Presentamos en la Revista Trasdemar una reseña del poemario Polen de estrellas (BajAmar editores, 2025), obra del autor Ramiro Rosón, miembro del comité fundador de nuestra Revista, a cargo del poeta y profesor de historia Juan Ramón Mansilla. Este último nació en Tribaldos (Cuenca) en 1964 y ha escrito diversos ensayos históricos, los poemarios Los Días Rotos (Ed. El Toro de Barro, 2000), El Rostro de Jano (Ed. Aristas de Cobre, Córdoba), Posdata (Ed. El Toro de Barro) Fugaz (Añil, 2008), Una habitación en rojo (El toro de barro, 2011) y Manual para sacar un conejo de una chistera (Ed. Mahalta, 2025), así como la plaquette de poesía nước / Cuaderno de Vietnam (Ediciones Búho Búcaro Poesía, 2026). Forma parte de la antología Mar interior (Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2002), editada por Miguel Casado, y parte de su obra se encuentra publicada en diversas revistas, tanto de formato tradicional (desde las ya lejanas Carpeta u Olcades, hasta las más recientes Calicanto o Káskara Amarga) como electrónicas (Los Noveles y Poemas del Alma, entre otras). Ha codirigido la revista El Timbre y, con el poeta y editor Carlos Morales, el suplemento cultural El juglar de la Frontera. Ha obtenido el I Premio Astrana Marín de Ensayo sobre El Quijote, el I Premio Luis Rius de Poesía y el Accésit del III Premio de Poesía Ángel Crespo. Compartimos esta reseña en nuestra sección “El invernadero”, dedicada a la literatura canaria actual.

Terminar de leer, releer, este libro de Ramiro Rosón y tener la seguridad de haber presenciado una epopeya de la posmodernidad van de la mano. Su «Polen de estrellas», que me recomendara Rafael Escobar Sánchez, es un hermoso cuento, una inquietante distopía, una llamada de alerta, un viaje por el desengaño. Es una nebulosa con leche terrosa de planetas donde, no pude evitarlo, la música de estrellas sonaba como el “Space odditity” de David Bowie. Y, como a Major Tom, se me dice que “Now it’s time to leave the capsule if you dare”. Y me atrevo, de la mano de Ramiro Rosón, a lanzarme a este viaje ontológico sin edades en que, poema a poema, “I’m floating in the most peculiar way / And the stars look very different today”, como ese “extranjero absoluto, / refugiado en el universo” del que el autor habla en un poema, LA RISA DE DEMÓCRITO, que bien podría ser el área de flotación del poemario.
En «Polen de estrellas» sucede una trasposición de motivos, un juego de luces y sombras como espacio de conocimiento. Si “los que nada saben de la sombra / no llegaron jamás a conocerse”, si “quedan algunos momentos / de fulgores inolvidables / en el cajón de la memoria”, es porque se han conocido las caras ocultas, oscuras, del ser. El viaje galáctico es muy terrestre. Ramiro Rosón, al modo en que Swift lo hiciera con su país de los Yahoo y los Houyhnhnms, tal y como Montesquieu en sus «Cartas persas» o Thomas More en su «Utopía», construye mundos lejanos para hablarnos de la realidad tangible, muy a menudo de ese pan negro nuestro de cada día. Así en poemas como MURUROA, sobre la proliferación nuclear y las taras que deja en el medio y en las especies; LAIKA, ese cuestionamiento sobre la ética de la investigación humana; BASURA ESPACIAL, alegato contra la inmundicia que la humanidad lega al mundo y al universo; LAMENTO DE UN SOLDADO INTERGALÁCTICO, alegato antibelicista; LAMENTO DE UN MONJE URBANO, poema sobre el desarraigo y la deshumanización; LOS ULUCORDIOS, donde, en ingenioso homenaje a Cortázar, se expone la depredación humana sobre otros seres, tanto como en UQBAR se trata la hipocresía de nuestra especie. El cosmonauta navega las órbitas con una indudable conciencia de orfandad, otea los naufragios estelares, busca el agujero de gusano por el que acceder a un universo deseado, no sabe si posible.
Al valor intrínseco de los poemas de «Polen de estrellas» se une el de un argumentario que les aporta coherencia, desde el vuelo de partida al de regreso. Hay una historia que contar y el autor lo hace a través de parábolas poéticas. En un poema epifánico como WANDERLUST nos explica los motivos desde el ritmo sosegado, y sosegante, de los cuartetos alejandrinos que lo componen: “Cuando miro el ocaso desde mi dormitorio, / cuando las nubes queman sus rosas fantasmales, / me pregunto qué sordos huracanes de furia / robaron a mi estirpe sus angélicas alas”. En el propio viaje, restaurador e iniciático, hay un acto de rebeldía: “Pero, si el aire nunca me devuelve mis alas, / yo las haré de nuevo con afán ingenioso, / y alzaré sin temores mi vuelo solitario, / buscando las estrellas en la cósmica noche”. Ramiro Rosón adapta el lenguaje y la métrica al decurso de los poemas. A veces los pausa con alejandrinos, como el ya citado; otras los acelera con metro menor. Si no son homogéneos el trayecto ni las intenciones, cómo no reflejarlo en la prosodia del libro. Esa adaptación del verso al decir se aprecia en CONTRAPUNCTUS XIV, poema casi coral donde el cosmonauta dialoga consigo mismo y con la misma esencia de la música, a través de J.S. Bach y su “Arte de la Fuga” en la versión de Glenn Gould (aunque uno prefiera la de Gustav Leonhardt, al clave, o la de Zoltan Kocsis, al piano). Infinitas las notas y sus permutaciones, no le cabe otra que constatar, infinitesimal, que “Nada sé de la suerte / de los hombres ni de los mundos; / como los jugadores de cartas, / acecho las variables / y formo conjeturas en silencio”. A su manera en «Polen de estrellas» Ramiro Rosón configura la cosmogonía de un nuevo tiempo, un tiempo fundacional de una humanidad diferente a esta para la que talla su ESTELA FUNERARIA, otra humanidad no encerrada en la Paradoja de Fermi (léase el poema homónimo) y a la que no se acabe “naciendo, con los ojos aterrados / al fuerte sol de sus primeros días”.
Odiseo estelar, el cosmonauta ansía el regreso, quizá su viaje fue emprendido para volver a su universo conocido. Nos lo dice en el poema RETORNO: “pero necesito mi refugio, / mi habitación de muebles familiares. / Retorno sin miedo ni esperanza: / desando mis estelas en el cosmos / y persigo mi cuna y sus barrotes”. Y aunque sepa “que un día faltaremos a los días”, puede, como sobre la casa paterna lo hiciera Aresti, jurar “que guardaré mi casa, / la morada común de los humanos… / Dedicaré mis últimos afanes / al derrumbe de los credos, / a la muerte de las banderas”, al ideal de una humanidad reconstituida desde “las húmedas fuentes de la vida”. Es la utopía final de este «Polen de estrellas», caminar “hasta la parusía”. Ramiro Rosón termina su libro con un canto panteísta de esperanza:
“Entonces, religando las criaturas
en el único fuego de tus ojos,
la arrasadora luz del punto omega,
disolverá los últimos infiernos
y el cosmos, una rosa inmaculada,
conocerá, sin límite, su gloria”.
Al leerlo, cosa que encarezco, esa esperanza también puede ser nuestra.



