
Presentamos en la revista Trasdemar la publicación del prólogo a El sueño del Gurugú (Editorial Cuatro Hojas, 2026), el volumen que contiene la obra reunida de Antonio Carmona (Melilla, 1958). El prólogo, escrito por Ramiro Rosón, se publica en dos partes en nuestra Revista, siendo esta segunda parte la que incluye el análisis de su narrativa y de sus textos híbridos, situados a caballo entre lo narrativo y lo poético.
II. b) Narrativa y textos híbridos
Simultáneamente, la narrativa de Antonio Carmona emerge como un universo autónomo, en el que las obsesiones y los motivos que ya aparecen en su poesía se desarrollan en forma de historias y personajes. De este modo, en sus relatos se aprecia una transición desde el realismo sucio, matizado con elementos simbólicos y oníricos, hasta una narrativa híbrida entre varios géneros y subgéneros literarios, que combina, en palabras de Emilio González Ferrín, «lo metafísico, lo histórico y lo social», con abundantes referencias a temas como la cosmología, la evolución de las especies —y, en particular, de los homínidos—, el análisis del comportamiento humano o el futuro de un planeta marcado por la crisis sistémica del capitalismo a comienzos del siglo XXI. Por lo tanto, podría decirse que su narrativa emprende un viaje en dirección contraria a su obra poética, aproximándose a lo real por una vía deductiva —es decir, desde lo particular hasta lo universal—, pero afrontando los mismos temas e inquietudes.
La curiosidad inquisitiva del autor se amplía desde un ámbito local hacia lo cósmico, impulsada por la carga de su experiencia vital y por un bagaje continuo de lecturas no solamente literarias, sino también históricas y científicas. En este sentido, el peso de autores como Mario Liverani, con sus estudios sobre el antiguo Oriente y su desmontaje de la historiografía basada en relatos bíblicos —a través del cotejo de fuentes documentales y arqueológicas—, o el propio González Ferrín, con su revolucionaria hipótesis de que el Islam no apareció como una religión codificada hasta comienzos del siglo X y que la llamada «conquista musulmana» de la Península Ibérica consistió en un proceso gradual de asentamiento de poblaciones árabes e imazighen —todavía no islamizadas— durante los siglos VIII e IX, fomenta una visión crítica de la historia y de la sociedad en la narrativa de Antonio Carmona, con especial énfasis en el cuestionamiento de los grandes relatos nacionalistas y religiosos.
Junto a esa curiosidad inquisitiva, se despliega una voluntad experimental con las estructuras narrativas, especialmente en su colección de relatos Purgatorio, que se integra por dos partes o secciones diferenciadas. La primera sección, Alerta, describe la atmósfera inquietante de un edificio donde habita el narrador-protagonista. Un personaje conocido como «el delegado», vecino del narrador-protagonista, desata las tribulaciones de este último cuando comienza a alquilar las habitaciones de su piso y a recibir las visitas de una corte de los milagros formada por «el trasiego de personajes que deambulan por el barrio, sucios, locos, borrachos, mendigos y drogadictos». El autor maneja el suspense con maestría, pues el avance de la trama, con el caos que se apodera del edificio gradualmente, parece anticipar un desenlace violento para el narrador-protagonista, pero este nunca se produce. La historia que podría haberse convertido en un embrión de novela negra finaliza como tragedia íntima con un tono cercano al realismo social: consumido por una grave enfermedad y por las secuelas de su adicción a las drogas, el delegado toma la decisión de echar a todos sus inquilinos y poco después muere, dejando un silencio sepulcral en su piso.
La segunda sección de Purgatorio, de título homónimo, agrupa un conjunto de historias que ocurren como sueños o visiones en la mente del narrador-protagonista mientras este sufre un coma, por motivos que no se revelan al público lector, en una cama de hospital. A partir de esta premisa, los relatos de Purgatorio se dividen en tres ámbitos: un supuesto mundo terrenal, un mundo de ultratumba —llamado precisamente «purgatorio», pero más semejante al Hades grecolatino—, en el que los muertos habitan como espectros, y el mundo onírico de las visiones que el narrador-protagonista experimenta en el coma. Esta confusión entre lo real y lo imaginario se vincula a conceptos como el velo de Maya de las doctrinas religiosas hindúes —es decir, una suerte de ilusión que impide a los seres humanos percibir la auténtica naturaleza de la realidad— y al desengaño barroco plasmado en obras dramáticas como La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. El cruce entre realismo sucio y literatura fantástica otorga una originalidad sorprendente a esta colección de relatos, que desdibuja los límites entre los recuerdos autobiográficos y la autoficción y que el escritor y periodista Eduardo García Rojas define de modo certero como «literatura que habita en tierra de nadie, en ese universo a medio camino entre el cielo y el infierno para los creyentes».
Entre las influencias narrativas que emergen en esta colección de relatos, García Rojas identifica el Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, como una de las más evidentes y destacables. A pesar de que Carmona se ubica en las antípodas ideológicas de Céline —siendo este último un antisemita declarado y un colaborador de la Gestapo durante la ocupación alemana de Francia—, Purgatorio reconoce su deuda con Viaje al fin de la noche en una serie de características: su desencantada visión del mundo, su empleo de un lenguaje crudo y expresivo —sin ningún perjuicio de su altura poética—; su caravana de personajes errantes y fracasados —antihéroes que vagan entre diversos puntos de la geografía de España y de sus antiguas colonias norteafricanas, así como el protagonista de la novela de Céline, Ferdinand Bardamu, arriba a una colonia francesa en África tras desertar del ejército de su país—; su atmósfera opresiva—el purgatorio de Carmona se asemeja a la noche de Céline, convertida en metáfora de todos aquellos lugares en que la vida humana se reduce a pura supervivencia— y su tono de sátira social —ambas obras dirigen una mirada crítica hacia el contexto originario de sus autores, revelando situaciones de hipocresía, violencia estructural e instituciones carentes de sentido—.
En este laberinto de tres mundos, aparecen varios personajes secundarios de especial importancia: Isabel —una mujer de Melilla que se fuga a Marruecos con su pareja, Rachid, y acaba ejerciendo la prostitución en un burdel de El Aaiún, donde en una ocasión es violada por un legionario—, Rachid —pareja de Isabel, que tiene tres hijos con ella—, Hombre Noche —el padre de Isabel— y los tres hijos de Isabel y Rachid: Mehán —originariamente llamado Alberto por sus padres, se fuga de su casa y es adoptado por un marroquí de Villa Alhucemas, que lo cambia de nombre—, Úrsula —que emigra a Santander y ejerce la prostitución en un burdel de esta ciudad, en el que el narrador—protagonista la conoce— y Enrique —que también emigra a Santander y se dedica a cometer asaltos en domicilios, encapuchado para ocultar su identidad—. Dentro de este elenco de personajes, el triángulo de amor-odio que forman Isabel, Rachid y Hombre Noche ofrece claves de lectura fundamentales para la comprensión de la trama. Isabel muere de forma enigmática mientras atiende a uno de sus clientes, conocido como el Isleño, en un tiovivo depositado en la dársena de un puerto y que ella misma había comprado. Hombre Noche quiere vengar la muerte de Isabel, pero Rachid, convertido en timonel de un barco, lo mata aplastándolo contra el muelle del puerto con la quilla de su navío. Después del crimen, Hombre Noche espera la muerte de Rachid para vengarse de él en el mundo de ultratumba.
De igual forma, las prostitutas aparecen como figuras recurrentes en los tres niveles de Purgatorio, en consonancia con el interés del autor por las personas arrinconadas en los márgenes de la sociedad. La imagen de las prostitutas en esta narrativa no obedece a ningún moralismo hipócrita: no se las presenta como víctimas incapaces y dignas de lástima, sino como mujeres que sobreviven en situaciones difíciles con astucia y coraje, enfrentándose al machismo brutal de dos culturas —la española y la marroquí— que, a pesar de sus diferencias, convergen en sus hondas raíces patriarcales. El uso del sexo como estrategia de supervivencia y la agresividad explosiva de los bajos fondos sociales se describen con una sobriedad estremecedora, como en el pasaje en que el narrador-protagonista se va con Úrsula desde la barra hasta algún dormitorio del burdel santanderino y, de vuelta a la barra, encuentra a su amigo Mehán apuñalado mortalmente, creando una escena que refleja la antagónica proximidad entre Eros y Tánatos —la pulsión de amor y la pulsión de muerte, los dos principios básicos de la conducta humana según Sigmund Freud— en un ambiente sórdido y oscuro:
Había algo en el ambiente: el silencio de Mehán, el silencio de todos. Mehán no dijo nada. Úrsula me echó su presencia encima y renové mis votos a la sagrada esencia de mujer. Me gustan las mujeres. Una sombra de sospecha se posó en los hombros de Mehán y los míos. La sombra buscó rumbo, infestó el antro de desconfianza y se ocultó en una mancha en la pared más triste del local.
Nuestra sospecha, como una nube cargada, explosiva, con el caos en sus entrañas, como si estuviesen en guerra los dioses, ensombreció la medallita que le colgaba. La virgen María fue de nuevo la chica del puticlub con sus manos sosteniendo sus tetas:
—O él o yo.
Esa batalla estaba perdida de antemano. Entre el amigo y esa mujer, me quedé con ella y subí a su purgatorio, y, al volver, el moro tenía clavada una navaja, cerca del corazón.
Pero quizás el rasgo más definitorio de esta narrativa se encuentre en su estilo poético, cargado con un ritmo y una cadencia que en ocasiones diluyen las fronteras entre el relato y el poema en prosa, así como con una batería de metáforas y símbolos de gran potencia imaginativa. Por ejemplo, el breve relato Entre fantasmas, de su libro Purgatorio, describe cómo el narrador-protagonista y dos personajes secundarios —el citado Hombre Noche y el perro que acompaña a este último—, situados en el ámbito del purgatorio, emprenden un vuelo por una región situada a medio camino entre el sueño y la muerte, para lo cual el autor se vale de un lenguaje de inspiración surrealista, quebrando toda lógica en la secuencia de los hechos narrativos:
El perro, Hombre Noche y yo llegamos a un recodo donde el viento no podía girar. En aquel tiempo se creía que allí se acababa el mundo. Craso error. En ese recodo, el perro apuntó con su hocico el hueco que daba a la nada. Así era la esperanza. Ahí estaba el hueco, mi solución. Me asomé. No era el fin. Allí se producía una alquimia que despedazaba la conciencia y la esparcía por los cuatro puntos del país. Podía ser que las oportunidades fuesen infinitas. Hágase el cambio. Así era la esperanza. Marché con unas alas que me crecían según mi voluntad. Volé por la boca de un muerto indeciso entre el infierno y el silencio. Me asomé. Había aves marinas, bandadas de pecados blancos que adquirieron el don de volar.
De hecho, la tendencia al estilo poético favorece que en sus producciones más tardías, como el poemario El jardín de los universos, se difuminen deliberadamente los límites entre poesía y narrativa, hasta el punto de que muchos textos se sitúan en una zona gris entre el poema en prosa y el relato poético, sin que se pueda concluir de manera definitiva hacia qué lado habría de inclinarse la balanza entre ambos géneros literarios. En la primera sección de esta obra —titulada, así como todo el libro, El jardín de los universos—, el autor retoma sus motivos y obsesiones habituales, con temas como el descubrimiento del fuego, la alimentación de los homínidos, la invención de la música, el desarrollo de la agricultura en la antigua Mesopotamia o la conciencia de la finitud humana. Los textos de esta primera sección incluyen personajes como los natufios —creadores de la cultura conocida como natufiense, que nace en el próximo Oriente hacia el final del Paleolítico y que, según ciertas hipótesis, habría llevado a cabo los primeros ensayos de agricultura, plantando semillas de cereales silvestres—; una diosa apócrifa y benevolente llamada Médula, que enseña a los homínidos a machacar con piedras los huesos que dejaban otros predadores, para comerse los tuétanos y no morirse de hambre en tiempos difíciles; o un narrador protagonista que observa cómo un amigo suyo se encuentra en la fase terminal de una grave dolencia, abrumado por la cercanía de su propia muerte, y se pregunta cómo debería hablar con él para ayudarlo a soportar sus últimos meses de vida. Las historias relatadas en estos textos no obedecen a estructuras narrativas tradicionales, por lo cual no reúnen casi nunca sus tres elementos característicos —introducción, nudo y desenlace—, sino que se presentan como fragmentos inconexos, tan solo vinculados entre sí por los motivos y obsesiones recurrentes en este libro. De cualquier forma, esta escritura híbrida se reviste con frecuencia de lenguaje poético y alcanza en sus momentos álgidos una poderosa cualidad sonora, como sucede en el texto Domesticación de la música, en el cual se imagina con suaves aliteraciones y marcado ritmo la noche en que un cazador prehistórico, danzando ante el fuego, crea las primeras manifestaciones musicales de la especie humana:
El fuego es el centro, la noche es muy clara. El cazador, instintivamente, salta al ritmo de la novedad acústica que disipa el hechizo de las crepitaciones, con el sonido curvo de los huesos y el tam-tam hueco de los troncos. Desde el margen, cambiándolo todo, la música acalla el parloteo de los bosques milenarios. Los pájaros escuchan una lengua nueva de flautas, palmas y tambores. El cazador danza victorias poseído por los ritmos, el impulso freudiano desatado y legendarias hazañas de su tribu. Frenética danza alrededor del fuego, ante el mar. Olas lamen fósiles de moluscos extintos. Sus pausas son parte del ritmo que, en la sangre, música adentro domestica el caos. El trance y el delirio, hijos de la armonía, conducen al guerrero ante el espíritu. Con el baile y la hechicería, el azar, sin propósito, retenido, atado, no soplaba desorden. Se detuvo la ola y entonces la música se detuvo también, y se retuvo al destino global de los universos.
Esta fusión de elementos poéticos y narrativos hace que la escritura de Antonio Carmona desarrolle la práctica de lo transgenérico —es decir, la superación de los límites entre los géneros literarios, como la define el profesor de literatura Gregorio Torres Nebrera—, pues a partir de la aparición de las vanguardias literarias en el siglo XX esos géneros ya no se entienden como compartimentos estancos, sino sujetos a múltiples combinaciones. La segunda sección de El jardín de los universos, titulada Alma, se abre con un fragmento de naturaleza transgenérica, en el cual aparece una bibliotecaria que lee las obras completas del narrador protagonista —un trasunto del propio autor—, salvándolo con su lectura del olvido, pero después de ese texto inicial se decanta hacia la prosa poética, evocando con intensa nostalgia a la fallecida esposa de aquel—una vez más, trasunto del autor—, aunque los elementos narrativos no se desvanecen del todo. El amor —«que mueve el sol y las demás estrellas», como dice Dante Alighieri en el final de la Divina comedia—, se convierte en el tema casi absoluto de esta sección del libro, desafiando a la muerte con una energía que recuerda la de esa llama pasional que, según Francisco de Quevedo, sabe nadar las aguas del inframundo y «perder el respeto a ley severa». De este modo, el narrador protagonista no teme contar ni cantar su duelo, situándose incluso frente a la urna que guarda las cenizas de su esposa para llorarla:
He retomado la costumbre de darle un beso antes de irme a dormir. Lloro un poco con la frente pegada a la vitrina, con mis manos abiertas, y mi boca simulando ante el cristal un beso. Se quedará la huella en el cristal, cuando me acoja el indoloro olvido.
Como es sabido, el duelo puede explicarse con el célebre modelo creado por la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross, el cual se divide en cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—. En los textos de Alma, la voz del narrador-autor se sitúa claramente en la penumbra de la fase depresiva, pero también surgen destellos de aceptación, cuando vislumbra que su cometido en este mundo ya no consiste en sumirse en el llanto, sino en conservar con serenidad la memoria de su esposa fallecida. Su dedicación incesante a la escritura le ayuda en este cometido, hasta el punto de sentir que empieza una vida nueva, pues toda forma de creación artística insufla un anhelo de eternidad a los amores en los que se interpone la muerte, así como Beatrice Portinari pervive en la poesía de Dante Alighieri y Laura de Noves en la de Francesco Petrarca:
Escribo y comienzo una nueva vida. La llevo conmigo en este tiempo nuevo, en esta vida nueva, al borde del abismo de luz de la poesía. Al asomarme, cuando cae la noche, hace de mí —un personaje lírico al margen—, uno más en la masa, un individuo.
En conclusión, la obra literaria de Antonio Carmona recoge el testimonio de su vida y la huella de su imaginación creadora, atravesando tiempos y lugares con una escritura libre y audaz, forjada al amparo de múltiples referencias culturales, pero sin someterse a las modas pasajeras del mercado editorial ni a los credos estilísticos de los grupos o banderías literarias. Con la memoria viva de su Melilla natal, echa raíces en el suelo volcánico de la literatura canaria sin limitarse al estrecho marco de ninguna frontera, siguiendo una estela de vanguardias insulares con una visión dinámica del cosmos, observadora atenta de los procesos evolutivos y las mutaciones imprevistas de la naturaleza y de la historia. Si, como dijo Ernesto Sábato en su ensayo El escritor y sus fantasmas, «la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma —quizá la más completa y profunda— de examinar la condición humana», la escritura de Carmona persigue esa vocación de sondear el complejo fenómeno de un animal bípedo y pensante, nacido en un pequeño planeta idóneo para la vida, ante el silencio sepulcral de un cosmos lleno de grandes regiones inhabitables. Por lo tanto, su afán de permanencia la convierte en una obra que recoge la memoria del pasado y la agitación del presente, con el fin de catapultarlas hacia la incógnita inmensa del futuro.



