Revista Trasdemar difundimos la creación literaria contemporánea entre islas y continentes
“Viking_Sky”_(2017) Cristian Ferrer

Presentamos en la Revista Trasdemar la nueva colaboración del autor david guijosa (Suecia, 1981) con un serie de artículos bajo el título “Ö” que representa el estreno de la sección “Columnas” de literatura contemporánea que incorporamos a la revista en vísperas de nuestro sexto aniversario. En esta entrega, nuestro colaborador comparte la traducción de un poema de Joseph Bruchac y se incluye el tema musical “Love in Portofino“ que acompañó al autor en la redacción de su primera columna en Trasdemar.

david guijosa (Suecia, 1981), ha publicado los libros de poemas Mnemósine (Idea, 2007), naufragar consistió en: (Alhulia, 2008), flygbiljetter (billetes de avión), perteneciente al libro Planeta Turista, Poesía Reunida (Amargord, 2014), volvemos en breve (Playa de Ákaba, 2017; reedición digital, Hora Antes, 2021), tiempo sin detener (Trea, 2018) y memory amb postals (en catalán, AdiA, 2021). Ha participado en varias antologías de poesía y prosa, de ellas destacan La Ciudad Soñada (Ed. Babylon, 2014), Oír ese río, (Ed. Charpentier, 2017) y Leyendo el turismo. Antología de ensayos y reseñas (Le Canarien, 2021). Ha colaborado con textos y traducciones en numerosas revistas, publicaciones y suplementos culturales de Europa y América en español y en otros idiomas. Del sueco al español ha traducido poesía para su publicación en libros, entre otros, a Anne-Marie Berglund, el El alba en pedazos (Alhulia, 2007), poemas de Tomas Tranströmer y Lasse Söderberg incluidos en Ars Poetica (Pre-textos, 2011), y de Matilda Södergran, Los Delirantes (Letraversal, 2022). Es fundador del proyecto Leyendo el Turismo, junto a Acerina Cruz y Samir Delgado con más de una década de trayectoria.

Cuando pensamos en la isla desierta donde vamos a experimentar la soledad, hoy imaginamos un escenario entre el deporte de supervivencia y las vacaciones de aventura. Nadie proyecta un aislamiento de fantasía en un retiro para leprosos, en un hospital de cuarentena o en un enclave con temperaturas bajo cero frente a un océano helado lleno de tormentas. Luego está esa otra mirada, esa cantidad del mundo que imagina una isla como su propio hogar

david guijosa

Si te fueras a una isla desierta, ¿qué tres cosas te llevarías? Seguro que no sería un test rápido de personalidad para redes sociales, para revistas pop o para dinámicas de grupo que mejoren el trabajo en equipo de la empresa. Aun así, imaginemos la isla. La mayoría de las personas que se enfrentan a este supuesto suele ubicarse en un escenario tropical, algo así como el de Robinson Crusoe. Y siendo esa la isla tendrá que estar irremediablemente cerca de la desembocadura del río Orinoco —así lo indicó Daniel Dafoe en el título de su novela—, en la costa de Venezuela frente a Trinidad y Tobago. ¿Y qué encontraremos en la isla? Allí donde llevaremos acabo el experimento de supervivencia. El imaginario colectivo de este lado del globo que exotiza archipiélagos en los últimos siglos nos dice que serán cocoteros en la playa, una jungla como la de El señor de las moscas, con algo de fauna y agua potable, y los cuatro lugares comunes de los folletos turísticos mil veces repetidos. 

Cuando pensamos en la isla desierta donde vamos a experimentar la soledad, hoy imaginamos un escenario entre el deporte de supervivencia y las vacaciones de aventura. Nadie proyecta un aislamiento de fantasía en un retiro para leprosos, en un hospital de cuarentena o en un enclave con temperaturas bajo cero frente a un océano helado lleno de tormentas. Luego está esa otra mirada, esa cantidad del mundo que imagina una isla como su propio hogar. Esa última voz, ese último imaginario isleño donde la isla es residencia y origen, tiene menos alcance. Y es extraño, porque en las islas desiertas siempre hay vida previa. En el caso de Robinson Crusoe su isla nunca estuvo desierta y en el caso de El señor de las moscas también había compañía, de entrada la fauna y la flora autóctona, siempre hay vida antes de los “descubrimientos”, y por supuesto el grupo de niños que llegó para convertiste en supervivencia en ese punto indeterminado del Pacífico donde lo mejor que se les ofrecía era morir. En esa dicotomía que pendula entre el edén y la condena, es interesante cómo la llegada a una isla es, en el sentido figurado del experimento psicológico y también en muchas narrativas, una pérdida de inocencia, una forma de proyectar nuestro deseo de conquistar el futuro incierto y estrellarnos con la realidad. Un ejercicio fútil de preparar la mente para asegurarse el control del destino, como si el espejismo mental del dominio sobre los elementos fuera una verdad posible. Como si en la isla fuera más fácil controlar el azar, las desventajas sistémicas o los privilegios que nos sitúan en el mundo y nos propelen en la vida. Paraíso o cuarentena.

Sin embargo, las islas de cuarentena y las leproserías son mayormente lugares sin inocencia, lugares desiertos donde alojar a otro tipo de náufragos menos glamurosos. Los migrantes, los enfermos, los moribundos saben bien lo que eso significa. La supervivencia está marcada por otro signo. No hay palmeras ni épica sino la dura negociación con el territorio desde la merma previa. En ese escenario la isla será una criba. Será un lugar de supervivencia en un contexto vacacional pero casi como en Los juegos del hambre, o se volverá un infierno en la tierra como lo fue la isla madre del Archipiélago Gulag, o será el lugar donde unas u otras sociedades intentarán contener enfermedades con encierros y hacinamientos forzados, limitando el principio de una epidemia real o percibida, sobre todo en el caso de la migración. La construcción de un abismo. Lo que no entendemos en realidad es que toda isla es una criba porque es un territorio limitado con recursos limitados y cuando llegue la escasez, aunque el punto de partida fuera el paraíso, habrá triaje. Ese abismo será innegociable y sus fauces también.

Volviendo a las islas cuarentena, allí el aislamiento será entonces preventivo y no una aventura exótica. La miseria y la enfermedad moldearán el paso por la isla, no las peripecias del turista sin fortuna que naufraga y escribe su aventura como un juego o monta un libro de autoayuda que venda su método de superación. Desde la perspectiva del que entra en cuarentena, la respuesta a la pregunta «¿qué te llevarías a una isla desierta?», está en las maletas llenas hasta el borde de un deseo gigantesco de vencer la miseria no en una peripecia anecdótica, un trofeo del ego. Que diferente suena la pregunta cuando deja de ser un divertimento de salón y se convierte en el único destino posible. De repente, ya no se escribirán libros de autoayuda porque lo único que puede nacer ahora son libros de poesía, palabras desnudas. Buscando retratar esa realidad, el escritor Joseph Bruchac, de ascendencia nativoamericana y europea, comienza su poema titulado Ellis Island con estos versos:

«Más allá de los ladrillos rojos de la Isla de Ellis

donde los dos niños Eslovacos

que se convirtieron en mis abuelos

esperaron durante los largos días de cuarentena,

después de dejar atrás la enfermedad,

los antiguos Imperios de Europa,

un barco de la Circle Line se desliza con facilidad

de camino a la isla

de la mujer alta, verde

como sueños de bosques y praderas

esperando por quienes trabajaron

miles de años

siendo jamás dueños de nada.»

Así queda descrito el paso por la isla desierta de sus ancestros europeos y también se insinúa el impacto que tendrá su llegada en la población autóctona y su territorio. Más adelante en el poema el autor enfrenta el conflicto que habita su sangre en la que se encuentran las líneas vitales del colonizador frente al colonizado pero a la vez la del espectador turista que llega hasta la Estatua de la Libertad a pasearse por los museos higienizados de lo que fue una frontera migratoria despiadada. Ahora un escaparate con los restos de su historia familiar enmarcados en una vitrina junto a tantos otros testimonios, otros rastros de vida.

En todas las situaciones siempre cabe preguntarse cuál es la voz que construye el relato de la isla.  El espacio donde la imaginación colisiona con la vida. Por ejemplo, cuando llega un crucero más indeseable de lo habitual a las costas de varias islas es aún más importante la pregunta. Pienso en el MV Hondius navegando con un brote de hantavirus a bordo cruzando el Atlántico. Con ese navío como posible detonante epidémico y tambien embarcación para turistas sin más propósito que el ocio, llena de vidas humanas que puerto a puerto, isla a isla, se van a ir tocando con otras vidas de carne y hueso en los puertos de las Malvinas, las Islas Georgias del Sur, Tristán de Cunha, Cabo Verde y finalmente Canarias, llegan también los interrogantes. ¿Cómo vamos a hablar ahora de las islas? ¿Son cuarentena o paraíso? ¿Quién va hablar? ¿Tienen voz propia las islas? Desde luego se las conoce sin falta como lugares para proyectar el deseo del exotismo, para construir y explotar su capital hedónico. Pero con el brote del hantavirus se convierte a las islas en cuarentenas y se borra el vergel, se transforman en la frontera material para frenar enfermedades y recluirlas en su recinto, en su litoral. Su recurso territorial limitado propicia la jaula perfecta para que se desarrolle el triaje. El aislamiento es una herramienta, un función profiláctica, un condón más tirado en la playa. Las islas se transforman una vez más desde lo ajeno. En las islas por las que pasa el crucero no hay desierto ni naufragio. La humanidad que las habita no son un Viernes o un Cáliban, son poblaciones de cientos, de miles o de millones de personas —que es el caso de las islas Canarias. Y es entonces cuando cabe preguntarse: ¿qué se llevaría la gente de la isla a una isla desierta donde ya están viviendo? Quizá menos turismo y explotación, menos pobreza, mejor distribución de los recursos, más justicia, menos corrupción, más respeto. Esas personas en la orilla viendo llegar el barco, ¿qué se preguntan? ¿Qué se dicen? ¿«Il mare ti ha portato a me», como canta Dalida en Love in Portofino? Seguro que a una isla desierta no se llevarían un cuchillo, un pedernal para hacer fuego y un pedazo de lona para recoger la condensación del aire o el agua de lluvia. ¿Qué se llevarán para sobrevivir? Habrá que ver qué responden. Habrá que saber escuchar. Hay que escuchar cuanto antes.


Un comentario

  1. Muy interesante el planteamiento que hace David Guijosa sobre “el relato de una isla”. Se perciben a lo largo del texto sus vivencias isleñas y las eternas contradicciones que perseveran en esta condición…..Parecieran estás islas “mujeres” que transitan hacia sus moradores mostrando sus distintas caras de las que David hace un variado glosario pero al final queda un solo mensaje, válido y de una actualidad aterradora….escuchemos a la isla y a sus moradores residentes o no si no queremos “eliminarlas del mapa geográfico y vital”. Muy acertado el poema “Ellis” como ilustración de toda esta reflexión. Estupendo comienzo, David, de esta nueva andadura.

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