
Presentamos en la Revista Trasdemar a nuestro nuevo colaborador, el autor canario José Vidal Bolaños Betancort, a quien damos la bienvenida a nuestra Revista. Vidal Bolaños es escritor, poeta, periodista y comunicador canario, vinculado a Gáldar, norte de Gran Canaria, y a la divulgación cultural, literaria y patrimonial. Su trabajo combina creación literaria, periodismo cultural, memoria, identidad insular y reflexión sobre el territorio. Es autor de las novelas “Las Islas del Silencio” y “Enredado en Píxeles”, además de relatos, poesía, artículos de opinión y proyectos de radio, televisión y dinamización cultural. En primicia para Trasdemar, contaremos con la serie “Cuaderno de orilla“, que representa el estreno de la sección “Columnas” de literatura contemporánea que incorporamos a la revista en vísperas de nuestro sexto aniversario. En esta entrega, el ensayo literario de nuestro colaborador se titula “Macaronesia: vivir cerca y conocernos tan poco“.
La geografía puede indicarnos dónde se encuentra Cabo Verde, pero una novela puede acercarnos a la forma en que una sociedad recuerda, ama, emigra o construye su identidad. Un mapa sitúa Madeira con exactitud, pero la literatura puede mostrarnos cómo se vive emocionalmente dentro de ese territorio. Una guía turística permite recorrer Azores, mientras que un relato puede acercarnos a aquello que difícilmente encontraríamos siguiendo únicamente una ruta marcada.
Lo mismo sucede con Canarias. Nuestra literatura contiene multitud de islas que todavía son desconocidas fuera de nuestras costas e incluso, en ocasiones, dentro del propio archipiélago.
Canarias, Madeira, Azores y Cabo Verde aparecen juntas con frecuencia cuando hablamos de Macaronesia. Las encontramos agrupadas en estudios científicos, proyectos europeos, investigaciones sobre biodiversidad, encuentros culturales y análisis relacionados con nuestra posición atlántica. Sin embargo, fuera de esos ámbitos especializados, resulta pertinente hacerse una pregunta mucho más sencilla: ¿cuánto sabemos realmente unos de otros?
Probablemente bastante menos de lo que nuestra cercanía geográfica podría hacer pensar. Muchos canarios conocen con bastante precisión ciudades, costumbres, gastronomía, música o referencias culturales de países europeos situados a miles de kilómetros. Portugal, Francia, Italia o Reino Unido forman parte de un imaginario que hemos incorporado a través de la educación, los medios de comunicación, el turismo y la cultura. Sin embargo, seguramente resultaría más complicado responder a preguntas básicas sobre los archipiélagos con los que compartimos este espacio atlántico.
¿Cuántos autores caboverdianos hemos leído? ¿Qué sabemos de la creación literaria contemporánea de Madeira? ¿Qué nombres de la literatura azoriana somos capaces de recordar? ¿Cuántos escritores canarios circulan de manera habitual por esos territorios?
No se trata de convertir la cultura en un examen de geografía. La cuestión es otra: compartimos océano, determinados condicionantes territoriales y una posición atlántica común, pero todavía compartimos demasiado poco nuestras historias.
Un espacio común que no borra las diferencias
Hablar de Macaronesia exige evitar una simplificación frecuente. Canarias, Madeira, Azores y Cabo Verde no son realidades intercambiables ni poseen una historia común en todos sus aspectos. Cada territorio ha desarrollado sistemas políticos, procesos históricos, lenguas, estructuras económicas, relaciones coloniales, tradiciones culturales y desafíos sociales diferentes.
Precisamente ahí reside buena parte de su interés.
La cooperación entre territorios insulares no debería construirse buscando artificialmente aquello que nos hace iguales. Resultaría mucho más enriquecedor descubrir qué podemos aprender precisamente de nuestras diferencias. Compartir determinados condicionantes geográficos no significa haber recorrido el mismo camino ni afrontar todos los problemas de la misma manera.
La condición insular, sin embargo, sí plantea preguntas que pueden resultar familiares en distintos archipiélagos. Cómo gestionar la distancia con los grandes centros continentales, cómo proteger ecosistemas limitados, cómo mantener identidades propias en territorios sometidos a importantes flujos turísticos, cómo responder a la emigración, cómo conservar el paisaje sin convertirlo en una pieza de museo o cómo conseguir que las nuevas generaciones encuentren oportunidades suficientes para decidir libremente si quieren quedarse o marcharse.
Las respuestas pueden ser distintas, y justamente por eso merece la pena escucharlas.
La Macaronesia podría entenderse así no como una identidad homogénea, sino como un espacio de conversación entre territorios que comparten algunas preguntas y han desarrollado respuestas propias.
El océano como espacio de encuentro
Durante siglos hemos aprendido a contemplar el mar principalmente como distancia. Para abandonar una isla hay que atravesarlo. Buena parte de nuestras mercancías dependen de él y cualquier alteración importante de las comunicaciones marítimas o aéreas nos recuerda rápidamente las limitaciones derivadas de vivir en un territorio fragmentado.
Sin embargo, el océano también ha sido históricamente un espacio de intercambio.
Por él viajaron personas, mercancías, palabras, músicas, recetas, creencias, historias y maneras de entender el mundo. Navegantes, comerciantes, pescadores, emigrantes y viajeros conectaron durante generaciones territorios que aparentemente estaban separados por grandes extensiones de agua.
Las culturas insulares nunca permanecieron completamente encerradas dentro de sus costas.
Resulta paradójico que hoy, cuando disponemos de herramientas de comunicación que aquellas generaciones no podían imaginar, nuestros intercambios culturales continúen dirigiéndose principalmente hacia los grandes centros continentales.
Un escritor canario puede pensar con naturalidad en presentar su obra en Madrid o Barcelona y, sin embargo, considerar Funchal como un destino cultural mucho menos evidente. Un creador madeirense puede orientar su mirada prioritariamente hacia Lisboa antes que hacia Canarias. Azores mantiene lógicamente una relación cultural profunda con Portugal y con sus importantes comunidades emigradas, mientras que Cabo Verde posee una identidad atlántica propia construida en relación con África, Europa y América.
No hay nada extraño en esas conexiones. Forman parte de la historia y de las estructuras culturales de cada territorio.
La cuestión es si podemos añadir otra dirección al mapa.
No dejar de mirar hacia los continentes, sino aprender también a mirar hacia los lados.
De isla a isla.
La literatura como territorio compartido
La literatura posee en este sentido una capacidad excepcional. No necesita construir nuevas carreteras, puertos ni aeropuertos para conectar territorios. Puede hacerlo mediante una traducción, una revista, una antología, un encuentro entre escritores, una residencia literaria, una biblioteca que incorpore autores de otros archipiélagos o un profesor que decida introducir determinadas obras en el aula.
La circulación cultural consigue algo que a veces resulta más difícil desde las instituciones: permite conocer la vida cotidiana del otro.
La geografía puede indicarnos dónde se encuentra Cabo Verde, pero una novela puede acercarnos a la forma en que una sociedad recuerda, ama, emigra o construye su identidad. Un mapa sitúa Madeira con exactitud, pero la literatura puede mostrarnos cómo se vive emocionalmente dentro de ese territorio. Una guía turística permite recorrer Azores, mientras que un relato puede acercarnos a aquello que difícilmente encontraríamos siguiendo únicamente una ruta marcada.
Lo mismo sucede con Canarias. Nuestra literatura contiene multitud de islas que todavía son desconocidas fuera de nuestras costas e incluso, en ocasiones, dentro del propio archipiélago.
Ahí reside una de las funciones más poderosas de la cultura. No sustituye al conocimiento histórico ni al análisis social, pero permite transformar un territorio aparentemente ajeno en una experiencia comprensible.
La cooperación macaronesiana podría encontrar en la literatura uno de sus mejores puentes precisamente porque los escritores trabajan con aquello que los mapas no pueden representar: memoria, contradicción, pertenencia, ausencia, deseo, miedo y experiencia.
El riesgo de convertir la Macaronesia en otra postal
Existe, sin embargo, un peligro que convendría evitar. La Macaronesia también puede terminar convertida en una marca construida mediante volcanes, océano, naturaleza, clima privilegiado y paisajes espectaculares.
Sería una visión cómoda, pero insuficiente.
Durante décadas, muchos territorios insulares han sido representados desde fuera mediante una imagen turística que privilegia el paisaje y deja en segundo plano a quienes viven dentro de él. Las fotografías muestran playas, montañas, puestas de sol y espacios naturales, pero rara vez explican las dificultades cotidianas de las sociedades que existen detrás de esa imagen.
Las islas no son únicamente territorios hermosos. Son comunidades atravesadas por desigualdades, conflictos, transformaciones demográficas, problemas de vivienda, movimientos migratorios, debates sobre el modelo turístico, tensiones ambientales y dificultades para compatibilizar crecimiento económico y conservación.
También son territorios de creación, pensamiento, resistencia cultural y transformación.
Por eso una relación cultural madura entre los archipiélagos macaronesianos no debería limitarse a celebrar aquello que aparentemente compartimos. Tendría que permitirnos también hablar de nuestros problemas, comparar experiencias, conocer nuestras contradicciones y aprender de los errores y aciertos de los demás.
Compartir un océano no significa compartir una fotografía.
Significa poder mantener una conversación.
Construir redes culturales reales
El primer paso para avanzar probablemente sea mucho más sencillo de lo que parece: conocernos mejor.
Leer más autores de los distintos archipiélagos, facilitar traducciones, promover intercambios entre revistas culturales, establecer programas de residencias, conectar universidades y bibliotecas, organizar encuentros literarios conjuntos y conseguir que las nuevas generaciones tengan acceso a lo que se está creando relativamente cerca de sus propias costas.
Estas conexiones no deberían depender exclusivamente de grandes acontecimientos institucionales. También pueden construirse mediante redes pequeñas pero constantes: un libro que llega a una biblioteca, una revista que publica a un autor de otro archipiélago, una conversación entre escritores, un proyecto educativo compartido o una traducción que permite que una obra atraviese por primera vez una frontera lingüística.
La cultura se sostiene muchas veces sobre relaciones aparentemente pequeñas que terminan creando vínculos duraderos.
No necesitamos inventar una identidad común que elimine las diferencias. La Macaronesia no debe convertirse en una especie de nacionalidad imaginaria ni en una etiqueta cultural destinada a colocar bajo el mismo nombre realidades muy distintas.
Puede ser algo más útil y mucho más interesante: una red de territorios capaces de reconocerse, debatir y cooperar sin dejar de ser diferentes.
Mirar hacia los lados
Durante mucho tiempo, desde las islas hemos dirigido nuestra mirada hacia los grandes centros continentales buscando oportunidades, reconocimiento, conexiones culturales y espacios donde legitimar nuestra creación. Esa relación continuará existiendo y es lógico que así sea.
Pero quizá podamos ampliar el mapa.
Canarias no tiene por qué elegir entre mirar hacia Europa, África, América o los demás archipiélagos atlánticos. Nuestra posición permite precisamente construir una mirada múltiple.
La Macaronesia puede convertirse en uno de esos espacios donde la literatura, la cultura y el pensamiento permitan establecer relaciones que la simple proximidad geográfica nunca ha conseguido construir por sí sola.
Porque vivir cerca no significa conocerse.
Para conocerse hay que escucharse, leerse, traducirse, visitarse y reconocerse como interlocutores.
Tal vez ese sea uno de los retos culturales más interesantes que tenemos delante: dejar de mirar únicamente hacia los grandes centros y aprender también a descubrir aquello que sucede al otro lado del océano cercano.
Quizá entonces comprendamos que alrededor de nuestras islas nunca hubo solamente agua.
También había vecinos.
Y llevábamos demasiado tiempo viviendo cerca sin conocernos lo suficiente.



